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MANOLO MONEREO

Es abogado, politólogo y político español. Ha sido militante del PCE e IU y diputado de Unidas Podemos. Su último libro es "Oligarquía o democracia. España, nuestro futuro" (El Viejo Topo).

Ucrania es solo el inicio: El objetivo es China

Fuente: Nortes.me - Autor: Manolo Monereo - 05/03/2022

No basta decir no a la guerra: la izquierda debe proponer un plan de seguridad, paz y defensa para Europa como lo está haciendo en Francia Jean-Luc Mèlenchon.

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Joe Biden en la Casa Blanca. Foto: Twitter Joe Biden.

Para Pedro Baños, maestro y hombre de honor.

“…porque yo creo que ese sería el verdadero modo de ir al Paraíso: aprender el camino del Infierno para evitarlo”

Carta de Nicolás Maquiavelo a Francisco Guicciardini. 17/Mayo/1521

Desde hace más de una década alguno de nosotros veníamos advirtiendo que el mundo estaba cambiando de base y que eso nos acercaba peligrosamente a la guerra. Sabíamos que no venía el Paraíso y que había que hacer todo lo posible para alejarnos del Infierno de la guerra. La palabra catastrofista se repitió muchas veces. La crisis del 2008 ponía fin a una etapa, la de la globalización neoliberal e iniciaba otra en cuyo centro estaba la cuestión del poder en el sistema mundial. No he sido el único y siempre caminé a lomos de gigantes.

La actual guerra en Ucrania hay que interpretarla en este contexto internacional nuevo y distinto. Tres son sus rasgos básicos. El primero, la crisis de hegemonía norteamericana en el mundo, su incapacidad para gobernarlo y sus derrotas militares permanentes. Es una crisis a la vez interna y externa. No es casual que sea la administración demócrata la más agresiva e intervencionista frente al conservadurismo de Donald Trump. El segundo, la razón última de este momento histórico es la emergencia de nuevas potencias que objetiva y subjetivamente impugnan la Pax americana y sus instituciones internacionales. China es muy diferente a lo que fue la URSS porque cuestiona su primacía económica, sus fundamentos de control tecnológico y compite con éxito en las relaciones comerciales internacionales. Rusia se ha reconstruido mejorando sus capacidades económicas, reestructurando eficazmente su complejo militar e industrial y consolidando un núcleo dirigente más homogéneo. La nueva etapa es mucho más que todo eso, es un Oriente el que se despliega con la India, con Indonesia, con Pakistán. El tercer rasgo es que donde EEUU siguen manteniendo su supremacía es en el poder militar y técnico militar. Dicho de otro modo, el peligro en el que nos adentrábamos en esta etapa de transición es que EEUU usara este poder para reequilibrar unas relaciones internacionales que les eran desfavorables.

Lo central, lo decisivo era entender que se iniciaba una gran transición geopolítica desde un mundo unipolar organizado a imagen y semejanza de EEUU a otro multipolar representativo del cambio de correlación de fuerzas económicas, tecnológicas, demográficas y, en último término, militares. La pregunta es si EEUU negociaría esta transición o se opondría radicalmente a ella. La Trampa de Tucídides tiene que ver con esto, con la posibilidad de que en algún momento esta pudiera implicar el recurso a la guerra o a conflictos militares más o menos generalizados. Todos los actores se han ido preparando para esta fase, para el enfrentamiento modelando a las opiniones públicas, incrementando sustancialmente los presupuestos militares, renovando las tecnologías y las armas de guerra y, más allá, desarrollando una confrontación económica y comercial de grandes dimensiones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                      Maniobras militares del ejercito ucraniano previas al inicio del conflicto. Foto: El Salto.

 

Siempre supe que Hillary Clinton era una intervencionista militar decidida y que Donald Trump, más allá de sus declaraciones altisonantes y su evidente falta de pericia, significaba un repliegue y una salida de los conflictos que empantanaban a EEUU. Es más, se propuso redefinir el tablero político internacional aproximándose a Rusia e intentando aislar a China. La reacción contra él fue brutal. Una gran parte del establecimiento norteamericano y, sobre todo, la UE se opusieron con firmeza. Biden fue la señal de esa reacción. Desde el primer momento enseñó las cartas, definió con mucha precisión los enemigos y organizó dos teatros de operaciones o de decisión geopolítica con su correspondiente estrategia de alianzas, con su estructura militar de intervención y con sus dispositivos comunicacionales. Ambas áreas de decisión están interconectadas por medio de los EEUU. El primer escenario tiene que ver con el Mar de China Meridional, con Taiwan como fractura político militar. El segundo está centrado en Europa, con Ucrania como línea de frente.

Llevar la guerra a Europa, organizarse en torno a ella fue saludado gozosamente por las clases dirigentes europeas bajo la consigna “EEUU vuelve”. Es importante tener en cuenta que el control real del conflicto ucraniano fue siempre de EEUU y los aliados europeos aparecían solo como componentes de la OTAN. Nunca hubo una definición europea de la crisis, nunca hubo una evaluación de los peligros que comportaba y de sus enormes costes. Dicho de otro modo, los intereses europeos siempre estuvieron subordinados a los objetivos geopolíticos de EEUU donde el teatro de operaciones europeo era el secundario y preparatorio para el enfrentamiento con China.

 

“Los intereses europeos siempre estuvieron subordinados a los objetivos geopolíticos de EEUU donde el teatro de operaciones europeo era el secundario”

La guerra ya llegó y la niebla del conflicto no deja ver bien ni el proceso, ni las consecuencias. Lo más sorprendente, a mi juicio, es que EEUU siempre ha ido por delante marcando los ritmos y anticipándose a los movimientos de Rusia. En paralelo se ha ido creando un clima contrario a una intervención que se consideraba inminente; todo esto pregonado a los cuatro vientos en la sociedad de la comunicación y las redes. Nunca se conoce toda la información, pero sorprende y mucho la intervención militar rusa y su violación del Derecho Internacional. La guerra está en el territorio que EEUU quiso desde el primer momento.

Hay que insistir en que esta guerra era evitable. Hubiese bastado con el cumplimiento de los Acuerdos de Minsk. Tanto el actual gobierno de Ucrania como el de EEUU estaban en contra. Se trabajó activamente por radicalizar las posiciones y cuando apareció la UE lo hizo para amenazar al gobierno ruso. Lo que viene ahora es la guerra con sufrimiento y muerte. La intervención militar era la peor de las salidas y para nada ayuda a modificar la correlación de fuerzas, subordina más todavía a la UE y fortalece a la OTAN. El ejército ucraniano ha sido preparado política, ideológica y militarmente en estos años. Si bien es cierto que la superioridad técnico militar de Rusia es muy grande, el tipo de estrategia a seguir implica amplios costes humanos, tecnológicos y comunicacionales. Rusia podía, como han hecho los EEUU en sus guerras, machacar las defensas ucranianas rápidamente pero políticamente no está dispuesto a hacerlo. No puede hacerlo. Esta contradicción ya se ve en el campo de batalla porque implica bajas, guerra de posiciones y tiempo, mucho tiempo.

Biden ha dicho que la alternativa a las sanciones son la III guerra mundial. Lleva razón, pero olvidó decir que había antes y después otra más clara: sentarse a negociar en serio. Siempre hay posibilidades de negociar si se quiere. La escalada es cada vez más fuerte. Se juega a una guerra larga con grandes costes humanos y económicos para Rusia. Los ucranianos pagaran los costes humanos, económicos y psíquicos de una guerra evitable. La guerra es el mal mayor y se justifica pocas veces.

 

Las paradojas se suceden. Rusia sigue suministrando gas a través de Ucrania y el banco que las cobra no ha sido desconectado del sistema financiero organizado por los EEUU. Estos se pueden estar equivocando y acelerando la etapa final de la globalización capitalista. La gran victoria de Biden ha sido empujar aún más a Rusia hacia China, difuminando su autonomía estratégica. Es la peor de las noticias para Europa, las posibilidades de organizar un sistema común de garantías y de seguridad se alejan y el control de la OTAN será mucho mayor. Las sanciones significarán una crisis económica seria y tendrán consecuencias duras para Rusia, pero también para Europa. Parece inevitable la creación de un polo económico potente en torno a China -al que se incorporarán Rusia, Irán y los países del Asia Central- y la ruptura del mercado mundial empezando por el financiero. ¿La economía del dólar en cuestión? Veremos.

No basta decir no a la guerra. La izquierda europea, si quiere reivindicarse como sujeto autónomo político debe proponer un plan de seguridad, paz y defensa para Europa como lo está haciendo Jean-Luc Mèlenchon. Lo primero es parar la guerra ya. Eso significa situar los acuerdos de Minsk y su cumplimiento en el centro. Lo segundo es un tratado de paz y cooperación con Rusia que reconozca la soberanía de Ucrania, su neutralidad y un programa de recuperación económica y social. Lo tercero, la desnuclearización y desmilitarización de Europa. Cuarto, la salida de la OTAN y la organización de una defensa autónoma y comprometida con la seguridad colectiva.

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El otro relato olvidado de una transición ejemplar.

Al principio fue una aspiración colectiva: ser como ellos, poner fin a una historia de guerras civiles, de golpes de Estado y de una dictadura eterna. España era el problema y Europa la solución. Fue la consigna, se malinterpretó a Ortega, pero no importaba. Sutilmente, el acento se puso en Europa: ella nos salvaría. Nuestro europeísmo fue una huida de España y de sus problemas.

 

La nueva generación política que llegó al gobierno con Felipe González fue más lejos: España no era capaz de autogobernarse, tendría que hacerlo un Mercado Común que pretendía ir hacia una mayor y superior integración europea.

Ni el ingreso en el Mercado Común ni la integración en la OTAN eran elementos de una política exterior a la altura de los tiempos. Era algo más profundo, más sustancial. Puesto que no éramos capaces de autogobernarnos; puesto que, de una u otra forma, llevamos siglos intervenidos por las grandes potencias, era necesario un anclaje en estructuras de poder externas que consolidaran el poder de las clases económicamente dominantes en España y que impidieran, de una u otra forma, que la correlación real de fuerzas fuese cuestionada. Las bases norteamericanas no bastaban, había que alinearse claramente con una potencia hegemónica que estaba derrotando al “imperio del mal”. La OTAN era la definición precisa de donde y con quién estábamos. Lo del Mercado Común era algo más complejo; les pasaba igual a todas las economías del sur de Europa: problemáticas económicamente, ingobernables socialmente y con aspiraciones políticas demasiado avanzadas.

El Tratado de Maastricht fue la salvación: perder soberanía a cambio de ganar estabilidad macroeconómica para disciplinar a un movimiento obrero demasiado fuerte; subordinar a unas izquierdas que no habían interiorizado que el muro cayó y que el tiempo del reformismo terminó. Fue la “gran audacia” del PSOE de González: gobernar la globalización neoliberal e impulsarla sin reservas en estrecha alianza con los grandes poderes. Con un poco de suerte y algo de habilidad se podría conseguir que los trabajadores alemanes terminaran financiando nuestro incipiente y débil Estado de Bienestar.

 

España, por fin, dejaba de ser un problema. Su futuro ya no dependía de ella. Estaba sólidamente determinada por una alianza política armada y por una integración europea que empezaba a dirigir de facto nuestra política económica. El futuro de España era dejar de ser un Estado y convertirse en una “comunidad autónoma” de una forma-dominio político esencialmente no democrática y bajo el control de unas élites que conseguían institucionalizar las reglas jurídico-económicas neoliberales. Eso sí -paradoja de las paradojas- bajo la hegemonía del poderoso Estado alemán.

 

La otra parte del relato se empezó a escribir desde aquí. La vieja cuestión nacional-territorial que siempre estuvo ahí, volvió a emerger. Las burguesías nacionalistas vasca y catalana -Galicia siempre fue otra cosa- acompañaron entusiásticamente el diseño de unas políticas que, de una u otra forma, garantizaban la economía capitalista, la democracia liberal y, sobre todo, la integración supranacional militar, económica y política. La idea era simple pero clara: puesto que el Estado español era una entidad a desaparecer en el marco de una Europa federal, había que apostar decididamente por su desmantelamiento y por una Cataluña y una Euskadi, primero regiones y luego Estados. Más Europa significaba menos España soberana e –inevitablemente- menos España democrática. El demos decidía muy poco en la política real y la democracia se cuarteaba entre la impotencia y la dictadura de una oligarquía omnipresente. El 15M fue la consecuencia, en gran parte fallida, de todo esto.

 

La operación era, al menos, curiosa. Se negaba el concepto de soberanía como antigualla en un mundo felizmente globalizado. A la vez, se reafirmaba la soberanía originaria de Euskadi y Cataluña y, finalmente, se apostaba por una Europa estatalmente organizada. Por decirlo de otro modo, se reconocía como hecho positivo que España era una democracia limitada; se aceptaba que la UE era el futuro y, coherentemente, se apostaba por su desmantelamiento. Lo que decían realmente los nacionalistas vascos y catalanes es que preferían ser regiones de la UE que comunidades autónomas de un Estado español condenado a la extinción. El paso al independentismo fue su consecuencia lógica. Algunos creyeron que se podía romper el Estado español sin que nada pasase y con el apoyo de una Unión Europea todopoderosa. Los resultados están a la vista: ruptura de la comunidad política catalana, emergencia de un nacionalismo español de masas y giro a la derecha en los aparatos del Estado en un proceso de automatización todavía no desvelado del todo, pero que se deja sentir cada vez con más fuerza.

Hablar de izquierda en serio: veracidad y radicalidad

De nuevo se habla de (re) fundar la izquierda. De abrir un debate de masas sobre su futuro, de escuchar mucho e iniciar una conversación sincera entre política y ciudadanía, entre política y clases trabajadoras en un mundo que cambia y no sabemos muy bien hacia dónde. Yo quisiera contribuir a este dialogo desde la realidad, intentando que esta no sea ocultada en los frondosos bosques de la retórica y, mucho menos, negada en el cotidiano quehacer del gobierno. Por eso he querido comenzar por este “otro relato” conocido y casi siempre eludido: España es una democracia limitada, parte del dispositivo político-militar norteamericano en Europa, que no decide, desde hace años, sobre su política de seguridad y defensa; parte de la Unión Europea, que no decide, desde hace años, sobre su política monetaria, económica y fiscal. La que ya no tiene “derecho a decidir” es España. El otro lado de la contradicción es la crisis del Estado español; es decir, su cuestionamiento sustancial por dos movimientos nacionalistas que hacen del independentismo identidad y programa, en un proceso ampliado de desintegración y desarticulación espacial puesto en evidencia por las demandas de eso que se ha dado en llamar oblicuamente la “España vaciada”.

 

Quizás la primera cosa que habría que reivindicar es una visión crítica del pasado reciente. Venimos de una refundación y vamos hacia otra en apenas cinco años. ¿Qué se hizo mal?; ¿qué se hizo bien?; ¿dónde poner los acentos y qué instrumentos reivindicar? Además, se está gobernado: ¿algún balance?; ¿cambió la Unión Europea de paradigma? Los fondos europeos, ¿se orientan a transformar realmente el modelo productivo? ¿Este gobierno está reforzando efectivamente el Estado social, democratizando la economía, asegurando el futuro de las pensiones y poniendo freno al poder omnímodo empresarial en la relaciones colectivas e individuales del trabajo?

 

Las personas cuentan. Pablo Iglesias combinaba radicalidad verbal al servicio de un reformismo a ras del suelo. La agresividad cobarde de las derechas; unos medios de comunicación controlados por los poderes económicos, construyeron una figura-símbolo que concitaba grandes rechazos y significativos consensos. Decidió que había que aliarse con el PSOE de Pedro Sánchez para poder gobernar; es decir, con su principal rival electoral y, él lo sabía muy bien, con el auténtico partido del Régimen. La clave, según él, era dejar atrás a una izquierda que teme gobernar, que no está en disposición de asumir riesgos y mancharse las manos con la política de cada día; una izquierda que prefiere la comodidad de la oposición al duro quehacer para mejorar la vida de las gentes. Se aceptó como inevitable la pérdida de más de millón y medio de votos y la reducción a la mitad del grupo parlamentario. Menos fuerza social y electoral, pero más poder; las cuentas salían o lo parecía. Gobernar desde el BOE y gestionar con pericia las relaciones con los medios, esa era la política ganadora.

 

Había que ser realista. Negociar un programa de gobierno de verdad no era posible dadas las diferencias (reales o imaginarias) entre el PSOE y UP. La dirección de la coalición lo que hizo fue presentar una plataforma social y económica acompañada con sus mecanismos de financiación, centrando sobre ella la negociación. Los llamados “temas de Estado” nunca estuvieron en la agenda, solo declaraciones generales. Se dejaron en manos del PSOE la definición y la gestión exclusiva de todo lo referente a la política exterior, defensa y seguridad en momentos donde los cambios geopolíticos se aceleraban y, hay que subrayarlo, la crisis político-militar entre los EEUU y China se hacía presente con toda su importancia. Se aceptó que Pedro Sánchez se responsabilizara de todo lo referente a una Unión Europea obligada a diseñar nuevas políticas y se fue asumiendo la idea de que esta estaba cambiando de paradigma. Los fondos europeos eran la señal inequívoca de las nuevas orientaciones que, se decía, ponían fin a las etapas de austeridad.

 

Lo más sorprendente fue que nada se propusiese realmente para intentar resolver los variados problemas de la llamada “crisis territorial” más allá de las conocidas apelaciones al diálogo, a las buenas formas y a los consensos democráticos básicos. Cuestiones decisivas como democratización sustancial de la justicia, la reforma en profundidad de las administraciones públicas o de la urgente necesidad de organizar y diseñar nuevas estructuras para la gestión estatal de las políticas sociales, fueron dejadas prudentemente a un lado. La transición energética y ecológica, tema central, se asumió al modo PSOE; es decir, respetando el control del sector que tienen los grandes oligopolios. Se podía continuar. O se aceptaba este tipo de acuerdo o no habría gobierno de coalición posible. De camino, se clausuraban debates esenciales y se eludían otros: OTAN, bases militares, la Unión Europea del euro y el alineamiento férreo con los EEUU en su lucha existencial para mantener su orden y poder contra una China cada vez más fuerte, en alianza con Rusia, devenida, una vez más, en el “Imperio del mal”.

 

La salida de Pablo Iglesias del gobierno y, por ahora, de la política hubiese sido un buen momento para hacer un balance de los resultados de la coalición PSOE-UP. No se hizo así y lo que es peor, nombró a una “heredera” que, como era natural, hizo todo lo posible por separarse de quien le designó. ¿Qué tenemos? Un gobierno de coalición que no es capaz de dar un mensaje en positivo de cambio, una oposición hegemonizada por el discurso de la extrema derecha y un bloque que hizo posible el gobierno de Pedro Sánchez compuesto por nacionalistas e independentistas catalanes, vascos y gallegos que no acaban de sintonizar con las políticas que se promueven. En pocos días habrá elecciones en Castilla y León y parece que en primavera llegarán las andaluzas. Todo esto en un contexto presidido por la pandemia y una recuperación que arranca con menos fuerza de lo esperado y con una inflación que amenaza el crecimiento económico futuro.

La esperanza se ha ido depositando en Yolanda Díaz. Por ahora los medios la tratan bien. Su estilo reposado, dialogante y educado sintoniza con una parte significativa de la ciudadanía. Su gestión está bien valorada y sus políticas han significado, no sin una fuerte discusión, avances en determinados aspectos laborales y en mejoras económicas. Desde fuera se tiene la impresión que hay una complicidad personal fuerte entre ella y Pedro Sánchez que periódicamente tiene que ser renovada ante los conflictos recurrentes en el gobierno. El debate sobre la reforma laboral sigue abierto. Aquí, como en otros temas, los grandes calificativos acaban por oscurecer los avances reales. Más allá de las palabras, ¿se ha conseguido derogar la reforma laboral del PP? A mi juicio, no. ¿Los avances son positivos? Sí. Entre otras cosas porque la reforma laboral del PP estaba relacionada íntimamente con la reforma previa del PSOE. Queda por ver si la “reforma de la (contra)reforma” produce o no el fortalecimiento del poder contractual de las clases trabajadoras que siempre fue la clave de la negociación. De ello depende la mejora de los salarios, el fortalecimiento del sindicalismo y la estabilidad en el empleo. Veremos.

No me equivoco mucho, creo, si afirmo que el proyecto de la vicepresidenta segunda del gobierno tiene un carácter fundacional; es decir, pretende abrir una página nueva más allá de lo que hoy es Unidas Podemos. No habría que dejarse confundir: todo proyecto nuevo, en cierto sentido, es transversal ya que pretende ir más allá de los alineamientos políticos establecidos y crear un mapa electoral sustancialmente diferente al actual. La palabra clave es autonomía: político-programática frente al PSOE y estratégico-organizativa frente a los partidos políticos que componen Unidas Podemos. Esta última cuestión no será fácil. Sin las organizaciones que componen Unidas Podemos no es posible construir algo nuevo; con ellos puede haber dificultades. La clave es gobernar el proceso, crear dispositivos que amplíen las alianzas, que sumen colectivos sociales, personas independientes, cuadros y militantes.

Habría que aprender de errores pasados. La forma dominante actual de hacer política no creo que pueda servir para construir una fuerza alternativa de la izquierda. Lo normal hoy es que una fuerte personalidad política se reúna con un grupo de notables y se relacione con la población a través de los medios de comunicación. Luego viene la construcción de un grupo parlamentario homogéneo y, desde ahí, disputar el gobierno. Esto no ha funcionado ni creo que funcione en el futuro, insisto, para una fuerza que pretende ser alternativa; es decir, comprometida con la defensa de los derechos sociales, la democracia económica, el fortalecimiento del poder de las clases trabajadoras y la defensa intransigente de la soberanía popular.

No se debería confundir a una ciudadanía cansada de engaños y falsas promesas. Una cosa es construir una fuerza alternativa de la izquierda y otra, digamos que diferente, un partido bisagra aliado estratégico del PSOE y con la misión de hacerlo girar a la izquierda. Para esto no haría falta construir algo nuevo; basta con tirar con lo que hay, potenciar la imagen de la vicepresidenta y fomentar relaciones públicas ampliadas y desarrolladas. Para una fuerza alternativa con voluntad de mayoría y de gobierno, la esperanza tiene que ser organizada, convertida en compromiso político, sólidamente enraizada en el territorio, en los lugares donde se trasforma el sentido común y se potencia imaginarios críticos y rebeldes. La condición previa es la POLÍTICA entendida como proyecto de país, con mayúsculas y a lo grande.

Una propuesta nada modesta

Tres conceptos: proceso, consenso y programa en sentido fuerte. Repito lo ya dicho, una fuerza alternativa de la izquierda no se puede construir con las mismas formas y métodos que las de derechas. Hace falta dispositivos políticos que fomenten la (auto) organización, la pertenencia y la identidad. Los viejos partidos de integración de masas tienen que ser reformulados, adaptados a un tipo de sociedad que ha cambiado radicalmente para cumplir un papel imprescindible: crear poderes sociales, movilizar a la población y organizar la participación política.

 

Proceso para ir de menos a más, consenso en torno a los métodos organizativos y programa como construcción de un proyecto de país. Lo primero, definir una dirección política del proceso. No quiero entrar en temas delicados. Hace falta un núcleo político-organizativo que dirija el proceso, que tome decisiones y que promueva la idea de equipo, de colectivo dirigente. Se es grande cuando se cabalga a hombros de gigantes. Lo segundo, preparar a fondo una conferencia que apruebe un manifiesto-político dirigido al país y, lo tercero, ir a una constituyente para una nueva formación política.

Me quiero centrar en el tipo de conferencia política. El objetivo es aprobar un manifiesto que exprese un análisis veraz de las grandes transformaciones en curso y un conjunto de ideas-fuerza que promuevan un imaginario alternativo que dé cuenta de un proyecto de país. Lo normal sería un decálogo claro, preciso, transformador que impulse el debate público, el compromiso político y la organización. Programa, sujeto y organización están muy unidos. El método podría ser en dos fases: una conferencia que aprobara un borrador de manifiesto político; este sería discutido territorial y sectorialmente en un debate público lo más amplio posible que podría durar tres o cuatro meses. En la segunda fase se aprobaría y se convertiría en la base del programa de una nueva fórmula electoral.

 

Este manifiesto político tendría que definirse y decidir sobre algunas cuestiones fundamentales mal resueltas en Unidas Podemos y que fundamentarían una propuesta autónoma formulada en positivo. Estas deberían ser las siguientes:

a) Posición sobre los cambios geopolíticos y caracterización del orden multipolar en gestación.

b) Plantearse con rigor una política de defensa y seguridad que supere a la OTAN y que consolide una política internacional al margen de la dependencia de EEUU.

c) Caracterización de la UE, de su política económica centrada en el euro; su relación con la soberanía popular y el constitucionalismo social.

d) Definición de lo que se entiende aquí y ahora por Estado federal en el marco de una propuesta constituyente. e) La democracia económica como consolidación y ampliación del Estado social, como democratización de los poderes económicos y revitalización el poder de las clases trabajadoras.

Se podría continuar. Esta (in)modesta proposición trata de propiciar el debate y la polémica. No acepta que la conversación con los ciudadanos sea solo a través de los medios de comunicación y eludiendo los debates básicos. Hay que aprender de las derechas y de las derechas extremas. Esperanza Aguirre, la señora Ayuso y el señor Abascal hacen de lo que ellos llaman el debate cultural, el núcleo duro. Cada día hablan más de ideología, proyecto, programa. La respuesta usual de la izquierda es eludir la ideología y centrarse en las medidas concretas; es decir, oponen tecnocracia a la política. Esta estrategia es perdedora, les deja la iniciativa a las derechas, sitúan a la izquierda a la defensiva y se entra en el territorio de la post verdad. La clave es la de siempre: ideas, proyecto que suscite compromiso político y que promueva la organización y la movilización social.

Madrid, 29 de enero de 2022

Autor: Manolo Monereo

Fuente: Diario Público - 24/01/22

La pregunta hay que hacerla: ¿coinciden los intereses de Europa con los de EEUU? Esta es la cuestión decisiva que la Unión Europea no es capaz de hacerse, ni siquiera de plantearse. Para los norteamericanos la protección de su Estado y de su población le exige controlar estratégicamente el mundo. De ahí deviene esta específica habilidad de construir guerras y desarrollar conflictos lejos de sus fronteras. La península que es Europa ha sufrido dos guerras mundiales, conflictos militares recurrentes y siempre pendiente de una Rusia convertida, de una u otra forma, en el imperio del mal. El observador avezado se dará cuenta que distingo entre Europa y la Unión Europea.

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Esto es algo que tampoco se puede hacer. La única forma de construir Europa es la UE y quien la critique o la cuestione es calificado de euroescéptico, nacionalista o simplemente, de extrema derecha. Hay muchas formas de decir Europa y de construirla. La UE es un modo concreto, específico que tiene, al menos, tres características.

La primera, el llamado vínculo atlántico; es decir, esta integración supranacional se hace bajo el paraguas estratégico de los EEUU, organizado militarmente en torno a la OTAN. EEUU siempre ha sido un actor interno en la construcción europea y ha influido decisivamente en su modo de organizarla y definir su futuro. 

Después de la implosión de la URSS y de la desintegración del Pacto de Varsovia intervinieron activamente para ampliar la Unión hacia el este lo más rápidamente posible y, es la clave, hacerlo bajo el patrocinio de la OTAN. Conseguían dos objetivos fundamentales: bloquear la integración política y hacer girar hacia la derecha a los gobiernos de los países que habían estado bajo el control de la Unión Soviética. UE y OTAN desde el principio fueron un mismo proyecto geopolítico.

Una segunda característica tenía que ver con un método específico de integración basado en la "limitación" de la soberanía de los Estados en todo lo referente a la política económica y a su política internacional. Dicho de otro modo, la construcción de la Unión se hacía contra los Estados en un largo proceso cada vez más distante del control de las poblaciones y, en muchas ocasiones, en contra de ellas. Desde el primer momento las instituciones comunitarias convirtieron su ordenamiento jurídico en una "constitución material" que se superponía y prevalecía sobre las constituciones de los Estados singularmente considerados. Como ha destacado con mucha fuerza Wolfgang Streeck, las constituciones sociales derivadas de la II Guerra Mundial están siendo deconstruidas en favor de un ordenamiento claramente neoliberal sin el concurso del poder constituyente del pueblo soberano.

La característica tercera la tenemos delante de nuestros ojos, la nombramos pero no la definimos: las democracias realmente existentes ya no deciden lo fundamental, no tienen el poder de elegir entre grandes opciones públicas; gobierne quien gobierne, están obligadas a moverse, no solo en los límites de su propia constitución sino, y principalmente, de un ordenamiento jurídico -el de la UE- que actúa en la práctica como una constitución que prevalece sobre la legítimamente instituida en los Estados. Resumiendo, nuestras democracias son cada vez menos sociales, están estructuralmente limitadas y en proceso de creciente oligarquización.

Hay que atreverse a explicar las cosas. Estamos ante un cambio de época, ante una ruptura histórica que pone en cuestión una determinada forma de organizar el poder mundial, un modo de ordenar las relaciones internacionales y, sobre todo, una forma de comprender el mundo. Hoy la Unión Europea está obligada a definirse ante un mundo multipolar que emerge y que cuestiona un viejo orden construido por las grandes potencias capitalistas. En el fondo es decidir si se es parte de lo viejo o si se forma parte de lo nuevo y se está dispuesto a gobernar esa transición. La OTAN lo tiene claro: defender el orden unipolar hegemonizado por Estados Unidos; todo lo demás es secundario y, además, se conjura para crear una amplia coalición de Estados contra China, la gran potencia que emerge, y contra Rusia, que se ha convertido en su principal aliado.

El debate sobre la famosa autonomía estratégica de la UE hay que situarlo en este contexto. Pero en esto tampoco deberíamos dejarnos engañar por las apariencias. La preocupación de Borrell no es tanto la actuación unilateral de los EEUU, sino que Biden no lo tenga lo suficientemente en cuenta e incumplan las cláusulas de solidaridad colectiva garantizada por la OTAN. Autonomía estratégica, no para definir con precisión y veracidad los objetivos de una política exterior solvente de la UE, sino para renegociar su condición de aliado subalterno de EEUU y su participación en la toma de decisiones sobre Europa, pero también sobre el Indo-Pacífico. Dicho más claro, el riesgo que temen es quedarse sin el paraguas de la OTAN. El temor de las clases dirigentes europeas es que los EEUU se desentiendan de Europa y que ya no ejerzan su control sobre ella. La UE sigue queriendo ser un protectorado económico militar de los Estados Unidos. No está dispuesta a prescindir de las decenas de bases norteamericanas en su territorio ni de su armamento nuclear desplegado en Europa; por cierto, en proceso de renovación sustancial.

Hay dos áreas de decisión geopolítica en construcción. Una está en el Indo-Pacífico; la otra en Europa. En la primera, que es la principal, los norteamericanos quieren actuar solos con sus aliados tradicionales; es decir, Reino Unido y Australia. A estos se unirán pronto sus dos países que son a su vez protectorados militares, Japón y Corea del Sur. El objetivo, ya se ha dicho, es crear una coalición muy amplia para contener a China, siempre con las incógnitas de India (que tiene fuertes vínculos con Rusia) y de Pakistán (que tiene complejas relaciones con EEUU y con China). El papel de Indonesia será muy importante. EEUU lo ha dejado meridianamente claro: los países europeos, empezando por Francia, estarán fuera de la toma de decisiones de este "gran juego" que acaba de comenzar.

La otra área de decisión es Europa. Aquí el papel decisivo lo va a tener la OTAN. El objetivo: enfrentarse a Rusia y sumarse a la estrategia global contra China que definen los EEUU. El conflicto de Ucrania hay que verlo como el retorno de Europa como territorio de conflicto y guerra entre las grandes potencias. La gravedad del problema es justamente esta, que el conflicto entre EEUU y China se dirime en territorio europeo enfrentando a la OTAN contra Rusia. Por eso las soluciones diplomáticas son extremadamente difíciles y la atmósfera de guerra se hace insoportable. Quien mejor conoce esto es la dirección política del actual gobierno ucraniano que lo aprovecha para rearmarse, formar uno de los mayores ejércitos del mundo y ser, en la práctica, parte de la OTAN.

El dato más sobresaliente en este conflicto es que todos los actores saben que Rusia no invadirá militarmente Ucrania. Las razones son muchas. Ucrania se ha convertido en un Estado fallido con una crisis económico productiva pavorosa y con conflictos étnicos, religiosos y sociales difíciles de gobernar. La pregunta es: si todo el mundo sabe que Rusia no va a invadir, ¿por qué se ha creado este clima de guerra inminente? Por varias razones. La primera es la "batalla por el relato"; se trata de atemorizar a las poblaciones ante un enemigo cruel e implacable para legitimar el incremento sustancial de los gastos militares, la instalación y renovación de nuevos misiles nucleares y la necesidad de un protector externo que nos defienda; es decir, la OTAN. La segunda razón, justificar la urgencia de ampliar la OTAN incorporando, no solo a Ucrania sino también a Georgia y, más allá, al resto de las repúblicas exsoviéticas. La tercera, poner fin a cualquier pretensión presente y, sobre todo futura, de Europa como actor autónomo en las relaciones internacionales, colaborador necesario en la construcción de un nuevo orden multipolar más democrático y plural.

Cuando Pedro Sánchez y Margarita Robles mandan alegremente buques y aviones de combate a la zona en conflicto lo hacen sabiendo que Rusia no va a invadir Ucrania. El problema que tienen estos escenarios con un clima conflictual tan alto, es el riesgo de que algún actor considere que hay que agudizar las contradicciones y provoque una respuesta de Rusia. Biden y Borrell pueden perder el control de la situación y entonces habrá una guerra de verdad; en el centro del espacio europeo y sin saber exactamente cuáles serán los límites. Quien juega con fuego puede terminar quemándose.

La respuesta de Rusia es la propuesta de un tratado de seguridad basado en el desarme y la desnuclearización, en el respeto a la Carta de las Naciones Unidas y a la soberanía de los Estados. Se puede rechazar, se puede descalificar, pero hay una propuesta encima de la mesa que la hace un Estado que tiene la percepción de vivir una crisis existencial en tanto que tal y que lleva 25 años viendo como las fronteras de la OTAN están cada día más cerca de Moscú. Lo más grave es que, como antes dije, este conflicto es parte de un conflicto global de carácter preventivo impulsado por los EEUU y que tiene como verdadero objetivo bloquear, contener y cercar a China. Una vez más, Europa puede poner los muertos de un conflicto en el que nada tiene que ganar y mucho que perder.

La paz no tiene alternativa en Europa. La guerra es el mal absoluto. Lo que debería hacer realmente Europa es tomar iniciativas veraces para una salida diplomática a la crisis que reconozca los intereses comunes que tiene con Rusia; que promueva un gran acuerdo económico, político y militar en el marco del cual se debe resolver el conflicto ucraniano. La Europa de España a los Urales sigue siendo una necesidad. ¿Cuál es el problema? Que esta propuesta se opone a los intereses estratégicos de EEUU. La paz es demasiado importante para que la decidan solo los políticos y los militares.

Fuente: Lacasamata.es

Publicado 11/02/2022

Una cosa es construir una fuerza alternativa de la izquierda y otra, digamos que diferente, un partido bisagra aliado estratégico del PSOE y con la misión de hacerlo girar a la izquierda. Para esto no haría falta construir algo nuevo; basta con tirar con lo que hay, potenciar la imagen de la vicepresidenta y fomentar relaciones públicas ampliadas y desarrolladas. Para una fuerza alternativa con voluntad de mayoría y de gobierno, la esperanza tiene que ser organizada, convertida en compromiso político, sólidamente enraizada en el territorio, en los lugares donde se trasforma el sentido común y se potencia imaginarios críticos y rebeldes. La condición previa es la POLÍTICA entendida como proyecto de país, con mayúsculas y a lo grande.

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El otro relato olvidado de una transición ejemplar.

Al principio fue una aspiración colectiva: ser como ellos, poner fin a una historia de guerras civiles, de golpes de Estado y de una dictadura eterna. España era el problema y Europa la solución. Fue la consigna, se malinterpretó a Ortega, pero no importaba. Sutilmente, el acento se puso en Europa: ella nos salvaría. Nuestro europeísmo fue una huida de España y de sus problemas.

 

La nueva generación política que llegó al gobierno con Felipe González fue más lejos: España no era capaz de autogobernarse, tendría que hacerlo un Mercado Común que pretendía ir hacia una mayor y superior integración europea.

Ni el ingreso en el Mercado Común ni la integración en la OTAN eran elementos de una política exterior a la altura de los tiempos. Era algo más profundo, más sustancial. Puesto que no éramos capaces de autogobernarnos; puesto que, de una u otra forma, llevamos siglos intervenidos por las grandes potencias, era necesario un anclaje en estructuras de poder externas que consolidaran el poder de las clases económicamente dominantes en España y que impidieran, de una u otra forma, que la correlación real de fuerzas fuese cuestionada. Las bases norteamericanas no bastaban, había que alinearse claramente con una potencia hegemónica que estaba derrotando al “imperio del mal”. La OTAN era la definición precisa de donde y con quién estábamos. Lo del Mercado Común era algo más complejo; les pasaba igual a todas las economías del sur de Europa: problemáticas económicamente, ingobernables socialmente y con aspiraciones políticas demasiado avanzadas.

El Tratado de Maastricht fue la salvación: perder soberanía a cambio de ganar estabilidad macroeconómica para disciplinar a un movimiento obrero demasiado fuerte; subordinar a unas izquierdas que no habían interiorizado que el muro cayó y que el tiempo del reformismo terminó. Fue la “gran audacia” del PSOE de González: gobernar la globalización neoliberal e impulsarla sin reservas en estrecha alianza con los grandes poderes. Con un poco de suerte y algo de habilidad se podría conseguir que los trabajadores alemanes terminaran financiando nuestro incipiente y débil Estado de Bienestar.

 

España, por fin, dejaba de ser un problema. Su futuro ya no dependía de ella. Estaba sólidamente determinada por una alianza política armada y por una integración europea que empezaba a dirigir de facto nuestra política económica. El futuro de España era dejar de ser un Estado y convertirse en una “comunidad autónoma” de una forma-dominio político esencialmente no democrática y bajo el control de unas élites que conseguían institucionalizar las reglas jurídico-económicas neoliberales. Eso sí -paradoja de las paradojas- bajo la hegemonía del poderoso Estado alemán.

 

La otra parte del relato se empezó a escribir desde aquí. La vieja cuestión nacional-territorial que siempre estuvo ahí, volvió a emerger. Las burguesías nacionalistas vasca y catalana -Galicia siempre fue otra cosa- acompañaron entusiásticamente el diseño de unas políticas que, de una u otra forma, garantizaban la economía capitalista, la democracia liberal y, sobre todo, la integración supranacional militar, económica y política. La idea era simple pero clara: puesto que el Estado español era una entidad a desaparecer en el marco de una Europa federal, había que apostar decididamente por su desmantelamiento y por una Cataluña y una Euskadi, primero regiones y luego Estados. Más Europa significaba menos España soberana e –inevitablemente- menos España democrática. El demos decidía muy poco en la política real y la democracia se cuarteaba entre la impotencia y la dictadura de una oligarquía omnipresente. El 15M fue la consecuencia, en gran parte fallida, de todo esto.

 

La operación era, al menos, curiosa. Se negaba el concepto de soberanía como antigualla en un mundo felizmente globalizado. A la vez, se reafirmaba la soberanía originaria de Euskadi y Cataluña y, finalmente, se apostaba por una Europa estatalmente organizada. Por decirlo de otro modo, se reconocía como hecho positivo que España era una democracia limitada; se aceptaba que la UE era el futuro y, coherentemente, se apostaba por su desmantelamiento. Lo que decían realmente los nacionalistas vascos y catalanes es que preferían ser regiones de la UE que comunidades autónomas de un Estado español condenado a la extinción. El paso al independentismo fue su consecuencia lógica. Algunos creyeron que se podía romper el Estado español sin que nada pasase y con el apoyo de una Unión Europea todopoderosa. Los resultados están a la vista: ruptura de la comunidad política catalana, emergencia de un nacionalismo español de masas y giro a la derecha en los aparatos del Estado en un proceso de automatización todavía no desvelado del todo, pero que se deja sentir cada vez con más fuerza.

Hablar de izquierda en serio: veracidad y radicalidad

De nuevo se habla de (re) fundar la izquierda. De abrir un debate de masas sobre su futuro, de escuchar mucho e iniciar una conversación sincera entre política y ciudadanía, entre política y clases trabajadoras en un mundo que cambia y no sabemos muy bien hacia dónde. Yo quisiera contribuir a este dialogo desde la realidad, intentando que esta no sea ocultada en los frondosos bosques de la retórica y, mucho menos, negada en el cotidiano quehacer del gobierno. Por eso he querido comenzar por este “otro relato” conocido y casi siempre eludido: España es una democracia limitada, parte del dispositivo político-militar norteamericano en Europa, que no decide, desde hace años, sobre su política de seguridad y defensa; parte de la Unión Europea, que no decide, desde hace años, sobre su política monetaria, económica y fiscal. La que ya no tiene “derecho a decidir” es España. El otro lado de la contradicción es la crisis del Estado español; es decir, su cuestionamiento sustancial por dos movimientos nacionalistas que hacen del independentismo identidad y programa, en un proceso ampliado de desintegración y desarticulación espacial puesto en evidencia por las demandas de eso que se ha dado en llamar oblicuamente la “España vaciada”.

 

Quizás la primera cosa que habría que reivindicar es una visión crítica del pasado reciente. Venimos de una refundación y vamos hacia otra en apenas cinco años. ¿Qué se hizo mal?; ¿qué se hizo bien?; ¿dónde poner los acentos y qué instrumentos reivindicar? Además, se está gobernado: ¿algún balance?; ¿cambió la Unión Europea de paradigma? Los fondos europeos, ¿se orientan a transformar realmente el modelo productivo? ¿Este gobierno está reforzando efectivamente el Estado social, democratizando la economía, asegurando el futuro de las pensiones y poniendo freno al poder omnímodo empresarial en la relaciones colectivas e individuales del trabajo?

 

Las personas cuentan. Pablo Iglesias combinaba radicalidad verbal al servicio de un reformismo a ras del suelo. La agresividad cobarde de las derechas; unos medios de comunicación controlados por los poderes económicos, construyeron una figura-símbolo que concitaba grandes rechazos y significativos consensos. Decidió que había que aliarse con el PSOE de Pedro Sánchez para poder gobernar; es decir, con su principal rival electoral y, él lo sabía muy bien, con el auténtico partido del Régimen. La clave, según él, era dejar atrás a una izquierda que teme gobernar, que no está en disposición de asumir riesgos y mancharse las manos con la política de cada día; una izquierda que prefiere la comodidad de la oposición al duro quehacer para mejorar la vida de las gentes. Se aceptó como inevitable la pérdida de más de millón y medio de votos y la reducción a la mitad del grupo parlamentario. Menos fuerza social y electoral, pero más poder; las cuentas salían o lo parecía. Gobernar desde el BOE y gestionar con pericia las relaciones con los medios, esa era la política ganadora.

 

Había que ser realista. Negociar un programa de gobierno de verdad no era posible dadas las diferencias (reales o imaginarias) entre el PSOE y UP. La dirección de la coalición lo que hizo fue presentar una plataforma social y económica acompañada con sus mecanismos de financiación, centrando sobre ella la negociación. Los llamados “temas de Estado” nunca estuvieron en la agenda, solo declaraciones generales. Se dejaron en manos del PSOE la definición y la gestión exclusiva de todo lo referente a la política exterior, defensa y seguridad en momentos donde los cambios geopolíticos se aceleraban y, hay que subrayarlo, la crisis político-militar entre los EEUU y China se hacía presente con toda su importancia. Se aceptó que Pedro Sánchez se responsabilizara de todo lo referente a una Unión Europea obligada a diseñar nuevas políticas y se fue asumiendo la idea de que esta estaba cambiando de paradigma. Los fondos europeos eran la señal inequívoca de las nuevas orientaciones que, se decía, ponían fin a las etapas de austeridad.

 

Lo más sorprendente fue que nada se propusiese realmente para intentar resolver los variados problemas de la llamada “crisis territorial” más allá de las conocidas apelaciones al diálogo, a las buenas formas y a los consensos democráticos básicos. Cuestiones decisivas como democratización sustancial de la justicia, la reforma en profundidad de las administraciones públicas o de la urgente necesidad de organizar y diseñar nuevas estructuras para la gestión estatal de las políticas sociales, fueron dejadas prudentemente a un lado. La transición energética y ecológica, tema central, se asumió al modo PSOE; es decir, respetando el control del sector que tienen los grandes oligopolios. Se podía continuar. O se aceptaba este tipo de acuerdo o no habría gobierno de coalición posible. De camino, se clausuraban debates esenciales y se eludían otros: OTAN, bases militares, la Unión Europea del euro y el alineamiento férreo con los EEUU en su lucha existencial para mantener su orden y poder contra una China cada vez más fuerte, en alianza con Rusia, devenida, una vez más, en el “Imperio del mal”.

 

La salida de Pablo Iglesias del gobierno y, por ahora, de la política hubiese sido un buen momento para hacer un balance de los resultados de la coalición PSOE-UP. No se hizo así y lo que es peor, nombró a una “heredera” que, como era natural, hizo todo lo posible por separarse de quien le designó. ¿Qué tenemos? Un gobierno de coalición que no es capaz de dar un mensaje en positivo de cambio, una oposición hegemonizada por el discurso de la extrema derecha y un bloque que hizo posible el gobierno de Pedro Sánchez compuesto por nacionalistas e independentistas catalanes, vascos y gallegos que no acaban de sintonizar con las políticas que se promueven. En pocos días habrá elecciones en Castilla y León y parece que en primavera llegarán las andaluzas. Todo esto en un contexto presidido por la pandemia y una recuperación que arranca con menos fuerza de lo esperado y con una inflación que amenaza el crecimiento económico futuro.

La esperanza se ha ido depositando en Yolanda Díaz. Por ahora los medios la tratan bien. Su estilo reposado, dialogante y educado sintoniza con una parte significativa de la ciudadanía. Su gestión está bien valorada y sus políticas han significado, no sin una fuerte discusión, avances en determinados aspectos laborales y en mejoras económicas. Desde fuera se tiene la impresión que hay una complicidad personal fuerte entre ella y Pedro Sánchez que periódicamente tiene que ser renovada ante los conflictos recurrentes en el gobierno. El debate sobre la reforma laboral sigue abierto. Aquí, como en otros temas, los grandes calificativos acaban por oscurecer los avances reales. Más allá de las palabras, ¿se ha conseguido derogar la reforma laboral del PP? A mi juicio, no. ¿Los avances son positivos? Sí. Entre otras cosas porque la reforma laboral del PP estaba relacionada íntimamente con la reforma previa del PSOE. Queda por ver si la “reforma de la (contra)reforma” produce o no el fortalecimiento del poder contractual de las clases trabajadoras que siempre fue la clave de la negociación. De ello depende la mejora de los salarios, el fortalecimiento del sindicalismo y la estabilidad en el empleo. Veremos.

No me equivoco mucho, creo, si afirmo que el proyecto de la vicepresidenta segunda del gobierno tiene un carácter fundacional; es decir, pretende abrir una página nueva más allá de lo que hoy es Unidas Podemos. No habría que dejarse confundir: todo proyecto nuevo, en cierto sentido, es transversal ya que pretende ir más allá de los alineamientos políticos establecidos y crear un mapa electoral sustancialmente diferente al actual. La palabra clave es autonomía: político-programática frente al PSOE y estratégico-organizativa frente a los partidos políticos que componen Unidas Podemos. Esta última cuestión no será fácil. Sin las organizaciones que componen Unidas Podemos no es posible construir algo nuevo; con ellos puede haber dificultades. La clave es gobernar el proceso, crear dispositivos que amplíen las alianzas, que sumen colectivos sociales, personas independientes, cuadros y militantes.

Habría que aprender de errores pasados. La forma dominante actual de hacer política no creo que pueda servir para construir una fuerza alternativa de la izquierda. Lo normal hoy es que una fuerte personalidad política se reúna con un grupo de notables y se relacione con la población a través de los medios de comunicación. Luego viene la construcción de un grupo parlamentario homogéneo y, desde ahí, disputar el gobierno. Esto no ha funcionado ni creo que funcione en el futuro, insisto, para una fuerza que pretende ser alternativa; es decir, comprometida con la defensa de los derechos sociales, la democracia económica, el fortalecimiento del poder de las clases trabajadoras y la defensa intransigente de la soberanía popular.

No se debería confundir a una ciudadanía cansada de engaños y falsas promesas. Una cosa es construir una fuerza alternativa de la izquierda y otra, digamos que diferente, un partido bisagra aliado estratégico del PSOE y con la misión de hacerlo girar a la izquierda. Para esto no haría falta construir algo nuevo; basta con tirar con lo que hay, potenciar la imagen de la vicepresidenta y fomentar relaciones públicas ampliadas y desarrolladas. Para una fuerza alternativa con voluntad de mayoría y de gobierno, la esperanza tiene que ser organizada, convertida en compromiso político, sólidamente enraizada en el territorio, en los lugares donde se trasforma el sentido común y se potencia imaginarios críticos y rebeldes. La condición previa es la POLÍTICA entendida como proyecto de país, con mayúsculas y a lo grande.

Una propuesta nada modesta

Tres conceptos: proceso, consenso y programa en sentido fuerte. Repito lo ya dicho, una fuerza alternativa de la izquierda no se puede construir con las mismas formas y métodos que las de derechas. Hace falta dispositivos políticos que fomenten la (auto) organización, la pertenencia y la identidad. Los viejos partidos de integración de masas tienen que ser reformulados, adaptados a un tipo de sociedad que ha cambiado radicalmente para cumplir un papel imprescindible: crear poderes sociales, movilizar a la población y organizar la participación política.

 

Proceso para ir de menos a más, consenso en torno a los métodos organizativos y programa como construcción de un proyecto de país. Lo primero, definir una dirección política del proceso. No quiero entrar en temas delicados. Hace falta un núcleo político-organizativo que dirija el proceso, que tome decisiones y que promueva la idea de equipo, de colectivo dirigente. Se es grande cuando se cabalga a hombros de gigantes. Lo segundo, preparar a fondo una conferencia que apruebe un manifiesto-político dirigido al país y, lo tercero, ir a una constituyente para una nueva formación política.

Me quiero centrar en el tipo de conferencia política. El objetivo es aprobar un manifiesto que exprese un análisis veraz de las grandes transformaciones en curso y un conjunto de ideas-fuerza que promuevan un imaginario alternativo que dé cuenta de un proyecto de país. Lo normal sería un decálogo claro, preciso, transformador que impulse el debate público, el compromiso político y la organización. Programa, sujeto y organización están muy unidos. El método podría ser en dos fases: una conferencia que aprobara un borrador de manifiesto político; este sería discutido territorial y sectorialmente en un debate público lo más amplio posible que podría durar tres o cuatro meses. En la segunda fase se aprobaría y se convertiría en la base del programa de una nueva fórmula electoral.

 

Este manifiesto político tendría que definirse y decidir sobre algunas cuestiones fundamentales mal resueltas en Unidas Podemos y que fundamentarían una propuesta autónoma formulada en positivo. Estas deberían ser las siguientes:

a) Posición sobre los cambios geopolíticos y caracterización del orden multipolar en gestación.

b) Plantearse con rigor una política de defensa y seguridad que supere a la OTAN y que consolide una política internacional al margen de la dependencia de EEUU.

c) Caracterización de la UE, de su política económica centrada en el euro; su relación con la soberanía popular y el constitucionalismo social.

d) Definición de lo que se entiende aquí y ahora por Estado federal en el marco de una propuesta constituyente. e) La democracia económica como consolidación y ampliación del Estado social, como democratización de los poderes económicos y revitalización el poder de las clases trabajadoras.

Se podría continuar. Esta (in)modesta proposición trata de propiciar el debate y la polémica. No acepta que la conversación con los ciudadanos sea solo a través de los medios de comunicación y eludiendo los debates básicos. Hay que aprender de las derechas y de las derechas extremas. Esperanza Aguirre, la señora Ayuso y el señor Abascal hacen de lo que ellos llaman el debate cultural, el núcleo duro. Cada día hablan más de ideología, proyecto, programa. La respuesta usual de la izquierda es eludir la ideología y centrarse en las medidas concretas; es decir, oponen tecnocracia a la política. Esta estrategia es perdedora, les deja la iniciativa a las derechas, sitúan a la izquierda a la defensiva y se entra en el territorio de la post verdad. La clave es la de siempre: ideas, proyecto que suscite compromiso político y que promueva la organización y la movilización social.

Madrid, 29 de enero de 2022

Ucrania: una guerra que inicia la gran transición geopolítica y civilizatoria

MANUEL MONEREO - 14/03/2022

Fuente: Público.es

La guerra de Ucrania continua. Es solo un comienzo. ¿El frente? La dimensión espacio-temporal de los intereses estratégicos de los Estados Unidos; es decir, el planeta. El objetivo es conservar el poder y oponerse férreamente a los que cuestionan la hegemonía euroamericana, eso que Samir Amín llamó el imperialismo colectivo de la triada. Biden ha organizado, insisto, ha organizado dos territorios de definición geopolítica: uno, el principal, en Asia, en el Mar de la China meridional; otro, el secundario, que tiene como línea de frente Ucrania.

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Ambos están interconectados política y militarmente por los EEUU. Estos imponen una estricta división del trabajo: de la reducción de Rusia se encarga la OTAN; de Asia, el mundo anglosajón. Es la doctrina Monroe ampliada a la de Alfred T. Mahan: el Pacifico es asunto exclusivo y excluyente de los norteamericanos y sus aliados de confianza; fuera la Unión Europea y, específicamente, Francia. Se atisba en el horizonte un tercer escenario en construcción, el Sahel, que empieza a decir adiós a las fuerzas expedicionarias francesas y creo que también a las demás europeas.

 

Cuando la niebla de la guerra se aclare habrá que hacer un mapa de daños. Conocer con precisión las consecuencias, el papel de los actores y los elementos definitorios de una nueva relación de fuerzas. Un dato sobre todos: ¿se romperá el mercado económico-productivo y financiero mundial? Eso parece. La posibilidad de construir un polo de poder alrededor de China viene impulsado por la necesidad de responder a las sanciones contra Rusia y, sobre todo, a sus consecuencias colaterales que obligan ya a definirse. Biden está jugando fuerte, muy fuerte.  Los días del dominio del dólar pueden estar terminando y la multipolaridad más cercana de lo que parece.

Una cosa parece evidente: se está vendiendo ahora más gas ruso a Alemania que antes del conflicto. Este corredor funciona mucho mejor, desgraciadamente, que el humanitario. ¿Qué significa esto? Que existen contactos económicos, financieros y militares. Sigue habiendo posibilidades de llegar a acuerdos, de parar la guerra y poner fin a la muerte. Cada vez sabemos más cosas. En la reunión de Versalles de los 27, siempre a mayor gloria electoral de Macron, se decidió que por ahora no entraría Ucrania en la Unión Europea; este "por ahora" puede ser muy largo y equivale a (casi) nunca. Unos días después, nuestro inolvidable Alto Representante de la UE, Josep Borrell, reconoció errores. El más grande fue abrir la posibilidad de la entrada de Ucrania en la OTAN. No se deben hacer promesas que no se pueden cumplir, sentenció el que fuera la gran esperanza blanca de la socialdemocracia española.

Cuánta razón lleva Luciano Canfora cuando dice que no hay que hablar de democracia cuando se trata del poder mundial y su disputa; no hablar de paz cuando se planifica la guerra. Habrá que decirlo una y otra vez, hacerlo con fuerza y asumiendo los costes de ser minoría: frente a un discurso único dominante -que se convierte en disciplinario- hay que afirmar que esta guerra es entre la OTAN y Rusia, y que Ucrania pone el territorio, la población y la mayor parte de muertos y heridos. Zelenski debe de estar comprendiendo ya lo que supone ser aliado incondicional de los EEUU e instrumento activo de una estrategia que nada tiene que ver con los intereses de su pueblo. Plantear, como él hace, una intervención directa o indirecta de la OTAN es jugar con fuego y que todos nos quememos.

Se ha dicho (Thomas Fazi, Olga Rodríguez) que la guerra de Ucrania ha sido la más anunciada, analizada y anticipada de la historia última europea. Todos los grandes especialistas lo han estudiado y analizado desde hace años (Kennan, Kissinger, Mearsheimer, Jack F. Matlok) y su conclusión fue siempre la misma: intentar que Ucrania ingresara en la OTAN supondría una respuesta político- militar rusa y la guerra. El 13 de marzo de este año Carlos Sánchez en El Confidencial entrevistaba a un especialista en estrategia –influyente en el Ministerio de Defensa- que no quiso dar su nombre. Lo más sorprendente de sus declaraciones es que coinciden con otros geopolíticos –militares o no- críticos ante el conflicto ucraniano y especialmente preocupados por el futuro de Europa en un mundo que cambia aceleradamente.

Hay un acuerdo muy general en que estamos en un cambio de época caracterizado por un declive relativo de la hegemonía de EEUU y la emergencia de nuevas potencias que, objetivamente, cuestionan el orden organizado y definido por ese país. Las dimensiones y los ritmos del proceso no son pacíficos. En segundo lugar, se coincide en que estamos en una transición hacia un mundo multipolar que implica una redistribución sustancial del poder a nivel mundial.  También hay acuerdo, en tercer lugar, en que los EEUU son la primera potencia económica y que, lo más importante, tiene un claro dominio político- militar a nivel planetario. Dicho de otro modo, hay una desigualdad estructural de fuerzas (comerciales, financieras, tecnológicas y militares) entre el bloque de poder dirigido por los EEUU y las fuerzas que tienden a disputarle la hegemonía. La cuestión clave es el tiempo. Biden (y el grupo oligárquico que él encabeza) buscan anticiparse, ganar ventaja y posición por medio de una estrategia preventiva bajo el principio:  hay que hacerlo ahora, mañana puede ser demasiado tarde. No ocultan sus objetivos, acabar con el sistema de poder dominante en Rusia y en China por medio de instrumentos económicos, tecnológicos, híbridos o de zona gris.

Existe consenso, en cuarto lugar, en que la gran perdedora de este conflicto es Europa. La UE es incapaz de representar los intereses estratégicos de sus Estados y pueblos y sigue siendo –la crisis de Ucrania lo pone de manifiesto- una aliada subalterna de los EEUU. La quinta cuestión tiene que ver con el papel geopolítico de España. Aquí hay muchas preocupaciones. El conflicto entre Marruecos y Argelia se agrava; al tradicional problema migratorio se le añade el del gas en un contexto propiciado por la pretensión de Marruecos de convertirse en potencia regional en estrecha relación con EEUU y Francia. Al fondo, la cuestión saharaui no resuelta. En caso de conflicto con Marruecos, los españoles estaremos solos, de nada nos servirán ni la OTAN ni la UE.

Cuestión más compleja son las relaciones entre China/Rusia siempre mediadas por tensión con los EEUU. Kissinger y Brzezinski advirtieron con mucha fuerza del peligro de una alianza entre Irán, Rusia y China. Sin embargo, toda la política exterior norteamericana –excepto en la etapa de Donald Trump- está dedicada a propiciarla. Hoy que la rusofobia arrecia, hay que insistir en que el futuro de las relaciones internacionales estará marcado por la dirección hacia la que se incline Rusia. Esta se ha decantado clara y nítidamente hacia una alianza estratégica con China. Las dos economías se complementan y sus capacidades militares se multiplican en alianza. China ayudará a superar las sanciones a Rusia como lo harán la India, Pakistán, Indonesia, gran parte de América Latina comenzando por Brasil y Argentina y la mayoría de África con Sudáfrica a la cabeza; sin olvidar a Arabia Saudita que está decidiendo en estos momentos cobrar el petróleo en moneda china. ¿Somos capaces de imaginar el mapa? Es el nuevo mundo que emerge frente al viejo de las grandes potencias coloniales.

Para Europa es una tragedia. Se han cansado de decirlo en estos días, no hay seguridad en Europa sin Rusia. Es verdad. Este país retorna a una alianza explícita euroasiática con el objetivo claro de desafiar una Pax basada en el poder euro/norteamericano. Una vez más es lo viejo que no acaba de morir y lo nuevo que no termina de nacer. En medio, el conflicto por el poder mundial.

"El despertar político global es históricamente antiimperial, políticamente antioccidental y emocionalmente antinorteamericano en dosis crecientes. Este proceso está originando un gran desplazamiento del centro de gravedad mundial, lo que, a su vez, está alterando la distribución global de poder, con implicaciones muy importantes de cara al papel de los EEUU en el mundo" 

 

Esto lo escribió en el 2007 Zbigniew Brzezinski. El viejo halcón polaco-norteamericano sabía de lo que hablaba. No hay marcha atrás.

Marruecos: La OTAN ya está al mando

Fuente: Nortes.me - 21/03/22

Autor: Manolo Monereo

Toca hacerse la vieja pregunta, ¿quién es el verdadero soberano?: los EEUU. Lo demás, literatura.

​Las crisis desvelan la realidad que la normalidad oculta, la verdad de la relación de fuerzas y de los poderes que la organizan. Vivimos en un estado de excepción: supresión de las garantías constitucionales y el dominio de los poderes de hecho.  Se está convirtiendo en el nuevo modo de integración de la Unión Europea.

Primero, a impulso de la Comisión y con el respaldo del Consejo, se toman decisiones sin el respaldo jurídico comunitario. Segundo, el Tribunal de Justicia europeo lo legaliza. 

En esas estamos. De nuevo, la crisis se convierte en un instrumento para tomar medidas sin debate público y, lo que es más importante, sin control democrático. Se cierran medios de comunicación, se toman iniciativas político-militares de calado y se planifican actuaciones económicas siempre bajo iniciativa de la OTAN y por decisión de EEUU. Ni la Unión Europea es soberana ni los estados individualmente considerados, tampoco. La vieja pregunta, ¿quién es el verdadero soberano?: los EEUU. Lo demás, literatura.

La decisión sobre Marruecos hay que verla en este contexto de excepción y crisis. Se ha roto algo más que una tradición y se traiciona una promesa avalada por la mayoría de la población española. Las lágrimas de cocodrilo, las equidistancias y los análisis supuestamente realistas que se niegan a otros escenarios (verbigracia, Ucrania) se convierten ahora en prolijas disquisiciones para ocultar la trascendencia de la decisión tomada. Quiero ser claro: la posición de Pedro Sánchez implica un cambio sustancial de nuestra política exterior y de defensa sobre el Magreb y —es decisivo— sobre el conjunto de África al dictado de la Administración norteamericana y de la OTAN. Lo fundamental es que España asume el nuevo papel de Marruecos como potencia regional y se convierte en un aliado que nunca podrá ser estratégico. Es algo así como, “ya que no puedo vencer a mis enemigos, me alío con ellos”. Es una paradoja de la realidad. Ceuta y Melilla, que no tenían la cobertura de la OTAN, ahora tampoco, pero pasan de ser “defensas adelantadas” a ciudades incrustadas en el marco geográfico marroquí con funciones políticomilitares de aliados de la nueva potencia emergente. Ganamos, por ahora, tranquilidad a cambio de perder peso geopolítico y renunciar a jugar un papel significativo en un marco internacional que cambia aceleradamente.

“Ganamos, por ahora, tranquilidad a cambio de perder peso geopolítico”

¿Qué gana España? Ser partícipe secundario de futuros negocios energéticos, el eterno agradecimiento de EEUU y Gran Bretaña y que Marruecos frene con más ahínco y fuerza a los emigrantes subsaharianos. Esta es la verdadera política migratoria de la UE. El papel de España como centro gasístico clave en la configuración de una nueva matriz energética europea está por definirse. Hay una cuestión compleja sobre la cual sabemos poco. Se trata de las conocidas relaciones de Argelia con el PSOE. Lo menos que se puede decir es que en un tiempo eran íntimas y con altísimos niveles de complicidad. No me refiero solo a la vieja cuestión de ETA sino a múltiples iniciativas comunes basadas siempre en el apoyo energético de este gran país. Lo más grave de la decisión de Sánchez es que se toma en un momento de conflicto muy duro entre Marruecos y Argelia. La palabra traición no es exagerada y tendrá consecuencias. Es de suponer que se tiene calculado que los argelinos nos seguirán mandando gas y que este no faltará a corto y medio plazo. Lo contrario sería gravísimo. El escenario de un corte de gas por Rusia y por Argelia —por cierto, viejos aliados— tendría consecuencias devastadoras para la economía europea. No entro en el escenario político-militar y en el papel del Polisario en toda esta historia. Lo que sí sé es que el mapa del conflicto ha cambiado sustancialmente por la decisión del gobierno de España.

Vengo insistiendo desde hace años en que el conflicto entre EEUU y China va a cambiar todo y que la guerra de Ucrania es el inicio de su dimensión político-militar. En su momento anuncié que EEUU estaba organizando dos escenarios de decisión geopolítica interconectados entre sí que tenían sus líneas de frente en el Mar Meridional de China y Ucrania; señalé, también, la posibilidad de apertura de un tercer frente en África y concretamente en el Sahel. Mi hipótesis es que las fuerzas europeas serán expulsadas de la zona y que la influencia china/rusa será cada vez más determinante. Hay que analizar país por país, pero creo que esta es la tendencia. En este marco, el papel de Marruecos como aliado estratégico se revalúa y se planifica su configuración como una potencia regional capaz de controlar el Magreb y como plataforma militar para actuar decisivamente en un continente que vive cambios fundamentales. La relación íntima del reino alauita con Israel señala una dimensión clave también en la convulsa política mediterránea.

                                      Concentración en Xixón por la independencia del Sahara. Foto: Luis Sevilla

Ceuta y Melilla pierden centralidad. Se garantiza su futuro a medio plazo y se deja que sea el tiempo quien clarifique su situación. Si algo demuestra Marruecos es capacidad táctica al servicio de una diplomacia que tiene tomada las medidas a la clase política española. Cosa distinta es el archipiélago canario. A mi juicio, su papel militar va a ser reforzado y no sería extraño que cumpliese tareas nuevas en un escenario africano en transformación. Lo más preocupante es que esto se hace con nocturnidad y calculada sorpresa. Se toman decisiones aprovechándose de la crisis y eludiendo la deliberación democrática y el control parlamentario.

Mucho me temo que, como ha ocurrido tantas veces, las guerras sean el preludio de involuciones democráticas. Me llena de emoción que destacados dirigentes de Unidas Podemos hablen de guerras interimperialistas citando a Lenin. Habría que hacerlo al completo. Él hablaba a renglón seguido de que estas anunciaban conflictos sociales y civiles de grandes dimensiones. Desde luego, la guerra no traerá la paz, ni siquiera la social.

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Jean-Luc Melénchon: la fuerza de la república

Fuente: El Comején - Autor: Manolo Monereo

31/03/2022

Si algo caracteriza la propuesta de Mélenchon es la coherencia entre principios, programa y estrategia. En este sentido no engaña y apuesta por decir la verdad. Se podría exponer del siguiente modo: un programa social y democrático avanzado no es compatible con esta Unión Europea. Dicho de otro modo, la UE es el mayor obstáculo para realizar políticas realmente de izquierdas.

Para Oscar Lafontaine, dignidad en tiempos de vileza

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Mélenchon y Lafontaine entraron en nuestro mundo como parte de aquella socialdemocracia que no quería dejar de serlo y que hacía de la coherencia, fuerza y programa. Eran tiempos de optimismo: foros sociales, movilizaciones de amplio espectro e izquierdas que crecían en Francia, Italia, Grecia, Alemania, Portugal… 

El Partido de Izquierda europeo como expresión de un sujeto político que quería construirse con vocación de mayoría, desde un programa claro y nítido de izquierdas. “Otra Europa es posible” resumía y sintetizaba una voluntad, una apuesta diferenciada formulada en positivo. Todo esto terminó el día que Alexis Tsipras se plegó al chantaje de la Unión Europea y aplicó un durísimo programa de austeridad que, lo sabemos hoy con claridad, solo sirvió para pagar deudas y terminar de hundir a la economía griega.

Los tiempos han cambiado para peor, mucho peor. Lafontaine deja Die Linke después de que este partido aceptara los nuevos presupuestos de guerra, en el marco de un reforzamiento estructural del complejo militar-industrial alemán y de una OTAN que cierra cualquier posibilidad de una apertura al Este. Mélenchon sigue en la pelea, en una lucha desigual por reivindicar una nueva república asentada en un bloque nacional-popular que existe y se moviliza pero que no tiene, hoy por hoy, una definición política autónoma capaz de convertirlo en sujeto de un proyecto alternativo de país. Esta es la cuestión decisiva.

El mapa político-electoral de Francia parecía acotado: tres derechas duras que le disputaban la mayoría a un Macron situado en un centro virtual, simplemente porque no parecía tener un competidor serio a su izquierda. De nuevo, aparece Mélenchon con un discurso potente cargado de propuestas, defendiendo un proceso constituyente hacia una nueva república y colocando en su centro un proyecto alternativo de sociedad, de gobierno y de Estado. La reacción ante la guerra de Ucrania ha sorprendido: rechazo de la intervención militar de Rusia, apuesta clara por la salida de la OTAN y defensa de una política de no alineamiento. Los momentos de crisis, conflictos, guerras son los que miden a las políticas y a los políticos, los que ponen en evidencia la hondura de sus principios, la consistencia de su carácter y su subalternidad o no ante los poderes económicos, mediáticos y político-militares dominantes. Mélenchon, en plena campaña electoral -y contra corriente- ha sido coherente con una política y ha salvado la dignidad de una izquierda en retroceso en todas partes. 

La Francia Insumisa aparece en las encuestas en tercer lugar con una media del 14% de los votos. Macron encabeza con un 28% aproximadamente y con una Marie Le Pen que empieza a distanciarse de Zemmour y se acerca, de nuevo, al 19%. El Partido Socialista prácticamente desaparece, al igual que el Partido Comunista; los Verdes se estancan en torno al 5%. El mapa de las encuestas dice mucho de la realidad política y cultural francesa. El 30% de los que piensan votar lo van a hacer a la extrema derecha y algo más de un 10% al antiguo Partido gaullista. La estrategia de Macron consiste en polarizarse con Marie Le Pen y en la segunda vuelta llevarse los votos de la izquierda como mal menor ante el miedo al triunfo de las derechas populistas. Todo esto cambiaría si en la segunda vuelta quien aparece frente al actual presidente es Mélenchon. Sabemos que esto es muy difícil pero la esperanza está creciendo en un pueblo descreído, resentido con los políticos y con una rabia acumulada por años de engaños y mentiras y, es lo más grave, ante un futuro cada vez más incierto e inseguro. Las gentes siguen buscando protección, firmeza frente a los grandes poderes económico-financieros y defensa de los derechos sociales. Un orden basado en la justicia, la igualdad y la solidaridad.

La batalla de Mélenchon trasciende a Francia. Si algo nos dice la experiencia de países como Italia, es que la izquierda puede desaparecer como fuerza real y que los sistemas políticos de la Unión Europea tienden a crear en cada uno de los Estados –como dice Luciano Canfora- “partidos unificados de régimen” basados en una política económica y social común, en un rígido alineamiento con los Estados Unidos y organizados por la OTAN. La crisis de Ucrania demuestra precisamente esto: hemos pasado del pensamiento único a la política única y a una forma-partido profesional y oligárquica férreamente subordinada a los grandes poderes económicos. En el centro, unos todopoderosos medios de comunicación que promueven un discurso disciplinario que excluye el pensamiento crítico y margina a la disidencia. El liberalismo conservador y autoritario es ya la centralidad.

Hay que subrayar la importancia de su programa. Mélenchon está haciendo una campaña fundada en un conjunto articulado de propuestas muy precisas y con gran contenido transformador. Para el político francés el programa es un contrato que se pacta con la ciudadanía, que orienta el voto y fomenta el compromiso político. Para decirlo de otra forma, se trata de convertir esta durísima precampaña y campaña en la construcción colectiva de una esperanza concreta, viable, posible y, a la vez, impugnadora de un sistema político y económico dominado por el capitalismo financiero y sometido a la lógica de los grandes poderes económicos. Sé positivamente que para los grandes medios, el programa está para no cumplirse y que es un adorno que apenas si cubre unos discursos vacíos, sin concreciones, basados en el insulto como método de diferenciación. Mélenchon se opone radicalmente a esto.

 

El aspecto programático más rompedor de La Francia Insumisa es abrir un proceso constituyente que ponga fin a la “monarquía presidencial” y que conduzca a una VI República de base parlamentaria. La idea de “democratizar la democracia” es fundamental, así como la apelación continua a una ciudadanía activa capaz de autogobernarse al modo republicano.

La segunda idea central es la planificación ecológica y la reorganización territorial del país. Esta parte se concreta mucho. El núcleo de la propuesta consiste en aprovechar la necesaria e inevitable reconversión ecológica de la economía y de la sociedad para diseñar un nuevo modelo productivo asentado en el territorio desde una lógica superadora del beneficio capitalista. La clave es la planificación democrática y descentralizada de la economía al servicio de las necesidades básicas de las personas, respetuosa con el medio natural y sólidamente insertada en unos espacios rurales siempre en peligro de abandono o en decadencia permanente.  

La tercera idea es la defensa de un proteccionismo ecológico y solidario. Se trata de un control democrático del comercio, de las inversiones extranjeras y de la circulación del capital que pueda poner en peligro los fundamentos de un modelo alternativo social y ecológicamente sostenible. La centralidad del programa sigue siendo el mundo del trabajo y los derechos sociales de las clases trabajadoras. A contracorriente, de nuevo, se defiende el pleno empleo, la reducción de la jornada laboral y la estabilidad en el trabajo desde una defensa de las pensiones y de una democracia que llegue a las empresas.

Si algo caracteriza la propuesta de Mélenchon es la coherencia entre principios, programa y estrategia. En este sentido no engaña y apuesta por decir la verdad. Se podría exponer del siguiente modo: un programa social y democrático avanzado no es compatible con esta Unión Europea. Dicho de otro modo, la UE es el mayor obstáculo para realizar políticas realmente de izquierdas. La lógica que se propone es usar a fondo el derecho de veto que tienen los Estados para impedir nuevos avances de las políticas neoliberales y usar sin miedo el poder que da el gobierno para definir políticas autónomas coherentes con el programa, sabiendo que se enfrenta al consenso de Bruselas. Soberanía popular, autonomía productiva y económico-financiera e independencia nacional están íntimamente unidas a una política internacional de no alineamiento, de lucha por la paz y por un nuevo orden planetario más justo y democrático. Tampoco en esto engaña el programa de La Francia Insumisa: todo esto es incompatible con la pertenencia a una organización militar como la OTAN que sirve a los intereses de los EEUU.

 

 

 

 

 

 

Manolo Monereo

Considerado como uno de los analistas políticos más importantes de España. Su obra teórica ha quedado plasmada en títulos como Por un nuevo proyecto de país, De la crisis a la Revolución democrática, Por Europa y contra el sistema Euro o Volver a mirarnos. Colabora habitualmente en medios como Cuarto Poder o El Viejo Topo. Fue miembro del Partido Comunista e Izquierda Unida, formación en la que defendió la aproximación a Podemos. Fue diputado en la XII legislatura del Parlamento español por Unidas Podemos.

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Anguita, Lafontaine, Mélenchon: Lecciones de futuro 

Fuente: Norte.es - 3/abril/2022

Por Manolo Monereo

Nunca tuvieron dudas de que el capitalismo era un mal que había que superar conscientemente.

Para Aniceto Muñoz

Las personas cuentan y los dirigentes también. Anguita, Lafontaine y Mélenchon vivieron en el mismo tiempo y en el espacio común de una Europa en crisis y bifurcación. Venían de tradiciones diferentes, de culturas en conflicto y de fuerzas políticas muchas veces enfrentadas.

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Las transformaciones del capitalismo, las derrotas y la ferocidad del neoliberalismo los unieron. Fueron grandes por eso, porque no se rindieron, porque siguieron luchando contracorriente, pero siempre con voluntad de mayoría y de gobierno. Estuvieron en el filo de las contradicciones, hicieron política, se equivocaron y supieron rectificar. Fueron derrotados en ocasiones, pero nunca bajaron las banderas. No estuvieron solos. Combinaron lealtades profundas con traiciones de alto calibre. Nunca hicieron de la política venganza. Dejan ejemplaridad, coherencia y coraje moral. Mélenchon es el único que queda en la política activa, Oscar ya lo dejó y Julio se nos fue, pero sigue vivo entre nosotros.

​“Fueron grandes porque siguieron luchando contracorriente, pero siempre con voluntad de mayoría”

Estos políticos, a los que se podrían añadir algunos más, aportaron principios ético-jurídicos que es necesario recuperar en un momento en el que la izquierda casi nada es y el mundo vive una transformación radical en sus fundamentos que, dicho sea de paso, ellos entrevieron y se prepararon activamente para estar a la altura de unos desafíos de época. Quiero señalar algunos elementos que nos podrían ayudar mucho en esta etapa:

  1. Pensar a lo grande; es decir, situarse en el momento histórico, definir la fase y hacerla productiva para los movimientos emancipatorios. Conocer el mundo para transformarlo fue un estilo que relacionaba de modo específico teoría y práctica, viejos y nuevos problemas. Analizaron con mucha información lo que significaba la globalización capitalista y se opusieron rotundamente a ella. Defendieron el Estado nacional sabiendo que era el lugar del conflicto de clases, de la democracia de los de abajo, de la soberanía entendida como programa. Lo hicieron compatible y necesario con el internacionalismo, con la solidaridad con las clases trabajadoras en busca de un proyecto común basado en un nuevo orden internacional más justo, democrático e igualitario.

  2. Punto de vista de clase. Nunca tuvieron dudas de que el capitalismo era un mal que había que superar conscientemente. Sabían que actuaban a favor del mundo del trabajo, que era su mundo. Querían convertir a los que nada eran, en protagonistas activos y en clase dirigente para un nuevo proyecto de país. Lo hicieron buscando alianzas con otros sectores sociales y con otros movimientos que reivindicaban el feminismo socialista y un ecologismo político vinculado a las clases trabajadoras. Sabían que en estas sociedades la vía democrática y la lucha por las reformas eran fundamentales. Asumieron la contradicción y la llamaron de muchas formas: “reformismo no reformista”, “reformismo revolucionario” o “reformismo anticapitalista”.

  3. Otra Europa posible. Sabían positivamente que había una dimensión europea en las luchas y en la propuesta. Se dieron cuenta que Maastricht era una señal clara de iniciativa política de las clases dirigentes y un modo específico de construir una Europa neoliberal, subalterna a EEUU y estructuralmente ligada a la OTAN. Se opusieron a esta Unión Europea porque llevaba a la organización de un centro y una periferia, que incrementaría las desigualdades, limitaría la democracia y haría imposible políticas de izquierdas.

  4. Programa, programa, programa. Se ha pretendido (y a veces conseguido) caricaturizarlo, pero el programa era muy importante para esta forma de hacer política. El programa era entendido como la concreción, en un tiempo y en un espacio dado, de valores, propuesta política y estrategia. Se buscaba cabalgar sobre el tigre sin que este te derribara; es decir, formular alternativas que fuesen a la vez posibles y   transformadoras, que generasen dinámicas de conflicto, de acción/reacción que impulsaran hacia adelante el movimiento. Gobernar no era solo una forma de concretar alianzas y de gestionar un programa sino un instrumento para promover la movilización contra los grandes poderes económicos. Gobernar, en este sentido, era construcción de sujetos, fortalecimiento de la unidad popular y organización de un contrapoder social.

  5. La unidad popular como estrategia. Hay siempre una vieja pregunta que ha hecho del debate sobre la organización un elemento esencial del programa de las grandes formaciones de la izquierda europea. La pregunta era ¿cómo adquieren poder los que no lo tienen y viven en condiciones de desigualdad estructural? La respuesta fue unánime: organizándose, generando dispositivos políticos que promovieran comunidad, solidaridad, consciencia y acción común. Sin ese sujeto organizado, sólidamente insertado en los espacios sociales y actuando unitariamente no se podía convertir el conflicto de clase en fuerza social, en fuerza material y en alternativa política. Sabían que la vieja forma-partido estaba en crisis y que las experiencias del pasado tendrían contenidos y concreciones nuevas en sociedades que están mutando sustancialmente y que hacen de la comunicación un instrumento clave de poder y de control social.

                                        Julio Anguita en el programa “Otra Vuelta de Tuerka” de Pablo Iglesias.

Se podrá decir que todo esto es el pasado, que hacer política hoy es jugárselo en el límite de unas posibilidades muy limitadas por la UE y por la OTAN. Es el discurso oficial de la izquierda de gobierno. A mi juicio, este realismo de andar por casa lleva inevitablemente a la derrota y que lo que queda de la izquierda europea desaparezca en poco tiempo. Esto está ya muy avanzado y no da mucho más de sí. En momentos en los que el mundo cambia de base, retorna el conflicto geopolítico y la guerra, los valores, propuestas y proyectos de la izquierda deben de ser revaluados y definidos de forma nueva, no abandonados. La tarea de una izquierda que no asume su derrota es hoy la de siempre: hacer posible lo que parece imposible, no renunciar a los valores y a la cultura socialista, defender la soberanía popular y una democracia que sitúa en su centro la emancipación social, la igualdad sustancial y unas relaciones armoniosas con un medio del que somos parte.

                                       Oskar Lafontaine, cofundador de Die Linke. Foto: Die Linke.

La tarea la expresó muy bien en otro contexto Max Weber: “La política consiste en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura. Es completamente cierto y así lo prueba la Historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez. Pero para ser capaz de esto no solo hay que ser un caudillo, sino también un héroe en el sentido más sencillo de la palabra”.

Las personas cuentan y los dirigentes también.

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Mélenchon: La lucha por la autonomía

El líder de la Francia Insumisa ha tomado una iniciativa valiente: convertir las legislativas en una tercera vuelta, unir a toda la izquierda y conseguir ser primer ministro de la República.

Por Manolo Monereo25 abril 2022

El candidato de la Francia Insumisa dio la sorpresa y a punto estuvo de pasar a la segunda vuelta. Todo habría sido distinto. En la primera se configuraron tres grandes espacios: el liberal de Macron, el populista de derechas de Marine Le Pen y el nacional-popular republicano de Jean Luc Mélenchon. Nada más terminar las elecciones, éste dejó las cosas meridianamente claras: ningún voto para madame Le Pen. 

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Más adelante tomó una iniciativa valiente, convertir las próximas elecciones parlamentarias de junio en una tercera vuelta con dos objetivos claros: organizar desde abajo el nuevo espacio político y conseguir que Mélenchon sea el primer ministro de la República.

 

Audacia e imaginación parecen ser las características que la izquierda necesita en Francia para salir de una situación en la que siempre hay que elegir entre lo malo y lo peor. No es fácil, pero merece la pena seguir con detenimiento la experiencia. Si la política es –entre otras cosas- el arte de diferenciarse, el concepto clave es autonomía. Construir un proyecto propio, definir una propuesta con característica específicas, ha sido siempre la cualidad de una izquierda que, por serlo, busca construir un espacio singular a la socialdemocracia. En la Izquierda Unida de Anguita a esto se le llamó alternativa; es decir, una fuerza que busca algo más que una simple alternancia en el marco de un modelo bipartidista férreamente controlado por los grandes grupos de poder económico y mediático. Se hablaba de una izquierda alternativa a las políticas neoliberales y a los modos de ejercerla desde una perspectiva que valorizaba la participación, el trabajo colectivo y el programa.

Hay que ir un poco más lejos. La lucha por la autonomía ha sido una de las señas de identidad (si no la principal) de un movimiento obrero organizado que quería ser el sujeto de la transformación social en una perspectiva anticapitalista y con voluntad socialista. Sujeto autónomo frente a la ideología dominante y sus aparatos de hegemonía; sujeto autónomo capaz de definir un proyecto alternativo de sociedad y modo de vida encarnado en las clases populares y teniendo al mundo del trabajo como referente. La lucha por la autonomía no era un acto inaugural y realizado de una vez por todas, sino un esfuerzo permanente. Estas formaciones sociales descansan siempre sobre una desigualdad estructural de poder en la que los dispositivos de control social y de integración política están al servicio los poderes dominantes. Esto explica que, para la izquierda trasformadora y socialista, el debate político-cultural y la formación de cuadros era un elemento fundamental del partido obrero. Los poderes dominantes buscarán siempre mellar la consciencia de clase de los trabajadores, diluir el proyecto socialista y convertir a la fuerza política alternativa en un grupo subalterno más, gestor leal de los intereses comunes de la oligarquía financiara-empresarial dominante y a su servicio.

Este debate no es nada abstracto, máxime cuando la izquierda política y social está desapareciendo en una Europa neoliberal cada vez más dependiente de EEUU y, en estos momentos, en guerra. Cuando Podemos decidió gobernar con el Partido Socialista como objetivo estratégico, el debate de la autonomía del proyecto desapareció. Es más, se tendió a ver como un problema meramente ideológico de una fuerza que le tenía miedo al ejercicio del poder del gobierno, de mojarse para resolver los problemas de la gente. Los que nos opusimos a aquella estrategia intentábamos salir de un debate entre distintos tipos de voluntarismo y buscar unas bases objetivas a partir de las cuales poder deliberar constructivamente. Gobernar o no gobernar nunca fue el problema sino sobre qué bases, sobre qué propuestas, sobre qué correlación real de fuerzas.

“LA PERMANENCIA DE UP EN EL GOBIERNO HA SIGNIFICADO LA NEUTRALIZACIÓN DE LA IZQUIERDA ALTERNATIVA”

¿Qué era Unidas Podemos? Lo que sigue siendo hoy multiplicado y agravado: una coalición parlamentaria electoralmente venida a menos, con una pérdida alarmante de contenido social, poco o nada insertada en los territorios, progresivamente convertida en una forma-partido articulada por los cargos públicos y financiada por los presupuestos generales del Estado. Con una organización así estructurada, con una dirección personalizada y sin un proyecto claro y preciso asumido por la militancia, la cuestión del gobierno se tendría que haber plateado desde parámetros más realistas y teniendo en cuenta lo que éramos como movimiento. Gobernar en clara minoría con tu principal adversario electoral significaba la continuidad del conflicto por la hegemonía en la izquierda en un nuevo contexto mucho más exigente, políticamente más conflictual y con mayor contenido político-cultural. Las experiencias de este tipo de gobiernos para las fuerzas alternativas ha sido siempre el mismo: agotarse en el esfuerzo de oponerse a un partido social liberal arrogante y dominador y, a la vez, diferenciarse para no perder identidad política y base social y electoral.

No es este el momento para hablar de programa, de gestión del gobierno y de las políticas de un PSOE que se ha convertido en una de las fuerzas más atlantistas de lo que va quedando de la socialdemocracia. Tampoco es el momento de hablar de lo que ha significado para UP el ejercicio de un gobierno férreamente controlado por Pedro Sánchez y la ministra Calviño. El problema es otro y ahora mucho más radical que antes. Me refiero a la autonomía política en un sentido fuerte. Lo diré de forma directa: en los últimos tiempos se está produciendo un proceso de subalternización político-programática y de disolución organizativa de UP que solo se puede calificar de dramático. Baste pensar lo que hubiese hecho y dicho UP si no estuviera en el gobierno sobre temas como la participación de España en la guerra de Ucrania, el acuerdo de Pedro Sánchez con Marruecos, sobre el resultado de las políticas sociales que se han implementado o la entrega a los grandes fondos de inversión de las viviendas en poder del Estado. La permanencia de UP en el gobierno ha significado la neutralización de la izquierda alternativa y dejarle la oposición al PP y a Vox.

En estos días Mélenchon ha contado una anécdota que tiene mucho que ver con lo que estoy comentando. Decía que, en una conversación con un político español amigo, éste le comentaba que España estaba cansada de elecciones, de inestabilidad y que los problemas se acumulaban. El candidato de la Francia Insumisa le dijo que el problema real es que era él que estaba cansado, no el pueblo español. No sé quién era ese político. Tirar la toalla apenas iniciado el camino demostraba pocas convicciones, escasa capacidad política y, bueno es subrayarlo, de sacrificio. Para UP gobernar fue para un atajo, una fuga hacia adelante que pretendía eludir el debate real que no era otro que la desmovilización política y sus causas, las enormes carencias organizativas y la extrema debilidad del ideario y del proyecto.

La escasa atención que la dirección oficial de UP ha mostrado por la experiencia Mélenchon dice mucho sobre los dilemas del presente y los dramáticos desafíos de nuestra izquierda de gobierno, como le gusta definirse. Por lo pronto, el debate sobre autonomía y políticas de alianzas se ha resuelto antes de iniciarse, simplemente no planteándolo. Se ha decidido que la mejor forma de presentarse a las próximas elecciones era hacerlo como parte del gobierno de Pedro Sánchez, ganar con él y reivindicar las políticas realizadas por las ministras de UP. Las dificultades políticas y organizativas se resuelven haciendo del vicio virtud; es decir, visibilizar una forma-partido en torna a una líder indiscutida e indiscutible que pone condiciones a los partidos existentes y que amenaza periódicamente con irse o prescindir de ellos. El programa es sustituido por una plataforma político-sindical para ser negociada con Pedro Sánchez y la identidad, mera declaración de principios abstractos desligados de una estrategia precisa de alianzas sociales y de sus correspondientes concreciones programáticas.

El proyecto que se defiende empieza a estar claro: convertirse en una izquierda complementaria del PSOE, apoyada en los sindicatos existentes y cuya función histórica sería hacer girar más a la izquierda a un partido socialista demasiado controlado por los grandes poderes económicos y excesivamente tributario de unos medios de comunicación cada vez más prepotentes e intervencionistas. La condición previa para esta operación política es ser una izquierda compatible con las reglas básicas definidas por los que mandan, a saber, no cuestionar la Europa del euro, su modelo social y su única política económica; aceptar la hegemonía de los EEUU y de sus directrices fundamentales; asumir el predominio creciente de la OTAN en el interno político-militar y en la definición de las alianzas internacionales y, lo decisivo, no poner en cuestión el poder de una oligarquía que sale victoriosa, una vez más, de una  crisis de régimen y que inicia una  nueva restauración.  

Macron ha ganado de nuevo. Su victoria puede ser pírrica. Marine Le Pen ha avanzado, pero muestra su incapacidad para liderar una Francia que aspira a un nuevo proyecto de país y de nación. Lo nuevo, lo realmente significativo desde el punto de vista político es el proyecto Mélenchon. Ahora se trata de construir y definir un espacio nacional-popular con vocación de mayoría y de gobierno; es decir, organizar una oposición para la alternativa que se base en una alianza con las capas medias y, sobre todo, con los cuadros sociales y económicos. En definitiva, plantar cara a los grandes poderes y a los populismos de derechas y no renunciar a los valores de la república: igualdad, autogobierno y emancipación social.