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MANOLO MONEREO

Es abogado, politólogo y político español. Ha sido militante del PCE e IU y diputado de Unidas Podemos. Su último libro es "Oligarquía o democracia. España, nuestro futuro" (El Viejo Topo).

Ucrania es solo el inicio: El objetivo es China

Fuente: Nortes.me - Autor: Manolo Monereo - 05/03/2022

No basta decir no a la guerra: la izquierda debe proponer un plan de seguridad, paz y defensa para Europa como lo está haciendo en Francia Jean-Luc Mèlenchon.

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Joe Biden en la Casa Blanca. Foto: Twitter Joe Biden.

Para Pedro Baños, maestro y hombre de honor.

“…porque yo creo que ese sería el verdadero modo de ir al Paraíso: aprender el camino del Infierno para evitarlo”

Carta de Nicolás Maquiavelo a Francisco Guicciardini. 17/Mayo/1521

Desde hace más de una década alguno de nosotros veníamos advirtiendo que el mundo estaba cambiando de base y que eso nos acercaba peligrosamente a la guerra. Sabíamos que no venía el Paraíso y que había que hacer todo lo posible para alejarnos del Infierno de la guerra. La palabra catastrofista se repitió muchas veces. La crisis del 2008 ponía fin a una etapa, la de la globalización neoliberal e iniciaba otra en cuyo centro estaba la cuestión del poder en el sistema mundial. No he sido el único y siempre caminé a lomos de gigantes.

La actual guerra en Ucrania hay que interpretarla en este contexto internacional nuevo y distinto. Tres son sus rasgos básicos. El primero, la crisis de hegemonía norteamericana en el mundo, su incapacidad para gobernarlo y sus derrotas militares permanentes. Es una crisis a la vez interna y externa. No es casual que sea la administración demócrata la más agresiva e intervencionista frente al conservadurismo de Donald Trump. El segundo, la razón última de este momento histórico es la emergencia de nuevas potencias que objetiva y subjetivamente impugnan la Pax americana y sus instituciones internacionales. China es muy diferente a lo que fue la URSS porque cuestiona su primacía económica, sus fundamentos de control tecnológico y compite con éxito en las relaciones comerciales internacionales. Rusia se ha reconstruido mejorando sus capacidades económicas, reestructurando eficazmente su complejo militar e industrial y consolidando un núcleo dirigente más homogéneo. La nueva etapa es mucho más que todo eso, es un Oriente el que se despliega con la India, con Indonesia, con Pakistán. El tercer rasgo es que donde EEUU siguen manteniendo su supremacía es en el poder militar y técnico militar. Dicho de otro modo, el peligro en el que nos adentrábamos en esta etapa de transición es que EEUU usara este poder para reequilibrar unas relaciones internacionales que les eran desfavorables.

Lo central, lo decisivo era entender que se iniciaba una gran transición geopolítica desde un mundo unipolar organizado a imagen y semejanza de EEUU a otro multipolar representativo del cambio de correlación de fuerzas económicas, tecnológicas, demográficas y, en último término, militares. La pregunta es si EEUU negociaría esta transición o se opondría radicalmente a ella. La Trampa de Tucídides tiene que ver con esto, con la posibilidad de que en algún momento esta pudiera implicar el recurso a la guerra o a conflictos militares más o menos generalizados. Todos los actores se han ido preparando para esta fase, para el enfrentamiento modelando a las opiniones públicas, incrementando sustancialmente los presupuestos militares, renovando las tecnologías y las armas de guerra y, más allá, desarrollando una confrontación económica y comercial de grandes dimensiones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                      Maniobras militares del ejercito ucraniano previas al inicio del conflicto. Foto: El Salto.

 

Siempre supe que Hillary Clinton era una intervencionista militar decidida y que Donald Trump, más allá de sus declaraciones altisonantes y su evidente falta de pericia, significaba un repliegue y una salida de los conflictos que empantanaban a EEUU. Es más, se propuso redefinir el tablero político internacional aproximándose a Rusia e intentando aislar a China. La reacción contra él fue brutal. Una gran parte del establecimiento norteamericano y, sobre todo, la UE se opusieron con firmeza. Biden fue la señal de esa reacción. Desde el primer momento enseñó las cartas, definió con mucha precisión los enemigos y organizó dos teatros de operaciones o de decisión geopolítica con su correspondiente estrategia de alianzas, con su estructura militar de intervención y con sus dispositivos comunicacionales. Ambas áreas de decisión están interconectadas por medio de los EEUU. El primer escenario tiene que ver con el Mar de China Meridional, con Taiwan como fractura político militar. El segundo está centrado en Europa, con Ucrania como línea de frente.

Llevar la guerra a Europa, organizarse en torno a ella fue saludado gozosamente por las clases dirigentes europeas bajo la consigna “EEUU vuelve”. Es importante tener en cuenta que el control real del conflicto ucraniano fue siempre de EEUU y los aliados europeos aparecían solo como componentes de la OTAN. Nunca hubo una definición europea de la crisis, nunca hubo una evaluación de los peligros que comportaba y de sus enormes costes. Dicho de otro modo, los intereses europeos siempre estuvieron subordinados a los objetivos geopolíticos de EEUU donde el teatro de operaciones europeo era el secundario y preparatorio para el enfrentamiento con China.

 

“Los intereses europeos siempre estuvieron subordinados a los objetivos geopolíticos de EEUU donde el teatro de operaciones europeo era el secundario”

La guerra ya llegó y la niebla del conflicto no deja ver bien ni el proceso, ni las consecuencias. Lo más sorprendente, a mi juicio, es que EEUU siempre ha ido por delante marcando los ritmos y anticipándose a los movimientos de Rusia. En paralelo se ha ido creando un clima contrario a una intervención que se consideraba inminente; todo esto pregonado a los cuatro vientos en la sociedad de la comunicación y las redes. Nunca se conoce toda la información, pero sorprende y mucho la intervención militar rusa y su violación del Derecho Internacional. La guerra está en el territorio que EEUU quiso desde el primer momento.

Hay que insistir en que esta guerra era evitable. Hubiese bastado con el cumplimiento de los Acuerdos de Minsk. Tanto el actual gobierno de Ucrania como el de EEUU estaban en contra. Se trabajó activamente por radicalizar las posiciones y cuando apareció la UE lo hizo para amenazar al gobierno ruso. Lo que viene ahora es la guerra con sufrimiento y muerte. La intervención militar era la peor de las salidas y para nada ayuda a modificar la correlación de fuerzas, subordina más todavía a la UE y fortalece a la OTAN. El ejército ucraniano ha sido preparado política, ideológica y militarmente en estos años. Si bien es cierto que la superioridad técnico militar de Rusia es muy grande, el tipo de estrategia a seguir implica amplios costes humanos, tecnológicos y comunicacionales. Rusia podía, como han hecho los EEUU en sus guerras, machacar las defensas ucranianas rápidamente pero políticamente no está dispuesto a hacerlo. No puede hacerlo. Esta contradicción ya se ve en el campo de batalla porque implica bajas, guerra de posiciones y tiempo, mucho tiempo.

Biden ha dicho que la alternativa a las sanciones son la III guerra mundial. Lleva razón, pero olvidó decir que había antes y después otra más clara: sentarse a negociar en serio. Siempre hay posibilidades de negociar si se quiere. La escalada es cada vez más fuerte. Se juega a una guerra larga con grandes costes humanos y económicos para Rusia. Los ucranianos pagaran los costes humanos, económicos y psíquicos de una guerra evitable. La guerra es el mal mayor y se justifica pocas veces.

 

Las paradojas se suceden. Rusia sigue suministrando gas a través de Ucrania y el banco que las cobra no ha sido desconectado del sistema financiero organizado por los EEUU. Estos se pueden estar equivocando y acelerando la etapa final de la globalización capitalista. La gran victoria de Biden ha sido empujar aún más a Rusia hacia China, difuminando su autonomía estratégica. Es la peor de las noticias para Europa, las posibilidades de organizar un sistema común de garantías y de seguridad se alejan y el control de la OTAN será mucho mayor. Las sanciones significarán una crisis económica seria y tendrán consecuencias duras para Rusia, pero también para Europa. Parece inevitable la creación de un polo económico potente en torno a China -al que se incorporarán Rusia, Irán y los países del Asia Central- y la ruptura del mercado mundial empezando por el financiero. ¿La economía del dólar en cuestión? Veremos.

No basta decir no a la guerra. La izquierda europea, si quiere reivindicarse como sujeto autónomo político debe proponer un plan de seguridad, paz y defensa para Europa como lo está haciendo Jean-Luc Mèlenchon. Lo primero es parar la guerra ya. Eso significa situar los acuerdos de Minsk y su cumplimiento en el centro. Lo segundo es un tratado de paz y cooperación con Rusia que reconozca la soberanía de Ucrania, su neutralidad y un programa de recuperación económica y social. Lo tercero, la desnuclearización y desmilitarización de Europa. Cuarto, la salida de la OTAN y la organización de una defensa autónoma y comprometida con la seguridad colectiva.

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El otro relato olvidado de una transición ejemplar.

Al principio fue una aspiración colectiva: ser como ellos, poner fin a una historia de guerras civiles, de golpes de Estado y de una dictadura eterna. España era el problema y Europa la solución. Fue la consigna, se malinterpretó a Ortega, pero no importaba. Sutilmente, el acento se puso en Europa: ella nos salvaría. Nuestro europeísmo fue una huida de España y de sus problemas.

 

La nueva generación política que llegó al gobierno con Felipe González fue más lejos: España no era capaz de autogobernarse, tendría que hacerlo un Mercado Común que pretendía ir hacia una mayor y superior integración europea.

Ni el ingreso en el Mercado Común ni la integración en la OTAN eran elementos de una política exterior a la altura de los tiempos. Era algo más profundo, más sustancial. Puesto que no éramos capaces de autogobernarnos; puesto que, de una u otra forma, llevamos siglos intervenidos por las grandes potencias, era necesario un anclaje en estructuras de poder externas que consolidaran el poder de las clases económicamente dominantes en España y que impidieran, de una u otra forma, que la correlación real de fuerzas fuese cuestionada. Las bases norteamericanas no bastaban, había que alinearse claramente con una potencia hegemónica que estaba derrotando al “imperio del mal”. La OTAN era la definición precisa de donde y con quién estábamos. Lo del Mercado Común era algo más complejo; les pasaba igual a todas las economías del sur de Europa: problemáticas económicamente, ingobernables socialmente y con aspiraciones políticas demasiado avanzadas.

El Tratado de Maastricht fue la salvación: perder soberanía a cambio de ganar estabilidad macroeconómica para disciplinar a un movimiento obrero demasiado fuerte; subordinar a unas izquierdas que no habían interiorizado que el muro cayó y que el tiempo del reformismo terminó. Fue la “gran audacia” del PSOE de González: gobernar la globalización neoliberal e impulsarla sin reservas en estrecha alianza con los grandes poderes. Con un poco de suerte y algo de habilidad se podría conseguir que los trabajadores alemanes terminaran financiando nuestro incipiente y débil Estado de Bienestar.

 

España, por fin, dejaba de ser un problema. Su futuro ya no dependía de ella. Estaba sólidamente determinada por una alianza política armada y por una integración europea que empezaba a dirigir de facto nuestra política económica. El futuro de España era dejar de ser un Estado y convertirse en una “comunidad autónoma” de una forma-dominio político esencialmente no democrática y bajo el control de unas élites que conseguían institucionalizar las reglas jurídico-económicas neoliberales. Eso sí -paradoja de las paradojas- bajo la hegemonía del poderoso Estado alemán.

 

La otra parte del relato se empezó a escribir desde aquí. La vieja cuestión nacional-territorial que siempre estuvo ahí, volvió a emerger. Las burguesías nacionalistas vasca y catalana -Galicia siempre fue otra cosa- acompañaron entusiásticamente el diseño de unas políticas que, de una u otra forma, garantizaban la economía capitalista, la democracia liberal y, sobre todo, la integración supranacional militar, económica y política. La idea era simple pero clara: puesto que el Estado español era una entidad a desaparecer en el marco de una Europa federal, había que apostar decididamente por su desmantelamiento y por una Cataluña y una Euskadi, primero regiones y luego Estados. Más Europa significaba menos España soberana e –inevitablemente- menos España democrática. El demos decidía muy poco en la política real y la democracia se cuarteaba entre la impotencia y la dictadura de una oligarquía omnipresente. El 15M fue la consecuencia, en gran parte fallida, de todo esto.

 

La operación era, al menos, curiosa. Se negaba el concepto de soberanía como antigualla en un mundo felizmente globalizado. A la vez, se reafirmaba la soberanía originaria de Euskadi y Cataluña y, finalmente, se apostaba por una Europa estatalmente organizada. Por decirlo de otro modo, se reconocía como hecho positivo que España era una democracia limitada; se aceptaba que la UE era el futuro y, coherentemente, se apostaba por su desmantelamiento. Lo que decían realmente los nacionalistas vascos y catalanes es que preferían ser regiones de la UE que comunidades autónomas de un Estado español condenado a la extinción. El paso al independentismo fue su consecuencia lógica. Algunos creyeron que se podía romper el Estado español sin que nada pasase y con el apoyo de una Unión Europea todopoderosa. Los resultados están a la vista: ruptura de la comunidad política catalana, emergencia de un nacionalismo español de masas y giro a la derecha en los aparatos del Estado en un proceso de automatización todavía no desvelado del todo, pero que se deja sentir cada vez con más fuerza.

Hablar de izquierda en serio: veracidad y radicalidad

De nuevo se habla de (re) fundar la izquierda. De abrir un debate de masas sobre su futuro, de escuchar mucho e iniciar una conversación sincera entre política y ciudadanía, entre política y clases trabajadoras en un mundo que cambia y no sabemos muy bien hacia dónde. Yo quisiera contribuir a este dialogo desde la realidad, intentando que esta no sea ocultada en los frondosos bosques de la retórica y, mucho menos, negada en el cotidiano quehacer del gobierno. Por eso he querido comenzar por este “otro relato” conocido y casi siempre eludido: España es una democracia limitada, parte del dispositivo político-militar norteamericano en Europa, que no decide, desde hace años, sobre su política de seguridad y defensa; parte de la Unión Europea, que no decide, desde hace años, sobre su política monetaria, económica y fiscal. La que ya no tiene “derecho a decidir” es España. El otro lado de la contradicción es la crisis del Estado español; es decir, su cuestionamiento sustancial por dos movimientos nacionalistas que hacen del independentismo identidad y programa, en un proceso ampliado de desintegración y desarticulación espacial puesto en evidencia por las demandas de eso que se ha dado en llamar oblicuamente la “España vaciada”.

 

Quizás la primera cosa que habría que reivindicar es una visión crítica del pasado reciente. Venimos de una refundación y vamos hacia otra en apenas cinco años. ¿Qué se hizo mal?; ¿qué se hizo bien?; ¿dónde poner los acentos y qué instrumentos reivindicar? Además, se está gobernado: ¿algún balance?; ¿cambió la Unión Europea de paradigma? Los fondos europeos, ¿se orientan a transformar realmente el modelo productivo? ¿Este gobierno está reforzando efectivamente el Estado social, democratizando la economía, asegurando el futuro de las pensiones y poniendo freno al poder omnímodo empresarial en la relaciones colectivas e individuales del trabajo?

 

Las personas cuentan. Pablo Iglesias combinaba radicalidad verbal al servicio de un reformismo a ras del suelo. La agresividad cobarde de las derechas; unos medios de comunicación controlados por los poderes económicos, construyeron una figura-símbolo que concitaba grandes rechazos y significativos consensos. Decidió que había que aliarse con el PSOE de Pedro Sánchez para poder gobernar; es decir, con su principal rival electoral y, él lo sabía muy bien, con el auténtico partido del Régimen. La clave, según él, era dejar atrás a una izquierda que teme gobernar, que no está en disposición de asumir riesgos y mancharse las manos con la política de cada día; una izquierda que prefiere la comodidad de la oposición al duro quehacer para mejorar la vida de las gentes. Se aceptó como inevitable la pérdida de más de millón y medio de votos y la reducción a la mitad del grupo parlamentario. Menos fuerza social y electoral, pero más poder; las cuentas salían o lo parecía. Gobernar desde el BOE y gestionar con pericia las relaciones con los medios, esa era la política ganadora.

 

Había que ser realista. Negociar un programa de gobierno de verdad no era posible dadas las diferencias (reales o imaginarias) entre el PSOE y UP. La dirección de la coalición lo que hizo fue presentar una plataforma social y económica acompañada con sus mecanismos de financiación, centrando sobre ella la negociación. Los llamados “temas de Estado” nunca estuvieron en la agenda, solo declaraciones generales. Se dejaron en manos del PSOE la definición y la gestión exclusiva de todo lo referente a la política exterior, defensa y seguridad en momentos donde los cambios geopolíticos se aceleraban y, hay que subrayarlo, la crisis político-militar entre los EEUU y China se hacía presente con toda su importancia. Se aceptó que Pedro Sánchez se responsabilizara de todo lo referente a una Unión Europea obligada a diseñar nuevas políticas y se fue asumiendo la idea de que esta estaba cambiando de paradigma. Los fondos europeos eran la señal inequívoca de las nuevas orientaciones que, se decía, ponían fin a las etapas de austeridad.

 

Lo más sorprendente fue que nada se propusiese realmente para intentar resolver los variados problemas de la llamada “crisis territorial” más allá de las conocidas apelaciones al diálogo, a las buenas formas y a los consensos democráticos básicos. Cuestiones decisivas como democratización sustancial de la justicia, la reforma en profundidad de las administraciones públicas o de la urgente necesidad de organizar y diseñar nuevas estructuras para la gestión estatal de las políticas sociales, fueron dejadas prudentemente a un lado. La transición energética y ecológica, tema central, se asumió al modo PSOE; es decir, respetando el control del sector que tienen los grandes oligopolios. Se podía continuar. O se aceptaba este tipo de acuerdo o no habría gobierno de coalición posible. De camino, se clausuraban debates esenciales y se eludían otros: OTAN, bases militares, la Unión Europea del euro y el alineamiento férreo con los EEUU en su lucha existencial para mantener su orden y poder contra una China cada vez más fuerte, en alianza con Rusia, devenida, una vez más, en el “Imperio del mal”.

 

La salida de Pablo Iglesias del gobierno y, por ahora, de la política hubiese sido un buen momento para hacer un balance de los resultados de la coalición PSOE-UP. No se hizo así y lo que es peor, nombró a una “heredera” que, como era natural, hizo todo lo posible por separarse de quien le designó. ¿Qué tenemos? Un gobierno de coalición que no es capaz de dar un mensaje en positivo de cambio, una oposición hegemonizada por el discurso de la extrema derecha y un bloque que hizo posible el gobierno de Pedro Sánchez compuesto por nacionalistas e independentistas catalanes, vascos y gallegos que no acaban de sintonizar con las políticas que se promueven. En pocos días habrá elecciones en Castilla y León y parece que en primavera llegarán las andaluzas. Todo esto en un contexto presidido por la pandemia y una recuperación que arranca con menos fuerza de lo esperado y con una inflación que amenaza el crecimiento económico futuro.

La esperanza se ha ido depositando en Yolanda Díaz. Por ahora los medios la tratan bien. Su estilo reposado, dialogante y educado sintoniza con una parte significativa de la ciudadanía. Su gestión está bien valorada y sus políticas han significado, no sin una fuerte discusión, avances en determinados aspectos laborales y en mejoras económicas. Desde fuera se tiene la impresión que hay una complicidad personal fuerte entre ella y Pedro Sánchez que periódicamente tiene que ser renovada ante los conflictos recurrentes en el gobierno. El debate sobre la reforma laboral sigue abierto. Aquí, como en otros temas, los grandes calificativos acaban por oscurecer los avances reales. Más allá de las palabras, ¿se ha conseguido derogar la reforma laboral del PP? A mi juicio, no. ¿Los avances son positivos? Sí. Entre otras cosas porque la reforma laboral del PP estaba relacionada íntimamente con la reforma previa del PSOE. Queda por ver si la “reforma de la (contra)reforma” produce o no el fortalecimiento del poder contractual de las clases trabajadoras que siempre fue la clave de la negociación. De ello depende la mejora de los salarios, el fortalecimiento del sindicalismo y la estabilidad en el empleo. Veremos.

No me equivoco mucho, creo, si afirmo que el proyecto de la vicepresidenta segunda del gobierno tiene un carácter fundacional; es decir, pretende abrir una página nueva más allá de lo que hoy es Unidas Podemos. No habría que dejarse confundir: todo proyecto nuevo, en cierto sentido, es transversal ya que pretende ir más allá de los alineamientos políticos establecidos y crear un mapa electoral sustancialmente diferente al actual. La palabra clave es autonomía: político-programática frente al PSOE y estratégico-organizativa frente a los partidos políticos que componen Unidas Podemos. Esta última cuestión no será fácil. Sin las organizaciones que componen Unidas Podemos no es posible construir algo nuevo; con ellos puede haber dificultades. La clave es gobernar el proceso, crear dispositivos que amplíen las alianzas, que sumen colectivos sociales, personas independientes, cuadros y militantes.

Habría que aprender de errores pasados. La forma dominante actual de hacer política no creo que pueda servir para construir una fuerza alternativa de la izquierda. Lo normal hoy es que una fuerte personalidad política se reúna con un grupo de notables y se relacione con la población a través de los medios de comunicación. Luego viene la construcción de un grupo parlamentario homogéneo y, desde ahí, disputar el gobierno. Esto no ha funcionado ni creo que funcione en el futuro, insisto, para una fuerza que pretende ser alternativa; es decir, comprometida con la defensa de los derechos sociales, la democracia económica, el fortalecimiento del poder de las clases trabajadoras y la defensa intransigente de la soberanía popular.

No se debería confundir a una ciudadanía cansada de engaños y falsas promesas. Una cosa es construir una fuerza alternativa de la izquierda y otra, digamos que diferente, un partido bisagra aliado estratégico del PSOE y con la misión de hacerlo girar a la izquierda. Para esto no haría falta construir algo nuevo; basta con tirar con lo que hay, potenciar la imagen de la vicepresidenta y fomentar relaciones públicas ampliadas y desarrolladas. Para una fuerza alternativa con voluntad de mayoría y de gobierno, la esperanza tiene que ser organizada, convertida en compromiso político, sólidamente enraizada en el territorio, en los lugares donde se trasforma el sentido común y se potencia imaginarios críticos y rebeldes. La condición previa es la POLÍTICA entendida como proyecto de país, con mayúsculas y a lo grande.

Una propuesta nada modesta

Tres conceptos: proceso, consenso y programa en sentido fuerte. Repito lo ya dicho, una fuerza alternativa de la izquierda no se puede construir con las mismas formas y métodos que las de derechas. Hace falta dispositivos políticos que fomenten la (auto) organización, la pertenencia y la identidad. Los viejos partidos de integración de masas tienen que ser reformulados, adaptados a un tipo de sociedad que ha cambiado radicalmente para cumplir un papel imprescindible: crear poderes sociales, movilizar a la población y organizar la participación política.

 

Proceso para ir de menos a más, consenso en torno a los métodos organizativos y programa como construcción de un proyecto de país. Lo primero, definir una dirección política del proceso. No quiero entrar en temas delicados. Hace falta un núcleo político-organizativo que dirija el proceso, que tome decisiones y que promueva la idea de equipo, de colectivo dirigente. Se es grande cuando se cabalga a hombros de gigantes. Lo segundo, preparar a fondo una conferencia que apruebe un manifiesto-político dirigido al país y, lo tercero, ir a una constituyente para una nueva formación política.

Me quiero centrar en el tipo de conferencia política. El objetivo es aprobar un manifiesto que exprese un análisis veraz de las grandes transformaciones en curso y un conjunto de ideas-fuerza que promuevan un imaginario alternativo que dé cuenta de un proyecto de país. Lo normal sería un decálogo claro, preciso, transformador que impulse el debate público, el compromiso político y la organización. Programa, sujeto y organización están muy unidos. El método podría ser en dos fases: una conferencia que aprobara un borrador de manifiesto político; este sería discutido territorial y sectorialmente en un debate público lo más amplio posible que podría durar tres o cuatro meses. En la segunda fase se aprobaría y se convertiría en la base del programa de una nueva fórmula electoral.

 

Este manifiesto político tendría que definirse y decidir sobre algunas cuestiones fundamentales mal resueltas en Unidas Podemos y que fundamentarían una propuesta autónoma formulada en positivo. Estas deberían ser las siguientes:

a) Posición sobre los cambios geopolíticos y caracterización del orden multipolar en gestación.

b) Plantearse con rigor una política de defensa y seguridad que supere a la OTAN y que consolide una política internacional al margen de la dependencia de EEUU.

c) Caracterización de la UE, de su política económica centrada en el euro; su relación con la soberanía popular y el constitucionalismo social.

d) Definición de lo que se entiende aquí y ahora por Estado federal en el marco de una propuesta constituyente. e) La democracia económica como consolidación y ampliación del Estado social, como democratización de los poderes económicos y revitalización el poder de las clases trabajadoras.

Se podría continuar. Esta (in)modesta proposición trata de propiciar el debate y la polémica. No acepta que la conversación con los ciudadanos sea solo a través de los medios de comunicación y eludiendo los debates básicos. Hay que aprender de las derechas y de las derechas extremas. Esperanza Aguirre, la señora Ayuso y el señor Abascal hacen de lo que ellos llaman el debate cultural, el núcleo duro. Cada día hablan más de ideología, proyecto, programa. La respuesta usual de la izquierda es eludir la ideología y centrarse en las medidas concretas; es decir, oponen tecnocracia a la política. Esta estrategia es perdedora, les deja la iniciativa a las derechas, sitúan a la izquierda a la defensiva y se entra en el territorio de la post verdad. La clave es la de siempre: ideas, proyecto que suscite compromiso político y que promueva la organización y la movilización social.

Madrid, 29 de enero de 2022

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Fuente: Lacasamata.es

Publicado 11/02/2022

 

Una cosa es construir una fuerza alternativa de la izquierda y otra, digamos que diferente, un partido bisagra aliado estratégico del PSOE y con la misión de hacerlo girar a la izquierda. Para esto no haría falta construir algo nuevo; basta con tirar con lo que hay, potenciar la imagen de la vicepresidenta y fomentar relaciones públicas ampliadas y desarrolladas. Para una fuerza alternativa con voluntad de mayoría y de gobierno, la esperanza tiene que ser organizada, convertida en compromiso político, sólidamente enraizada en el territorio, en los lugares donde se trasforma el sentido común y se potencia imaginarios críticos y rebeldes. La condición previa es la POLÍTICA entendida como proyecto de país, con mayúsculas y a lo grande.

Autor: Manolo Monereo

Fuente: Diario Público - 24/01/22

La pregunta hay que hacerla: ¿coinciden los intereses de Europa con los de EEUU? Esta es la cuestión decisiva que la Unión Europea no es capaz de hacerse, ni siquiera de plantearse. Para los norteamericanos la protección de su Estado y de su población le exige controlar estratégicamente el mundo. De ahí deviene esta específica habilidad de construir guerras y desarrollar conflictos lejos de sus fronteras. La península que es Europa ha sufrido dos guerras mundiales, conflictos militares recurrentes y siempre pendiente de una Rusia convertida, de una u otra forma, en el imperio del mal. El observador avezado se dará cuenta que distingo entre Europa y la Unión Europea.

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Esto es algo que tampoco se puede hacer. La única forma de construir Europa es la UE y quien la critique o la cuestione es calificado de euroescéptico, nacionalista o simplemente, de extrema derecha. Hay muchas formas de decir Europa y de construirla. La UE es un modo concreto, específico que tiene, al menos, tres características.

La primera, el llamado vínculo atlántico; es decir, esta integración supranacional se hace bajo el paraguas estratégico de los EEUU, organizado militarmente en torno a la OTAN. EEUU siempre ha sido un actor interno en la construcción europea y ha influido decisivamente en su modo de organizarla y definir su futuro. 

Después de la implosión de la URSS y de la desintegración del Pacto de Varsovia intervinieron activamente para ampliar la Unión hacia el este lo más rápidamente posible y, es la clave, hacerlo bajo el patrocinio de la OTAN. Conseguían dos objetivos fundamentales: bloquear la integración política y hacer girar hacia la derecha a los gobiernos de los países que habían estado bajo el control de la Unión Soviética. UE y OTAN desde el principio fueron un mismo proyecto geopolítico.

Una segunda característica tenía que ver con un método específico de integración basado en la "limitación" de la soberanía de los Estados en todo lo referente a la política económica y a su política internacional. Dicho de otro modo, la construcción de la Unión se hacía contra los Estados en un largo proceso cada vez más distante del control de las poblaciones y, en muchas ocasiones, en contra de ellas. Desde el primer momento las instituciones comunitarias convirtieron su ordenamiento jurídico en una "constitución material" que se superponía y prevalecía sobre las constituciones de los Estados singularmente considerados. Como ha destacado con mucha fuerza Wolfgang Streeck, las constituciones sociales derivadas de la II Guerra Mundial están siendo deconstruidas en favor de un ordenamiento claramente neoliberal sin el concurso del poder constituyente del pueblo soberano.

La característica tercera la tenemos delante de nuestros ojos, la nombramos pero no la definimos: las democracias realmente existentes ya no deciden lo fundamental, no tienen el poder de elegir entre grandes opciones públicas; gobierne quien gobierne, están obligadas a moverse, no solo en los límites de su propia constitución sino, y principalmente, de un ordenamiento jurídico -el de la UE- que actúa en la práctica como una constitución que prevalece sobre la legítimamente instituida en los Estados. Resumiendo, nuestras democracias son cada vez menos sociales, están estructuralmente limitadas y en proceso de creciente oligarquización.

Hay que atreverse a explicar las cosas. Estamos ante un cambio de época, ante una ruptura histórica que pone en cuestión una determinada forma de organizar el poder mundial, un modo de ordenar las relaciones internacionales y, sobre todo, una forma de comprender el mundo. Hoy la Unión Europea está obligada a definirse ante un mundo multipolar que emerge y que cuestiona un viejo orden construido por las grandes potencias capitalistas. En el fondo es decidir si se es parte de lo viejo o si se forma parte de lo nuevo y se está dispuesto a gobernar esa transición. La OTAN lo tiene claro: defender el orden unipolar hegemonizado por Estados Unidos; todo lo demás es secundario y, además, se conjura para crear una amplia coalición de Estados contra China, la gran potencia que emerge, y contra Rusia, que se ha convertido en su principal aliado.

El debate sobre la famosa autonomía estratégica de la UE hay que situarlo en este contexto. Pero en esto tampoco deberíamos dejarnos engañar por las apariencias. La preocupación de Borrell no es tanto la actuación unilateral de los EEUU, sino que Biden no lo tenga lo suficientemente en cuenta e incumplan las cláusulas de solidaridad colectiva garantizada por la OTAN. Autonomía estratégica, no para definir con precisión y veracidad los objetivos de una política exterior solvente de la UE, sino para renegociar su condición de aliado subalterno de EEUU y su participación en la toma de decisiones sobre Europa, pero también sobre el Indo-Pacífico. Dicho más claro, el riesgo que temen es quedarse sin el paraguas de la OTAN. El temor de las clases dirigentes europeas es que los EEUU se desentiendan de Europa y que ya no ejerzan su control sobre ella. La UE sigue queriendo ser un protectorado económico militar de los Estados Unidos. No está dispuesta a prescindir de las decenas de bases norteamericanas en su territorio ni de su armamento nuclear desplegado en Europa; por cierto, en proceso de renovación sustancial.

Hay dos áreas de decisión geopolítica en construcción. Una está en el Indo-Pacífico; la otra en Europa. En la primera, que es la principal, los norteamericanos quieren actuar solos con sus aliados tradicionales; es decir, Reino Unido y Australia. A estos se unirán pronto sus dos países que son a su vez protectorados militares, Japón y Corea del Sur. El objetivo, ya se ha dicho, es crear una coalición muy amplia para contener a China, siempre con las incógnitas de India (que tiene fuertes vínculos con Rusia) y de Pakistán (que tiene complejas relaciones con EEUU y con China). El papel de Indonesia será muy importante. EEUU lo ha dejado meridianamente claro: los países europeos, empezando por Francia, estarán fuera de la toma de decisiones de este "gran juego" que acaba de comenzar.

La otra área de decisión es Europa. Aquí el papel decisivo lo va a tener la OTAN. El objetivo: enfrentarse a Rusia y sumarse a la estrategia global contra China que definen los EEUU. El conflicto de Ucrania hay que verlo como el retorno de Europa como territorio de conflicto y guerra entre las grandes potencias. La gravedad del problema es justamente esta, que el conflicto entre EEUU y China se dirime en territorio europeo enfrentando a la OTAN contra Rusia. Por eso las soluciones diplomáticas son extremadamente difíciles y la atmósfera de guerra se hace insoportable. Quien mejor conoce esto es la dirección política del actual gobierno ucraniano que lo aprovecha para rearmarse, formar uno de los mayores ejércitos del mundo y ser, en la práctica, parte de la OTAN.

El dato más sobresaliente en este conflicto es que todos los actores saben que Rusia no invadirá militarmente Ucrania. Las razones son muchas. Ucrania se ha convertido en un Estado fallido con una crisis económico productiva pavorosa y con conflictos étnicos, religiosos y sociales difíciles de gobernar. La pregunta es: si todo el mundo sabe que Rusia no va a invadir, ¿por qué se ha creado este clima de guerra inminente? Por varias razones. La primera es la "batalla por el relato"; se trata de atemorizar a las poblaciones ante un enemigo cruel e implacable para legitimar el incremento sustancial de los gastos militares, la instalación y renovación de nuevos misiles nucleares y la necesidad de un protector externo que nos defienda; es decir, la OTAN. La segunda razón, justificar la urgencia de ampliar la OTAN incorporando, no solo a Ucrania sino también a Georgia y, más allá, al resto de las repúblicas exsoviéticas. La tercera, poner fin a cualquier pretensión presente y, sobre todo futura, de Europa como actor autónomo en las relaciones internacionales, colaborador necesario en la construcción de un nuevo orden multipolar más democrático y plural.

Cuando Pedro Sánchez y Margarita Robles mandan alegremente buques y aviones de combate a la zona en conflicto lo hacen sabiendo que Rusia no va a invadir Ucrania. El problema que tienen estos escenarios con un clima conflictual tan alto, es el riesgo de que algún actor considere que hay que agudizar las contradicciones y provoque una respuesta de Rusia. Biden y Borrell pueden perder el control de la situación y entonces habrá una guerra de verdad; en el centro del espacio europeo y sin saber exactamente cuáles serán los límites. Quien juega con fuego puede terminar quemándose.

La respuesta de Rusia es la propuesta de un tratado de seguridad basado en el desarme y la desnuclearización, en el respeto a la Carta de las Naciones Unidas y a la soberanía de los Estados. Se puede rechazar, se puede descalificar, pero hay una propuesta encima de la mesa que la hace un Estado que tiene la percepción de vivir una crisis existencial en tanto que tal y que lleva 25 años viendo como las fronteras de la OTAN están cada día más cerca de Moscú. Lo más grave es que, como antes dije, este conflicto es parte de un conflicto global de carácter preventivo impulsado por los EEUU y que tiene como verdadero objetivo bloquear, contener y cercar a China. Una vez más, Europa puede poner los muertos de un conflicto en el que nada tiene que ganar y mucho que perder.

La paz no tiene alternativa en Europa. La guerra es el mal absoluto. Lo que debería hacer realmente Europa es tomar iniciativas veraces para una salida diplomática a la crisis que reconozca los intereses comunes que tiene con Rusia; que promueva un gran acuerdo económico, político y militar en el marco del cual se debe resolver el conflicto ucraniano. La Europa de España a los Urales sigue siendo una necesidad. ¿Cuál es el problema? Que esta propuesta se opone a los intereses estratégicos de EEUU. La paz es demasiado importante para que la decidan solo los políticos y los militares.

Cádiz: el futuro del pasado

Fuente: Nortes.me - Publicado el 25/noviembre/2021 - 

El conflicto del metal puede ser la señal de un reencuentro entre el mundo del trabajo y la izquierda política. El gobierno no puede ser neutral. La democracia, la de verdad, se juega en estas cosas

 

 

 

 

 

 

 

                                                     

                                                       

                                                      Foto: Alex Zapico

Nos vamos acostumbrando a la muerte lenta de la clase obrera gaditana. Periódicamente asistimos a huelgas especialmente duras, a escenas de violencia policial y de respuesta a la brava de trabajadores que cada vez tienen menos que perder. Se junta todo: desindustrialización, pérdida de derechos, precariedad generalizada, salarios a la baja y sobreexplotación. El contexto, una Andalucía que está cambiando de clase política y que progresivamente pierde el norte de la industrialización, de la transición energética-productiva y del nuevo paradigma tecnológico-territorial.

                                             Foto: Alex Zapico

Se ha pasado quedamente de aspirar a ser la California de España a competir con solvencia con nuestro vecino Marruecos. El Partido Popular y su aliado Vox negociarán con los que mandan y aceptarán lo que se les dé. La única condición que ponen es que ellos gestionen el poder; mejor dicho, lo que quede de él. Eso sí, a cambio garantizarán el orden y la tranquilidad de las tanquetas; el PSOE enseñó y enseña el camino.

Cádiz siempre ha sido microcosmos. En primer lugar, del tipo de relaciones laborales que predominan en esta etapa posfordista. En su centro, las grandes empresas de construcción naval y aeronáutica (Navantia, Airbus, Dragados…) y en torno a ellas, una tupida red de pequeños y medianos establecimientos auxiliares y subcontratados. Este tipo de procesos productivos se ha construido redistribuyendo sistemáticamente los riesgos económicos y empresariales del capital hacia las clases trabajadoras. Se configuran dos tipos de relaciones laborales, la de las grandes fábricas en las que predomina el empleo estable, presencia sindical significativa y cumplimiento razonable de lo estipulado en los convenios; el otro, el de una pequeña y mediana empresa con un alto nivel de precariedad laboral, represión sindical y, lo que es más importante, sin una legislación laboral protectora; es decir, los convenios vigentes no se aplicaban y el poder empresarial devino en omnímodo.  

Lo característico de esta huelga es que afecta en su mayoría a los trabajadores de pequeñas y medianas empresas que viven en condiciones de extrema debilidad contractual tanto en lo que tiene que ver con los salarios como como con el pago de horas extraordinarias, en los ritmos productivos, la jornada y, sobre todo, la inestabilidad laboral. Así se entiende muy bien las (contra)reformas laborales del PSOE -de la que no se habla hoy- y la del PP. El derecho laboral ya no protege al trabajador y lo encadena a procesos productivos y a formas de gestión de la fuerza de trabajo que lleva a un tipo específico de servidumbre, asalariados dependientes sin derechos. La dureza de la respuesta obrera expresa la rabia de una clase trabajadora que, día a día, ve perder conquistas, condiciones de trabajo y salario. Estamos hablando de poder. Las reformas laborales aprobadas por los distintos gobiernos han tenido siempre como objetivo debilitar el poder contractual de la clase trabajadora y someterla a la lógica de un modelo productivo basado en la precariedad y en los bajos salarios.

La otra gran cuestión tiene que ver con la empresa y el territorio. Más allá de las moderadas reivindicaciones salariales y laborales de los huelguistas en lucha, lo que existe es una reivindicación de un lugar de vida como espacio también de trabajo y como un futuro unido una identidad geográficamente identificada e identificable. Reivindicar la defensa de las industrias existentes y de una reindustrialización territorialmente arraigada tiene que ver con conservar modos de vida, tradiciones, relaciones laborales en un entorno habitable por seres humanos libres e iguales. La traición de las élites a Andalucía -y específicamente a Cádiz- tiene que ver con la sumisa aceptación de una división europea del trabajo que convierte al sur de España en un lugar para turistas, para especuladores inmobiliarios y refugio para capitales financieros opacos. Aquí modo de vida, trabajo y espacio se enlazan en una identidad abierta y portadora de futuro. En su centro, una clase trabajadora que se niega desaparecer sin lucha.

El “partido del trabajo”, más allá de siglas y experimentos organizativos, se construye en estas dramáticas luchas protagonizadas por hombres y mujeres de carne y hueso que producen país con sus sufrimientos de cada día. La política, la de verdad, se organiza aquí. Sin una “Constitución del trabajo” efectiva no habrá democracia; sin derechos laborales y sindicales plenos no será posible un nuevo modelo productivo sostenible y territorialmente enraizado. Así se construye patria, ciudades habitables y seguras. Así se lucha contra una España desarticulada territorialmente, vaciada de tradición, de cultura; de espaldas a la historia vivida de las clases subalternas.

La centralidad de la clase trabajadora se construye social y políticamente. La huelga de Cádiz muestra que los asalariados necesitan la “ayuda” de la política para mejorar las condiciones de vida y de trabajo. La patronal enseña mucho: cuando desde el gobierno se imponen contrarreformas sin consenso, la apoyan decididamente. Cuando se trata de revertirlas, de recuperar derechos perdidos por los trabajadores, exigen consenso; es decir, su derecho a impedirlo. Se habla de que una parte sustancial de las clases trabajadoras votan a las fuerzas populistas de derechas. Es más, las encuestas anuncian que en Andalucía volvería a ganar el PP con el apoyo de Vox.

El conflicto de Cádiz puede ser la señal de un reencuentro entre el mundo del trabajo y la izquierda política. El gobierno no puede ser neutral. La democracia, la de verdad, se juega en estas cosas.

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Mi amigo Juan Valdés Paz en la militancia revolucionaria, el compromiso político y la pasión justiciera

Fuente: Mundo Obrero.es - Publicado el 30/octubre/2021

Para Daysi
Nunca pensé que acabaría haciendo un obituario de mi viejo amigo y maestro Juan Valdés Paz. Murió en su ciudad mítica, La Habana, el 26 de octubre de este año horrible por causa del Covid 19. Algunos lo conocisteis directamente, otros lo habéis leído en una u otra etapa de nuestra reciente historia. De la mano de la Fundación de Investigaciones Marxistas dio decenas de conferencias por toda España en Universidades y en sedes partidarias, siempre con los temas que eran sus grandes preocupaciones: las relaciones internacionales y de poder después de la implosión de la Unión Soviética, América Latina y sus difíciles relaciones con los Estados Unidos y Cuba, siempre Cuba. Conversó con mucho provecho con Julio Anguita y sintió su muerte como algo propio.

Sorprendía de Juan su vitalidad, su enorme energía física e intelectual, su inagotable capacidad de lectura y una pasión por los libros que nos unió mucho. Él expresaba muy bien lo que fue la Revolución Cubana. Nació en una familia obrera con antecedentes judíos que nunca desentrañó del todo. Trabajó desde la adolescencia y fue militante del Movimiento 26 de julio. Vivió la clandestinidad y llegó a estar preso. Cuando triunfó la Revolución combinó sus estudios universitarios con la campaña de alfabetización. Fue sociólogo y profesor de filosofía. Su nombre está relacionado con la revista Pensamiento Crítico y con el Departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana. Apenas con veinte años dirigió un ingenio azucarero. Esta fue otra de las características de su vida, combinar la acción política real -siempre en torno a la política agraria- y su pasión por la enseñanza y la investigación.

No es este el momento de hacer su biografía, solo profundizar sobre algunos elementos que lo caracterizaron como político, académico y militante revolucionario. Juan fue un comunista crítico desde el principio como era característico del movimiento que dirigía Fidel Castro. Su marxismo era abierto y problemático, muy centrado en la filosofía de la ciencia y en el pensamiento analítico. Su modo de razonar estaba muy cerca de Manuel Sacristán, de Jesús Ibáñez, de Cohen. Le apasionaba la lógica formal y los pensamientos bien construidos. Aterrizaba siempre sobre lo real y fundamentaba sus opiniones con la mayor y mejor cantidad de datos posibles.

Su larga experiencia en la agricultura cubana, como asesor de otros procesos revolucionarios y como estudioso de eso que se llamó el socialismo realmente existente, le fue haciendo cada vez más crítico de la economía política de la transición dominante en el comunismo de su época y que se implementó a fondo en la Cuba de los 70. Su compromiso con la Revolución fue firme hasta el final. Su modo de ser leal siempre fue decir lo que pensaba y hacerlo con verdad. Sufrió en silencio y disciplinadamente sus enfrentamientos con la dirección del partido. Nadie le obligó a la autocrítica ni la hubiera aceptado. Siguió cumpliendo con su deber como jefe de núcleo partidario o como militante del partido.

El poder político revolucionario
Su vida estuvo muy unida a dos personajes claves de la Revolución Cubana: el comandante Manuel Piñeiro (Barbarroja) y Jorge (Papito) Serguera. Viví una pequeña parte de esas relaciones. Asistir como oyente a esas largas conversaciones -siempre regadas con un buen ron santiaguero- me hicieron ver las cosas, todas las cosas, de otra forma, empezando por la propia Revolución Cubana. De esos entrecruzamientos y demás juegos estratégicos surgió el CEA, el Centro de Estudios sobre América. Aquello fue un laboratorio de ideas y proyectos con enorme influencia en la zona y en permanente conflicto, debate y polémicas con la academia norteamericana. La FIM colaboró con esa institución. Intentamos formalizar las relaciones a medio y a largo plazo. No fue posible y nos tocó ver como el equipo dirigente de esa institución fue destituido y la obra de años cancelada después de un duro debate, donde Juan tuvo un protagonismo diremos que sobresaliente.

La vida tomaba partido. Juan siguió a lo suyo. Clases universitarias, cursos en instituciones cubanas, visitas a diversos países del continente americano. Su prioridad en esta última época fue el análisis, historia y organización del poder político revolucionario cubano en su obra La evolución del poder en la Revolución Cubana. Aparecieron dos tomos y estaba trabajando en un tercero. Su repentina muerte dejó el trabajo, creo, en preliminares. Era generoso con los amigos y discípulos. Siempre disponible para la lectura de tesis, prólogos o introducciones. En la que sería la última conversación -eran casi diarias- expresaba su temor de no poder culminar la obra de su vida.

Sus conocimientos sobre las relaciones internacionales y sobre América Latina eran enciclopédicos. De geopolítica sabía mucho. Los periódicos análisis de Fidel Castro sobre los conflictos en la economía-mundo los discutíamos con pasión, nos interesaba mucho esa capacidad suya de combinar información solvente, buenos análisis y predicción desde un realismo revolucionario que escondía muchas veces sus fundamentos. Conocía a fondo todos los debates latinoamericanos sobre teoría de la dependencia, estructuralismo y marxismo. Nos conocimos hace treinta años discutiendo sobre José Carlos Mariátegui y sus complejas relaciones con la Tercera Internacional.

Cuba es siempre especial. En 2014 se le concedió el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas. La maldita pandemia impidió que viniese a España. Un grupo de amigos estábamos pensando en organizar con él en La Habana un evento político-cultural sobre Republicanismo entre dos orillas.

Hay una vía directa para saber cómo pensaba Juan y cuál era su modo de entender la Revolución Cubana: leer en Mundo Obrero la entrevista que le hicieron Julio César Guanche y Harold Bertot Triana.

Juan nos enseñó un modo de entender la militancia revolucionaria, el compromiso político y la pasión justiciera. Nunca lo olvidaremos

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Tomarse en serio a VOX

Fuente: Nortes.me - Publicado el 14/octubre/21

Las izquierdas necesitan construir una propuesta político-cultural con voluntad de hegemonía que dispute a las derechas España como proyecto.

 

Lo mejor es empezar por lo importante: el imaginario político-constitucional y la simbología del sistema está fuertemente hegemonizado por las derechas. ¿Exagero? Creo que no. Frente a esto, la izquierda tiene muy poco que oponer y corre el peligro de perder su centralidad en el país. Quisiera argumentar tres asuntos: primero, cómo empezó esta hegemonía; segundo, el contenido del discurso de las derechas y, tercero, lo que significa Vox en este contexto.

Todo empezó con algo que se olvida hoy, a saber, la reacción de los poderes fácticos que llevaron a la disolución de la UCD, el intento de golpe de Estado del 23F y la refundación del Partido Popular. Aznar lo dejó muy claro: una derecha sin complejos que no admitía ninguna superioridad moral de las izquierdas; es decir, de las fuerzas democráticas que emergían de la clandestinidad. ¿Qué significaba esto? Que el PP no estaba dispuesto a criticar el franquismo, a romper en serio con él y que pasaban a la ofensiva para disputarle a las izquierdas el proyecto de país, en momentos, hay que subrayarlo, en el que este cambiaba sustancialmente. No es casualidad que en los años del “felipismo”, de la integración en el OTAN y en el Mercado Común, de reconversión industrial y social, las derechas levantaran una plataforma cultural que tenía en su centro el debate sobre la historia, sobre nuestra reciente historia. La izquierda, como suele ser habitual en ella, miró con desprecio la operación, se centró en la historia profesional y le dejó todo el campo libre a los Pío Moa, a los Jiménez Losantos y los César Vidal. La paradoja era que la izquierda, en nombre de la reconciliación, hablaba poco y con prudencia de la Guerra Civil mientras los publicistas de la derecha la convertían en tema central de sus preocupaciones e iniciaron un trabajo de masas con un objetivo claro: deslegitimar la Segunda República, justificar el golpe de Estado dirigido por el general Mola y, lo más importante, validar la dictadura de Franco.

El discurso de las derechas se ha ido construyendo sobre las debilidades de la izquierda y el viento conservador que venía de Europa y de EEUU. La Transición es analizada como obra de ingeniería de una clase política franquista dirigida por Juan Carlos I. La oposición democrática aparece como actor necesario y, casi siempre, subalterno. Adolfo Suárez, el hombre más odiado por las derechas de la época, está hoy situado en los altares y su aliado, Santiago Carrillo, en los infiernos de la historia. La operación es curiosa: el Partido Comunista, de actor imprescindible en la Transición, se ha ido convirtiendo por las derechas en un obstáculo para nuestra democracia; como dijo un conocido magistrado, lo anormal es que una democracia seria permita la existencia legal de los comunistas.

 

“Las derechas han sabido patrimonializar nuestro imaginario constitucional y sus símbolos políticos convirtiéndolos en arma contra Las izquierdas”

Las derechas han sabido patrimonializar nuestro imaginario constitucional y sus símbolos políticos convirtiéndolos en arma contra unas izquierdas que, a su vez, ha ido perdiendo consistencia política y capacidad (contra)hegemónica. La operación es inteligente y tiende a expulsarlas del sistema político, arrinconarlas, situándolas a la defensiva y dejarlas sin iniciativa política. Ellas son la anti España. La Constitución se ha convertido progresivamente en algo suyo; sagrada, inmodificable, intocable y cada vez más apartada de la realidad que tiende a ordenar. El rey, la Casa de los Borbones, son defendidos férreamente y sin concesiones; las lucrativas actividades del Rey emérito negadas o, en todo caso, justificadas. La bandera constitucional se ha ido convirtiendo en un instrumento político y arma arrojadiza contra las izquierdas. El nacional-catolicismo retorna como víctima ante la tremenda agresión a la familia y a los valores tradicionales de la cultura cristiana. El problema con este Papa es evidente y lo sortean con cierta habilidad. Resumiendo: de nuevo las derechas tienen Rey, Patria, Dios y, esta vez, Constitución. España es suya.

Con la llegada de Vox se produce un cambio cualitativo, una ruptura que cambia agenda y sistema. De la derecha sin complejos pasamos a un nacionalismo español explícito con vocación de mayoría, de gobierno y de poder. ¿Cómo ha sido posible esto? Los factores que lo explican son internos, ampliados por los vientos de la época y tienen que ver centralmente con el intento de secesión de Cataluña y la posible ruptura del Estado español. Los actos tienen consecuencias. Se produjo una reacción enorme en Cataluña y en el resto de España. Dicho de otra forma, el paso del autonomismo al independentismo generó una crisis existencial del Estado, una “autonomización” significativa de sus aparatos e instituciones y, sobre todo, la emergencia de un potente nacionalismo español con voluntad de hegemonía en sentido estricto.

                                                Santiago Abascal en el acto de Vox “España Viva”. Foto: Twitter

La singularidad española tiene que ver con el tipo de derecha que es el PP. El partido refundado por Aznar y el partido Vox tienen la misma tradición, el mismo sustrato ideológico y, en último término, el mismo discurso político. El militante del PP, una parte de sus votantes, sueñan con la jefatura de Abascal, se sienten sentimental y culturalmente parte del mundo de Vox y como, además, empiezan a tener la sensación de que su discurso tiene posibilidades de vencer, la situación de Pablo Casado se hace difícil y sin salidas claras. Ha existido la duda de si Vox pretendía ser un instrumento para cambiar al PP o construirse como alternativa a él. Todo apunta a que hoy Vox se siente con fuerza para convertirse en la derecha mayoritaria, cambiar el mapa político del país y, es mi opinión, de régimen.

Toda sociedad necesita auto representarse, construir imaginarios que validen las instituciones y una simbología que los identifique. Si se analizan con cuidado y con cierta distancia el nacionalismo español y los nacionalismos periféricos que hoy son independentistas, se observarán similitudes, estrategias parecidas, una lucha sin cuartel por la memoria histórica, por la construcción de comunidades imaginadas que justifiquen la ruptura y legitimen la polarización política. No les interesa la historia de los historiadores, sino aquella que se pueda convertir en sentido común de masas, en fundamento de una identidad. Lo más dramático es que la izquierda se encuentra cada vez más al margen de este juego, sin proyecto claro de país, obligada a pactar con las fuerzas nacionalistas para alcanzar su modesto programa económico-social.   

El dilema no es fácil de resolver, pero al menos habrá que hacerlo emerger y convertirlo en problema: o dejamos España como concepto e imaginario a las derechas o la disputamos desde otra propuesta política y cultural. Hay quien piensa que la cuestión puede ser eludida y hay quien defiende, más o menos, que no tiene solución. Otros, más audaces, piensan que es bueno y posible romper en varios pedazos el España, es decir, ir alegremente a la guerra civil o al golpe de Estado. Durante mucho tiempo se pensó que la globalización y la integración europea resolverían los viejos y nuevos problemas territoriales. La construcción de la Europa Unida iría deconstruyendo el Estado nacional y, por caminos contradictorios, terminaríamos en otro que reconocería la singularidad de las distintas nacionalidades históricas. A más Europa menos España.

“O dejamos España como concepto e imaginario a las derechas o la disputamos desde otra propuesta política y cultural”

La dialéctica entre la Unión Europea y los Estados nacionales se está haciendo muy viva en este periodo. Hay muchos falsos debates y demasiadas posiciones cargadas ideológicamente. La lógica operacional de la Comisión y del Tribunal de Justicia de la Unión generan resistencias que hacen fuertes a los soberanistas de derechas y da mucha munición a los populismos conservadores. El objetivo es ya diáfano: una constitución (formal y material) supranacional sin proceso constituyente, es decir, cambiar el régimen político de los Estados eludiendo los gravosos procedimientos democráticos para su reforma. No cabe confundirse, ninguna de estas fuerzas de derecha dura pondrá en cuestión este tipo de integración europea; ninguna pretende realmente volver al Estado nacional. Nada temen más que a la soberanía popular sin la red de la Unión Europea. Es un juego de estrategias, controversias controladas y en el fondo regladas,” tira y afloja” que alinean pedazos de la opinión pública y que ayudan a mantenerse en el poder a supuestos patriotas nacionalistas. La razón última parece también clara: están de acuerdo con este concreto y preciso tipo de integración neoliberal que es la Unión Europea; con el proyecto político-militar que la cohesiona, la OTAN; y, y esto es decisivo, con la alianza geoestratégica que la une subalternamente a los EEUU. Todo lo demás puede ser importante, discutible y hasta conflictual, pero secundario, muy secundario.

El impulso de los tiempos no va por estos caminos, creo. Los Estados nacionales no se están diluyendo en parte alguna; más bien está emergiendo un nuevo tipo de Estado más intervencionista, con mayores responsabilidades sociales y, sobre todo, económicas. Vox es en esto ejemplar único. Como neo-franquistas confunden la soberanía nacional con su negociación con los que mandan en Europa y en el mundo. Aceptarán, como siempre, lo que decidan las grandes potencias. No cuestionarán en serio la pertenencia a la OTAN, ni la existencia de bases militares en el suelo patrio, ni mucho menos las reglas básicas de la Unión Europea. Protestarán, se enfadarán muchísimo y clamarán al cielo; al final harán lo que les exijan los que mandan y no se presentan a las elecciones. Menos soberanía a cambio de más poder para las viejas y nuevas élites. Nunca discutirán las orientaciones de la oligarquía financiera-corporativa, son más neoliberales que el PP.  Se conforman, como Ayuso, con ser los gestores leales de los fondos de inversión, de los fondos buitres, de las grandes transnacionales; eso sí, en nombre de la sacrosanta independencia nacional. Su única condición: nosotros mandamos, nosotros decidimos. La soberanía del pueblo español nada vale; somos nosotros los que garantizamos vuestros intereses. España de nuevo en venta.

La izquierda española vive al día y carece de un proyecto solvente que genere compromiso y movilización. Confunde consignas con programa, frases, más o menos altisonantes, con ideario. Hay quien defiende la necesidad de ir a las cosas y centrarse en resolver los problemas vitales de las personas, lo que me parece bien. Mi acuerdo se agota cuando se dice o se insinúa que el ideario, el programa y la estrategia carecen de importancia, o algo peor, son un obstáculo para la unidad de las izquierdas. El programa sería, por lo tanto, algo técnico y las propuestas, medidas surgidas de un contexto social juicioso. Basta observar lo que cuesta aprobar mejoras tan moderadas, tan poco socialdemócratas en el gobierno de coalición PSOE/Unidas Podemos para saber que el debate político-ideológico está más vivo que nunca y que pronto, muy pronto, veremos la reacción de la UE, cuando Alemania supere su crisis. De inmediato, se habla de un pacto –secreto– con la Comisión para acordar un programa completo de “reformas” a cambio del “maná” de los fondos de recuperación. Veremos ideología de alto voltaje camuflada de reglas supuestamente técnicas, de sesudos burócratas de una UE preocupada, como siempre, por los derechos y el bienestar de la ciudadanía europea.

 

¿Qué significa tomarse en serio a VOX? Ser capaces de construir una propuesta político-cultural con voluntad de hegemonía que dispute a las derechas España como proyecto e imaginario socialmente vivido. Otra España posible no puede ser pensada como abstracción; está aquí, delante de nosotros. Hay que hacerla emerger, definirla y, sobre todo, organizarla sabiendo que es un proceso a medio y largo plazo y, es bueno decirlo, que no pude confundirse con una simple propuesta electoral. En España un proceso alternativo tiene que ver con tres asuntos que andan sueltos y que es necesario engarzar en torno a una idea fuerte de soberanía popular: República, democracia federal y socialismo.

El debate continuará.

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De Felipe a Sánchez: volver a ser el partido del régimen

Fuente: Nortes.me - Publicado el 9/octubre/2021

Tras el 40º Congreso, el PSOE amenaza con romper el gobierno de coalición ante una Yolanda Díaz en auge

                                      Pedro Sánchez en el 40º Congreso del PSOE, saludando a la militancia. Foto: Twitter

Para Alberto Rodríguez, nunca caminarás solo

Algunos, pocos, siempre dijimos que Pedro Sánchez tenía un objetivo claro: ser el Felipe González de la nueva etapa de Felipe VI. El abrazo entre los dos ejemplifica muy bien esto. El PSOE ha sido verdaderamente el partido del régimen, no solo por los años que ha gobernado sino por su capacidad de asegurar un amplio consenso popular reforzando, a la vez, el poder de los que mandan y no se presentan a las elecciones. A esto se le llama centralidad. La presencia también de Pérez Rubalcaba dice mucho de la conexión profunda con la casa de los Borbones y con la operación que llevó a la salida del Rey Emérito. Se ha dicho que las derechas nunca ganan las elecciones; las pierde el PSOE, bien porque una parte de sus votantes pasa a la abstención, bien porque otros votan a formaciones políticas a su izquierda.

Las condiciones de las que partía Pedro Sánchez eran muy singulares: descrédito del bipartidismo, 15M, emergencia y desarrollo de Podemos… Recuperar el Partido Socialista era especialmente complejo y lleno de dificultades. El secretario general de PSOE nunca se podemizó, se mimetizó y se camufló con una orientación más a la izquierda y con una disputa muy dura con el viejo aparato del partido. La imagen de la “troika” de los viejos discípulos de Pepe Blanco —Hernando, López, Sánchez— trabajando juntos de nuevo, expresa muy bien esta parábola de un PSOE que vuelve a su centralidad. La clave ha sido siempre la misma, que el Partido Socialista no tuviese un competidor sólido a su izquierda. Si se observa la trayectoria del Secretario se verá que su línea siempre ha sido la misma, reducir el espacio electoral de Unidas Podemos costase lo que costase. Los intentos de alianza con Ciudadanos y la convocatoria de nuevas elecciones se hicieron con este propósito. Solo cuando no quedaba otra posibilidad, se alió con una UP que ya no tenía la fuerza del pasado.

 

“Se ha dicho que las derechas nunca ganan las elecciones; las pierde el PSOE”

El Congreso del PSOE en realidad ha sido una convención. Es típico de la forma-partido que progresivamente se va imponiendo en Europa. Los viejos Congresos de las fuerzas de izquierdas van desapareciendo, no hay debates de gestión, el programa político no es otra cosa que un conjunto de eslóganes electorales y las viejas discusiones sobre los estatutos desaparecen ante un liderazgo único, direcciones homogéneas y laminación de las minorías. Asombra la falta de grandeza, la carencia de ideas y la cruel monotonía en torno a un pensamiento único que sigue siendo dominante; para decirlo más claro: ni imaginación y ni principios. La referencia constante a la socialdemocracia nada dice. El tema da para mucho y, desde luego, un debate en serio sobre qué significa aquí y ahora esa vieja posición habría conseguido situar verdaderamente este Congreso más allá de lugares comunes y de significantes vacíos.

Lo que parece haber de fondo, tanto en el PSOE como en UP, es que después del COVID-19 se han acabado las políticas de austeridad y que retorna un nuevo keynesianismo; es decir, que las políticas reformistas en países como España tendrían el apoyo de la Unión Europea. Se pone como ejemplo la Next Generation, los fondos de recuperación. ¿Realmente la UE ha cambiado de política? No lo creo. Lo que sí sabemos —la Comisión lo ha recalcado siempre que ha podido— es que estos fondos son excepcionales y únicos y que las famosas cláusulas de Maastricht están suspendidas temporalmente. Lo lógico sería que la izquierda europea y los gobiernos del Sur de Europa estuviesen luchando en favor de una plataforma común para cambiar estas reglas y realizar políticas realmente keynesianas más allá de las palabras en vez de esperar a ver qué hace el próximo gobierno alemán. La recuperación-milagro llega con dificultades, no solo con la amenaza de inflación sino por el encarecimiento de materias primas, alimentos y energía y, sobre todo, por la ruptura de las cadenas de valor que tienen que ver con las múltiples fracturas de la globalización capitalista.

Pasado el Congreso del PSOE, garantizada su unidad esencial en torno a Sánchez, se han dado una serie de acontecimientos que amenazan con romper el gobierno de coalición y que han llevado a una crisis, una más, en Unidas Podemos. Me refiero a los acuerdos PSOE-PP para desbloquear algunas instituciones del Estado, la sustitución de la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, como negociadora principal para la reforma laboral y la amenaza de querella criminal contra la presidenta del Congreso por no defender al diputado Alberto Rodríguez. Soy poco dado a las teorías de la conspiración. De que las hay, no tengo duda; simplemente creo que la política real no se puede explicar por ellas. La reafirmación del PSOE como la fuerza central del sistema político lleva implícito asegurar a los grandes poderes económicos que ciertas líneas rojas no se van a sobrepasar. No es casualidad que reforma de pensiones y del mercado laboral están especialmente vigiladas por la Comisión Europea y que son, además, rechazadas de una u otra forma por la gran patronal española.

 

“El Reino de España no es un Estado soberano, está obligado a negociar sus políticas con los órganos de la Unión Europea”

La ministra Calviño no lo es por casualidad. Sánchez buscó a alguien de confianza para saber siempre los límites de sus políticas. Calviño representa en el gobierno de España a la UE; que gane poder e influencia significa que las demandas de los poderes económicos están siendo atendidas y que la Ministra de Economía va a cumplir con su tarea enérgicamente. La unanimidad de las fuerzas políticas en favor de la Unión Europea está siempre unida a la falta de información y a situar a esta como un simple actor externo. El Reino de España no es un Estado soberano, está obligado a negociar sus políticas con los órganos de la Unión y los Presupuestos Generales del Estado deben ser aprobados previamente por la Comisión. El comisario Gentiloni, que ha acudido en apoyo de la ministra Calviño, lo ha dicho con toda la claridad: nuestro gobierno se ha comprometido a determinadas políticas y si no las cumple, no recibirá los fondos y será sometido a un expediente previo; así de simple.

La decisión de sustituir a la ministra Yolanda Díaz como interlocutora básica en la negociación sobre la reforma laboral es una medida muy pensada de Pedro Sánchez. Tiene que ver con dos asuntos interrelacionados: la derogación —contenido y límites— de las contrarreformas laborales del PP, que como es sabido tienen el rechazo frontal de la patronal y, por otro lado, el excesivo protagonismo de una vicepresidenta que se está convirtiendo en la gran esperanza de una parte significativa de la izquierda y que, según Iván Redondo, puede terminar siendo posible alternativa para presidir el gobierno de España. Se trata, no hace falta subrayarlo, de un conflicto especialmente duro que expresa las nuevas y viejas contradicciones entre el PSOE y UP, y, lo que es más significativo, en la propia coalición. Como es fácil entrever, las dos cuestiones se comunican ampliamente.

Sánchez juega fuerte. Una ruptura del gobierno en este momento y por este motivo es difícil de explicar a la opinión pública en general y a la izquierda en particular. Ir a elecciones sin presupuestos y sin el maná europeo es, se tarde más o se tarde menos, darles la victoria a las derechas. Luego se debe tratar de otra cosa: ¿cuál? Dirigir el conflicto obligando a UP —y a los sindicatos— a una derogación débil de la reforma laboral del PP y, de paso, erosionar a la ministra en alza; si, además, se fractura Unidas Podemos, mucho mejor. Hipótesis del secretario socialista: que la coalición de izquierdas (UP) no tiene el coraje moral ni la fuerza política para poner en crisis al gobierno y, eventualmente, romper con él.

Yolanda Díaz sabe que está ante un pulso político crucial que llega antes de lo esperado. No puede ceder; entre otras muchas razones, porque esta batalla es la preparatoria de la decisiva, las pensiones. Si algo enseña la experiencia del movimiento obrero organizado es que las batallas del Palacio se ganan fuera, es decir, acudiendo a la opinión pública y negociando con luz y taquígrafos. La fuerza de una tribuna de la plebe siempre fue el apoyo de la ciudadanía, de las clases y familias trabajadoras; ser parte de ellas y nunca aislarse en territorios marcados por los amigos de los poderosos. El conflicto solo está en sus comienzos. Nos jugamos mucho.

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Alemania después de Merkel: el destino de un hegemón demediado

Fuente: Nortes.me - Publicado el 9/octubre/2021

El final de etapa de la canciller plantea nuevos escenarios para una Alemania en búsqueda de su propio rumbo histórico

“La tecnología rusa y el capital alemán, junto a los recursos naturales rusos y la mano de obra rusa, representan la única combinación que durante siglos asusta a los Estados Unidos de Norteamérica”. George Friedman. Mayo de 2018.    

Los balances parecen seguir un estilo preestablecido. Así está ocurriendo con la señora Merkel. Es como un juego de pesas: a un lado, lo bueno; al otro lado, lo malo; errores y aciertos. Se habla de dos Merkel, la campeona de la austeridad y la heroica europeísta de los fondos de recuperación y de su apuesta por los refugiados sirios. La fiel aliada de EEUU y la que hace concesiones excesivas a Putin. La canciller de las crisis y de las alianzas más o menos opacas. En definitiva, una gran dirigente que se va y que abre un vacío en la potencia-guía, en el hegemón de la Unión Europea. Lugares comunes convertidos en opinión dominante.   

Alemania, es bueno tomar tierra, no es un Estado soberano, sigue ocupada militarmente y nuclearizada por los EEUU. No es este el lugar para hacer un análisis pormenorizado de esta presencia; baste indicar que se trata de algo más 200 instalaciones militares y de un conjunto de bases entre las que sobresale la de Ramstein, Cuartel General de las Fuerzas Aéreas de los EEUU en Europa. Ahora que se habla tanto de la “autonomía estratégica” de la UE, habría que decir que esta determínate ocupación territorial no solo no disminuye, sino que se incrementa, con o sin el paraguas de la OTAN. En la “división del trabajo estratégico” definida por los EEUU a la OTAN le cabe la honrosa tarea de contener al viejo y nuevo enemigo ruso. Como ha demostrado el reciente acuerdo de los EEUU con Australia y el Reino Unido, el teatro de operaciones decisivo está en el Indo-Pacifico, Europa es ya secundaria y los aliados seguros son los anglosajones. Francia (y su industria militar) ya lo saben.

Se suele discutir mucho sobre las relaciones de la UE con EEUU y, casi siempre, al margen de algo tan decisivo como la OTAN. Conviene insistir, la Organización del Tratado del Atlántico Norte es una alianza político-estratégica organizada militarmente. La política exterior y de seguridad de cada uno de los Estados está determinada por la pertenencia a la Alianza, así como gran parte de la estructura, composición y cultura estratégica de sus fuerzas armadas. La UE ha hecho del llamado vínculo atlántico el centro de su política exterior que, como es natural, determina su posición como actor internacional más allá de las grandes declaraciones. Tampoco en esto hay que engañarse: las clases dirigentes de los Estados, el núcleo del poder que se referencia en la UE considera que esta Alianza es algo vital para su futuro y nadie -insisto, nadie- la cuestiona en tanto que tal, especialmente la República Federal Alemana.  La UE y la OTAN son -hoy tanto como ayer- dos caras de un mismo proyecto.

El país que deja Merkel es el Estado hegemónico en la UE; es decir, ha conseguido convertir sus reglas e intereses socio políticos en los ejes vertebradores de los Tratados de la Unión. Maastricht y el euro fueron la parte más visible de la estrategia de un conjunto de Estados encabezados por Francia con el objetivo de controlar a una Alemania unificada. La respuesta de esta fue clara: Unión Europea sí, pero bajo las reglas socio-económicas alemanas. El núcleo de estas normas es el ordoliberalismo y eso que tanto le gustaba a la socialdemocracia española de la “economía social de mercado”.

 

“No habrá cambios en la política europea de Alemania. Los sueños de una modificación de las reglas las de Maastricht no se harán realidad”

¿Qué es el ordoliberalismo? Una variante del liberalismo caracterizada por la necesidad de una eficaz y coherente intervención del Estado en defensa libre mercado, la competencia y unas relaciones labores funcionales al crecimiento económico. Los ordoliberales no creen en un orden espontaneo del mercado que no esté garantizado por el poder político. Como buenos (neo) liberales saben que el problema no es el intervencionismo del Estado, sino su orientación y objetivos. Por mucho que le pese al señor Hayek, el orden del mercado es constructo social y pura ingeniería institucional, garantizado siempre por el Leviatán-Estado. Los Tratados europeos consagran esta filosofía político-económica y la constitucionalizan convirtiéndola en normas de obligado cumplimiento para los Estados. Ahora que se debate tanto sobre los fondos europeos y su financiación a través -se diga cómo se diga- de deuda garantizada por el presupuesto de la UE, conviene entender que el ordoliberalismo constituye el consenso básico de los grandes partidos alemanes que definirá al futuro gobierno sea este semáforo (rojo, verde, amarillo) o Jamaica (negro, verde, amarillo).

Que Alemania haya conseguido constitucionalizar sus normas básicas para el conjunto de la UE le da un enorme poder (estructural) y beneficia ampliamente su economía. Le permite, sobre todo, implementar políticas neo-mercantilistas que, por definición, son no cooperativas y producen ganadores y perdedores; mejor dicho, producen una ganadora permanente, Alemania. La que en otro tiempo fue la economía “enferma” de Europa, fue construyendo un patrón de acumulación basado en la exportación, en bajos salarios y en la descentralización productiva. Esto tiene un nombre: la Agenda 2010 del socialdemócrata Schröder en alianza, es bueno recordarlo, con los Verdes. El “sistema euro” significaba, entre otras cosas, que las relaciones económicas entre Estados se realizaban en las condiciones que más benefician el potencial competitivo alemán, a lo que este añadió precariedad laboral, devaluación salarial y recortes sustanciales en el Estado Social. Las consecuencias son superávits comerciales recurrentes, tendencias deflacionarias permanentes y acentuación de la deriva centro-periferia en el interior de UE.

El final de la era Merkel coincide con el agotamiento de una etapa de la historia de Alemania. Esto se puso claramente de manifiesto en el último período de su mandato. Se acumularon todo tipo de contradicciones, resueltas la mayoría de las veces por síntesis extremadamente forzadas que no terminaban por romper lógicas anteriores ni creaban otras nuevas. La canciller resolvía problemas coyunturales desplazándolos al futuro. Al final, no había proyecto, no había programa ni estrategia. En un momento, es necesario subrayarlo, en que se estaba produciendo una fractura, una bifurcación radical en una economía-mundo que cambiaba aceleradamente. La clase política alemana no es capaz de definir interese de su país, sus objetivos y, lo que es más grave, bloquea a una Unión Europea que está respondiendo a los nuevos problemas desde una lógica de poder basada en una hegemonía y en un mundo que ya no existe ni volverá.

Ahora que tanto se habla sobre el tipo de gobierno que se va a configurar, sus políticas futuras y su influencia sobre la Unión Europea, aparece con mucha fuerza el abismo antes esbozado entre los graves problemas a los que se enfrenta Alemania y las pobres respuestas que ha ofrecido la clase política en la campaña electoral. La palabra clave es continuidad. Se apunta que vamos a un gobierno semáforo entre Socialdemócratas, Verdes y Liberales. Las negociaciones no serán fáciles, pero habrá acuerdo. El debate está en el marco del sistema y sus conocidas estructuras de poder. Hay que compaginar asuntos complejos. El déficit estará al final de este año en el 75% del PIB, se ha incrementado en más 470 mil millones de euros en los últimos tres años, existe, así está ya planteado, la obligación constitucional de frenarlo y reducirlo, se hará con prudencia, pero se hará. Scholz, el previsible nuevo canciller del SPD, tiene un programa social débil y su experiencia como ministro de finanzas dice bien a las claras que no cuestionará las estrictas reglas presupuestarias. Los Verdes han defendido un programa comprometido con la transición energética, la descarbonización y una importante inversión para digitalizar el conjunto de la economía. Lindner, jefe del Partido Liberal, no se ha cansado de repetir que quiere ser ministro de finanzas, con un programa también diáfano, nada de subir impuestos, respeto a unas finanzas equilibradas y lucha contra la burocracia. Como se verá, programas no fáciles de casar. Una cosa segura: habrá acuerdo. Será complicado, las negociaciones estarán a punto de romperse más de una vez, pero al final la continuidad será alcanzada. Son las “otras reglas”, las más duras, que imponen los que mandan y no se presentan a las elecciones.

No habrá cambios en la política europea de Alemania. Los sueños de una modificación de las reglas las de Maastricht no se harán realidad. Se tiende a olvidar, como nos enseñó Michel Husson, que “el euro es un sistema” que implica un determinado presupuesto comunitario, un especifico Banco Central Europeo, reglas fiscales y comerciales; es decir, insisto, un conjunto de normas que han sido constitucionalizadas y que requieren la unanimidad de los 27 miembros para cambiarlas. Ahora vivimos en un Estado de excepción donde parte de dichas normas están suspendidas temporalmente. Cuando el país germano lo considere oportuno se volverá, con una cierta flexibilidad, a los viejos postulados reconocidos en los Tratados. Para la UE, la Next Generation, los Fondos de Recuperación europeos, son algo excepcional y único. Tienen fecha de caducidad.

 

“Alemania sigue ahí, en su dorada jaula, sometida a los tirones de la historia, sin reconocerse y sin capacidad de definirse”

En las relaciones internacionales y en la política de defensa sí creo que habrá cambios significativos. La tendencia es al alineamiento con la política norteamericana y una mayor implicación de la Bundeswehr en las políticas de crisis de la OTAN. Hasta ahora Alemania -Merkel era una maestra en estos equilibrios con red- había conseguido combinar sin grandes contradicciones sus intereses geopolíticos con las difusas demandas de la Unión Europea, mediadas siempre con las pretensiones francesas. La salida del Reino Unido hace las cosas más difíciles y, paradoja, acorta el margen de maniobra del país germánico. Es un viejo asunto: Alemania y Rusia tienen economías complementarias y se necesitan mutuamente. El Nord Stream-2 (el recién terminado gaseoducto entre Rusia y Alemania bajo el Mar Báltico) es un ejemplo paradigmático; sin embargo, su zona directa de influencia (la vieja y nueva Mitteleuropa) se ha ido definiendo con mucha fuerza contra Rusia y como aliado fiel de los EEUU, a lo que hay que añadir que el nuevo concepto estratégico de la OTAN dejará muy claro que su tarea fundamental será colaborar en la construcción de un frente amplio “tricontinental” contra China y, específicamente, aislar, contener y debilitar al país de Putin. Ahora los equilibristas trabajan sin red.

El gobierno en gestación tendrá muchas dificultades para definir el rumbo de un Estado que progresivamente avanza hacia su conversión, de nuevo, en objeto de la historia. Alemania deviene en hegemón demediado de una península de Eurasia que se creía un continente, condenado a ser aliado subalterno de la otra cara de sí mismo, de un mundo que lo niega y lo desprecia, los EEUU. El viejo Hegel debe de estar protestando con fuerza viendo como la historia lleva a su cultura a la decadencia, donde la insignificancia reina sin alternativa.  Alemania sigue ahí, en su dorada jaula, sometida a los tirones de la historia, sin reconocerse y sin capacidad de definirse. La Unión Europea sueña con ser alemana a cambio de que ésta deje de serlo. En el fondo, la “cuestión alemana” sigue presente como miedo a la soberanía, palabra maldita, de un pueblo que siempre ha sido algo más que un Estado. 

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Biden movió ficha: América First

Publicado 24/09/21

EEUU pacta con Australia y Gran Bretaña para aislar a China, mientras ignora a sus socios europeos, cada vez más irrelevantes en un mundo multipolar.

                                     

                                                   Foto: Twitter Joe Biden

 

Asombra la rapidez. Biden fue recibido como la gran esperanza blanca que nos liberaba del neofascista Trump y que nos traía las promesas de una nueva América a lo Roosevelt. La izquierda europea lo recibió con entusiasmo; vio en él la posibilidad de salir de la austeridad, de tomarse en serio la crisis climática y de avanzar con firmeza hacia un feminismo más universal. Había cosas que no se decían, que conscientemente se dejaban en un segundo plano como su agresividad contra China y Rusia o su reafirmación clara y rotunda de la hegemonía norteamericana en el mundo y, más allá, su apuesta por la militarización de las relaciones internacionales. Ahora ya estamos en el otro lado, se afirma que Biden es como Trump. Tampoco es verdad. Para uno y para otro, América siempre será lo primero, sus intereses geopolíticos, su incansable lucha por mantener y ampliar su poder. Para ambos China es el enemigo. Sin embargo, en la táctica y, sobre todo en la estrategia, hay diferencias significativas.

El acuerdo entre Gran Bretaña, Australia y EEUU (AUKUS) hay que situarlo en un contexto marcado por la huida de Kabul y por el deterioro del prestigio del presidente Biden. Se ha escrito bastante sobre esto, no añadiré mucho más. La Administración norteamericana tenía que retomar la iniciativa política y dar una señal de firmeza. Las prisas son malas consejeras; el nuevo acuerdo ha generado muchas más dudas y deja muy tocada su política de alianzas. La palabra clave es unilateralidad. Francia ha hablado de deslealtad, de puñalada por la espalda y de diplomacia secreta; la Unión Europea ha mostrado una débil solidaridad con una Francia humillada y Borrell nos sigue hablando de la necesidad de una mayor autonomía estratégica de la UE. EEUU manda, no consulta, a sus aliados y toma decisiones que afectan, directa o indirectamente, a sus socios. ¿Cuándo no ha sido así?

 

El acuerdo de EEUU con Australia y Gran Bretaña, sin embargo, enseña mucho sobre la dirección de la política de la Administración Biden, de su estrategia básica y de su compleja política de alianzas. En primer lugar, afirma con rotundidad que su prioridad es eso que hoy se llama Indo- Pacífico y que todo lo demás (como Europa, por ejemplo) le está subordinado. En segundo lugar, que hay aliados y aliados; es decir, que su núcleo duro sigue siendo su alianza con Gran Bretaña y el mundo anglosajón. En tercer lugar, que no está dispuesta a darle protagonismo a actores externos como Francia en un conflicto que necesita dirigir sin mediadores. En cuarto lugar, que a la Unión Europea se le tiene en cuenta por medio y a través de la OTAN; su presencia en la zona es admitida solo como complementaria y subordinada a los intereses norteamericanos.

Francia ha sido duramente golpeada. Definió hace años su estrategia para el Indo-Pacífico y tiene intereses en una zona vital para ella con territorios de ultramar como Nueva Caledonia, la Polinesia  Francesa o La Reunión. Su industria militar es muy importante y necesita imperiosamente competir en un momento en el que se están produciendo cambios tecnológicos de enorme calado. Con el acuerdo Francia pierde un conjunto de contratos que le suponían en torno a 66 mil millones de dólares y deja muy debilitada su pretensión de convertirse en aliado autónomo en la zona. La retórica irá dejando paso a una realidad que ha marcado a Macron: Francia no contempla una política exterior y de seguridad que no sea bajo el paraguas de la OTAN y una alianza estrecha con los EEUU.

“Francia a diferencia de Alemania es consciente de la tendencia a un mundo multipolar”

Hay matices, sin duda; Francia, a diferencia de Alemania, es consciente de que la tendencia principal es hacia un mundo multipolar y que la hegemonía norteamericana está profundamente cuestionada. Sueña con convertirse en un aliado autónomo de los EEUU y protagonizar una transición repleta de peligros, conflictos y, posiblemente, enfrentamientos armados. EEUU no comparte esa posición y, al final, Francia cederá una vez más.

El día 24 de septiembre se reúnen los países del “cuadrilátero”, EEUU, India, Japón y Australia. Se espera un comunicado duro contra China y la defensa del derecho a una navegación libre en espacios económicos abiertos y basado en normas. El cerco se va cerrando. Si se mira el mapa con atención se verá que, poco a poco, se está formando una alianza entre islas que pretende encerrar a China en su mar meridional convertido en espacio en disputa y en zona de inestabilidad permanente. La Franja y la Ruta -la mayor reorganización de espacio-tiempo de Eurasia desde los mongoles- siempre tuvo un fuerte componente geopolítico en búsqueda de salidas que neutralizaran la dependencia del estrecho de Malaca (por el que pasa el 60% del comercio mundial y vía de ingreso del 80% del crudo que llega a China) y, sobre todo, eludir los intentos de bloqueo como provocación para la guerra.

El termino Indo-Pacífico es relativamente nuevo, antes se hablaba de Asia-Pacifico. El cambio no es casual, proviene de militares indios y aparece en 2010. ¿Qué se consigue? Neutralizar la centralidad de China y asegurar el protagonismo de una India que aspira a ser un actor principal en el nuevo orden multipolar que se atisba en el futuro. Hablar de Indo-Pacifico es definir una política de alianzas que necesita, para vencer o frenar a China, una India beligerante unida a Occidente. India-Rusia; China-Pakistán, son viejas alianzas políticas y reminiscencias de futuro. Afganistán se ha convertido en un problema añadido para una India que ve como se refuerza su tradicional enemigo, Pakistán. El nacionalista de derecha Modi, presidente de la India, toma nota. Se sabe pieza clave y entrará en el “Gran Juego” desde posiciones de privilegio. Medirá mucho sus pasos, mucho.

¿Occidente frente 0riente? No está tan claro por ahora. EEUU busca aliados y no tiene demasiado tiempo; de ahí sus meteduras de pata y sus inmensos errores. Va por detrás de China y no acaba de entender su juego. Repite viejas soluciones a problemas nuevos. Ahora se trata de construir un bloque alternativo a China propiciando el alineamiento de los diversos países de la zona, neutralizando la influencia económica-tecnológica de China y militarizando las relaciones entre países. EEUU, como siempre, empleará todos los medios a su alcance y no tendrá problemas en apostar a fondo por una potencia como la India que tiene fuertes pretensiones hegemónicas en la zona. El AUKUS busca redefinir un marco de alianzas flexibles desde un núcleo duro que se irá ampliando rápidamente y conectándose con los dos grandes protectorados político-militares de los EEUU: Japón y Corea del Sur. La clave es el alineamiento sin fisuras, definición clara del enemigo y coherencia estratégica en el espacio y en el tiempo.

La respuesta de la Unión Europea indica impotencia y subalternidad. Antes ya se ha dicho y lo repito: se ha dejado sola a Francia. Pronto volverán las aguas a su cauce y se habrá perdido una oportunidad más para defender posiciones propias y políticas diferenciadas. Las declaraciones de Borrell sorprenden por su debilidad, por su falta de criterio geopolítico y, sobre todo, por su inadecuación al tiempo histórico. En un momento donde la Comisión define su Estrategia para la Cooperación en la Región Indo- Pacífico y presenta su informe sobre Prospectiva Estratégica 2021, el alto representante de la Unión y vicepresidente de la Comisión parece preocupado por la incapacidad de la UE para organizar una fuerza de 5000 efectivos de despliegue rápido, con el objetivo, entre otras cosas, de impedir una salida como la de Kabul. Borrell habla de fuerzas militares propias, diferenciadas de la OTAN y, eso sí, complementarias de las mismas.

Si hay un fantasma que recorre hoy la Unión Europea es sin duda el de la llamada “autonomía estratégica” y el de la urgente necesidad de construir unas fuerzas armadas europeas independientes y paralelas de la OTAN. Lo más inquietante es que una cuestión de esta magnitud político- estratégica este fuera del debate público y se deje en manos de un conjunto de funcionarios y militares del entramado de poder que es hoy la UE. Se están tomando decisiones que hipotecan nuestro futuro, que definen alianzas internacionales y políticas militares que reafirman la hegemonía de los EEUU y que se oponen a la construcción de un nuevo orden multipolar más plural e inclusivo. Hay que reaccionar y pronto.

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Después de Kabul: ¿Seguir muriendo por los EEUU? (I)

Publicado 01/09/21

Fuente: Nortes.me

El proyecto intervencionista de Bush, continuado por Obama y Clinton, para impedir el surgimiento de una o varias potencias alternativas ha fracasado.

                                           

                                           Joe Biden en el recibimiento de los soldados norteamericanos fallecidos  en Afganistán 

                                           Foto; Twitter  Joe Biden

Las derrotas son propicias para la autocrítica y, a veces, hasta para decir la verdad. Porque se trata de eso, de una derrota de EEUU y de la OTAN de grandes proporciones. Hablar de Occidente me parece excesivo. Es el juego dominante de un gobierno norteamericano que quiere representar al conjunto de ese mundo complejo y plural que hemos venido llamando Occidente. Hay dos discursos que se solapan. El primero, masivo, viene a decir que el gobierno afgano derrotado era una democracia razonable, imperfecta pero que defendía los derechos humanos y, especialmente, el de las mujeres. Esto se repite una y mil veces en lo que es una lucha por el relato que pretende ocultar la naturaleza de la derrota y criminalizar aún más a los vencedores. El segundo se abre paso entre la desmoralización, la rabia contenida y la inmensa humillación que sienten los que han defendido, una y otra vez, las intervenciones militares de EEUU y que ha hecho del llamado vínculo atlántico -es decir, de la OTAN- el eje de la política de la Unión Europea y de España.

Ha sorprendido mucho las declaraciones del secretario general de la OTAN, Jens Stoltennberg, en las que ha afirmado, sin inmutarse, que “la misión era proteger a EEUU, no a Afganistán”. No es nada nuevo. El 16 de agosto de este año Biden afirmó que “nuestra misión en Afganistán nunca tuvo como objetivo construir una nación. Nunca apuntó a crear una democracia unificada y centralizada”. Obviamente se trata de una justificación a posteriori y una mentira consciente que quiere minorar daños. EEUU ha estado 20 años combatiendo en Afganistán, ha gastado en torno a 2’4 billones de dólares, han muerto 2.448 militares y 4.000 contratistas con más de 20 mil heridos. Ni que decir tiene que los costes humanos para el pueblo afgano han sido inmensos; como siempre, mal contados y rondando cifras, siempre opinables, de más de 240 mil muertos y heridos. En Afganistán ha fracasado un experimento militar y político minuciosamente dieñado y ferreamente ejecutado

“EEUU ha gastado 2,4 billones de dólares en Afganistán en 20 años de guerra”

Antes indiqué que había un discurso duro, amargo, que se atrevía a decir cosas que, en otros tiempos y contextos, resultarían sorprendentes. Llama mucho la atención el artículo de Lluís Bassets en El País del pasado 22 de agosto; este periodista, subdirector del medio, hace cinco afirmaciones que merecen la pena destacar. La primera es que “Los talibanes tenían razón. Ashrf Ghani presidía un régimen títere, organizado y dirigido por los extranjeros occidentales”. La segunda, ”En Afganistán ha fracasado el intento occidental -y especialmente de EEUU- de modelar el mundo a su imagen después de la victoria en la Guerra Fría”. Tercera, “La respuesta a la solidaridad europea ha sido la marginación y la unilateralidad en la toma de decisiones, convirtiendo el lema de ‘juntos dentro y juntos fuera’ en un chiste de mal gusto”. La cuarta, “La caída de Kabul es un momento culminante del desalojo occidental del continente y la inauguración de un orden regional organizado por los propios asiáticos”. La quinta y última es una destacada conclusión, “Las estampas del descalabro están ahí, significan lo que significan: la ignominia inevitable de una derrota. No hay derrotas buenas. Ni guerras que acaban ordenadamente. Tampoco hay victorias en las guerras de ahora, que son asimétricas. Ni guerras buenas y justas, como pretendía ser la que Washington declaró y organizó en Afganistán”.

El cuadro es veraz y las conclusiones obligarían a una redefinición radical de las políticas que ha venido defendiendo España en la UE y en la OTAN . No será así. Lo primero que hay que subrayar es que se está siguiendo la hoja de ruta diseñada en  el acuerdo de Doha firmado en febrero del año pasado entre el gobierno de Donald Trump y los talibanes donde se fijaba el mes de mayo de este año como fecha de la salida de las fuerzas armadas norteamericanas. Hay que decir que, desde ese momento, al menos, hay relaciones fluidas entre la insurgencia afgana y el gobierno norteamericano. La imagen que querían evitar, tanto Trump como Biden, era la “fuga de Saigón” simbolo caótico y señal inequivoca de la derrota en  Vietnam. Al final no ha sido así. La razón última: la situación real de las estructuras gubernamentales, del ejército y de las fuerzas de seguridad era mucho peor de lo reconocido; que el arraigo y el dispositivo estratégico de los talibanes era mucho más fuerte y sofisticado de lo que pensaban las autoridades norteamericanas y de Kabul. Los talibanes han ido avanzando rápidamente, pactando, comprando voluntades y con una determinación que les hacía aparecer ante la población como los claros y nítidos  vencedores. Cuando hablaron en Moscú o en Pekín de que controlaban la inmensa mayoría del territorio casi nadie los creyó; se ha demostrado que llevaban razón. La imagen de improvisación, de caos y de derrota perseguirá al gobierno de Biden y marcará, en muchos sentidos, las políticas de la OTAN.

 

“La imagen que Trump y Biden querían evitar era la fuga de Saigón”

La pregunta sigue siendo pertinente, ¿qué es lo que ha fracasado en Afganistán? Ha fracasado lo que se llamó “Proyecto para un nuevo siglo americano” (PNSA) incubado en el gobierno de Bush padre, organizado e impulsado por las grandes fundaciones conservadoras durante el mandato de Clinton y convertido en estrategia oficial del gobierno de Bush hijo después de los ataques del 11S. Pronto hará 20 años. La figura clave fue Dick Chaney, todopoderoso vicepresidente que impulsó la intervención militar en Oriente Próximo y Medio en un intento de remodelación radical de toda la zona. Los neocons tenían un objetivo preciso: impedir el surgimiento de una potencia o conjunto de potencias que cuestionaran la hegemonía norteamericana; para ello era necesario poner en pie un conjunto de políticas proactivas que lo hicieran viable, usando sin miedo unas FFAA que había que fortalecer y revitalizar. En el centro de este nuevo orden imperial indiscutido e indiscutible, la imposición de la democracia liberal, de las libertades económicas y políticas al modo americano. Afganistán e Irak fueron, insisto, el laboratorio de una gigantesca y dramática experimentación geopolítica.

Al final del mandato de Bush hijo se sabía que, en lo fundamental, dicha estrategia había fracasado. Un autor nada sospechoso como Zbigniew Brzezinski constataba en el 2007 -en un libro que no por casualidad se llamaba La segunda oportunidad: tres presidentes– las enormes dimensiones de la derrota y la urgente necesidad de una rectificación sustancial, poniendo en Obama sus esperanzas. Expectativas frustradas. El nuevo presidente no fue capaz de definir una estrategia más adecuada a los nuevos desafíos y siguió empantanado en todos los conflictos. El asesinato extrajudicial de Osama Bin Laden al modo norteamericano, es decir,televisado en directo para el Presidente y su equipo- entre ellos el vice Biden– violando la soberanía de Pakistan y matando a todos los que se encontraban en el lugar, escenificó la “victoria” y Afganistán fue desapareciendo de la agenda mediática. En 2014 se llegó a la brillante conclusión que la guerra había terminado y que lo tocaba ahora era (re)construir las estructuras estatales, fortaleciendo las fuerzas armadas y reforzando los distintos aparatos de seguridad; precisamente, dicho sea al paso, en el momento en que el movimiento talibán retomaba la iniciativa desde una estrategia que llevaría a la derrota del gobierno títere de Kabul y de la fuerzas de ocupación extranjeras.

 

Los que hoy critican al “amigo americano”, hacen sesudos análisis sobre las causas de la derrota de la OTAN y se preocupan dramáticamente de los derechos de la mujer ante la barbarie del talibán, son los mismos que defendieron a la civilizada Hilary Clinton frente al autoritario Donal Trump. Pocos quisieron ver que lo que estaba realmente en juego en aquella elección: intervencionismo político-militar humanitario desde la lógica del internacionalismo liberal o repliegue y definición de fase.

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Después de Kabul: ¿Seguir muriendo por los EEUU? (II)

Autor: Manolo Monereo - Publicado 06/09/21

Fuente: Nortes.me

Estamos ante una gran transición geopolítica que implicará una intensificación de la competencia entre las grandes potencias y nuevas alianzas.

                                                        Joe Biden en la Casa Blanca. Foto: Twitter Joe Biden.

La realidad es tozuda y tiene tendencia a vengarse. Hay más similitudes entre Trump y Biden de lo que se reconoce comúnmente. Recientemente Roubini ha señalado las muchas coincidencias en las políticas económicas y en el manejo de las finanzas públicas. El guion del abandono de Afganistán es de Trump –como dije en la primera parte del artículo- más allá de su desastrosa y caótica ejecución. El objetivo central de los dos presidentes norteamericanos es el mismo: frenar, bloquear el ascenso de China, impedir, cueste lo que cueste, que en el hemisferio oriental surja una potencia que rivalice con los EEUU. Hay que entenderlo bien, para los EEUU se trata de una amenaza existencial, de un desafío que cuestiona su control imperial de un mundo que ha forjado a su imagen y semejanza. Nunca cederán y emplearán todas las armas disponibles; cuando digo todas, es todas: legales, paralegales y demás operaciones encubiertas, guerras híbridas y desarrollo de estrategias en “zona gris”, uso a fondo del territorio ciberespacial y empleo sistemático de la inteligencia artificial aplicada a una industria militar que vive en una revolución permanente. Este es el dato central de un sistema-mundo en trasformación.

Biden, es la gran diferencia con Trump, sabe que los EEUU no pueden ganar esta guerra solos, necesitan aliados, países que acepten su liderazgo, que asuman su estrategia y que disciplinadamente cumplan las tareas asignadas. La OTAN es la clave. Su fortalecimiento, su desarrollo y su eventual ampliación es la condición previa para afrontar un conflicto que durará años, que requerirá enormes cantidades de recursos económicos, tecnológicos y humanos. ¿Por qué? La OTAN es una alianza política, militarmente organizada bajo hegemonía norteamericana, dotada de planes, estrategias y dispositivos comunes, con influencia determinante sobre las fuerzas armadas de cada uno de los países individualmente considerados. De hecho, la Administración norteamericana ha convertido a la OTAN en un instrumento privilegiado para organizar, configurar y definir lo que hoy es la Unión Europea. El tipo de ampliación al Este, la concreta forma que se realizó la unidad alemana, tuvo un doble objetivo: 1) hacer irreversible la OTAN, es decir, la presencia militar directa, convencional y nuclear, de los EEUU en la mayoría de los países; 2) asegurar un grupo de Estados firmemente alineados con el “amigo americano”, enemigos resueltos de Rusia y siempre disponibles para frenar cualquier veleidad autonomista de Francia y, sobre todo, de Alemania. Desde y con la OTAN, los EEUU son un actor interno en la Unión Europea y en cada de los Estados, desde el núcleo “duro” del poder militar y de la seguridad.

“Biden, es la gran diferencia con Trump, sabe que los EEUU no pueden ganar esta guerra solos”

“América ha vuelto”, “América está de vuelta”: esta ha sido la consigna de la nueva Administración norteamericana. Como es fácil de entender, ellos se siguen considerando la América autentica y además nos dicen que, con la Administración anterior, no estaban, se habían replegado sobre sí mismos y carecía de un proyecto global. Biden asumió la tarea con firmeza y hasta con fiereza, llamó asesino a Putin y autócrata a Xi Jinping. La “potencia imprescindible” nos convocaba a una nueva cruzada, esta vez, contra China y contra una Rusia que no acepta su papel secundario. Ambas son potencias revisionistas que cuestionan la Pax americana e intentan construir un nuevo orden multipolar sobre bases no occidentales, desde valores culturales autónomos de los impuestos históricamente por las grandes potencias y con la pretensión de construir un mundo más plural, más justo, más democrático.

Los EEUU han teorizado mucho sobre el poder blando.  Nunca se olvidan que lo que da sentido a su proyecto imperial es su enorme poder político-militar y tecnológico, pero saben que la lucha por la hegemonía tiene que ser justificada, legitimada. Crear consenso cuesta y se organiza. Aquí juegan un papel fundamental los intelectuales sistémicos, las fundaciones, las universidades, los grandes medios de comunicación y, crecientemente, las redes. El “partido americano” que se construye en cada país coordina voluntades, fuentes de información y acuerdos que van más allá de las fuerzas políticas y que, de una u otra forma, administran los intereses norteamericanos en el mundo. Todo esto es la cara visible del poder; luego viene la otra, la de los arcana imperii, la de los secretos de Estado y de poder, hoy cada vez más determinantes en los llamados conflictos híbridos o de zona gris

 

“Saben que la lucha por la hegemonía tiene que ser legitimada”

¿Cómo justificar una estrategia contra el eje China/Rusia que suscite el apoyo de las poblaciones y que, de una u otra forma, identifique un bien común por él que sea necesario hacer la guerra, matar y morir? Los EEUU lo han intentado desde siempre: la democracia liberal, el libre comercio, las libertades individuales y la propiedad privada. Los viejos imperios justificaban su dominio en nombre de la civilización, de la verdadera cultura y de la cristiandad. Pocos se atrevieron a reconocer que lo suyo era el control de las materias primas, minerales o agrícolas, la creación de nuevos mercados, la esclavización de la fuerza de trabajo, la clasificación racial de las poblaciones o, pura y simplemente, la lucha por el poder. Ahora las cosas son más complejas; los argumentos más sofisticadas y las razones más imaginativas.

Este discurso ha saltado por los aires después de Afganistán. Cuando se habla de los costes de esta caótica y dramática retirada hay que señalar que el principal, el fundamental, tiene que ver con el fracaso de construir naciones y sistemas políticos al modo norteamericano. La historia existe. Unos se encuentran con el capitalismo porque sus sociedades evolucionaron de una determinada forma y con unas singularidades específicas. Otros llegaron al capitalismo por imposición militar. El libre comercio siempre llegó de la mano de los buques de guerra, de la violencia armada y de la superioridad tecnológica convertida en poder soberano y en derecho a imponer modos de vida, intereses y culturas. 

La singularidad más relevante de esta transición geopolítica que recién comienza es que, después de 500 años, Occidente, su civilización, su horizonte de sentido y su sistema político dejan de ser dominantes y se convierten en obstáculo para percibir y nombrar la esencial y radical pluralidad de la especie humana. El mundo ya no será solo Occidente, la homogeneidad no será ya solo anglo-americana y el mundo que viene se va a forjar irreversiblemente con culturas desarticuladas y en trance siempre desaparecer, como las africanas; las reconstruidas identidades de una América que no solo es EEUU ni Europa y de una Asia que reivindica unas historias milenarias y unas culturas densas y sofisticadas que nunca pudieron ser anuladas por los llamados valores occidentales.

 

“El libre comercio siempre llegó de la mano de los buques de guerra”

Zbigniew Brzezinski lo definió con precisión en la obra ya citada; lo llamó “el despertar político global”. El nombre es demasiado abstracto, hasta poético, pero ayuda entender sus dimensiones básicas y, sobre todo, sacar conclusiones operativas “El despertar político global -dice el viejo halcón polaco-americano fallecido -es históricamente antiimperial, políticamente antioccidental y emocionalmente antinorteamericano en dosis crecientes. Este proceso está originando un gran desplazamiento del centro de gravedad mundial, lo que, a su vez, está alterando la distribución global del poder, con implicaciones muy importantes de cara al papel de EEUU en el mundo” No se equivocaba. Estamos ante una gran transición geopolítica que implicará una intensificación de la competencia entre las grandes potencias, nuevas alianzas y nuevas estrategias; renovadas guerras económicas y tecnológicas y, decisivo, una aceleración de la carrera armamentista y del gasto científico-militar. Este es el territorio en el que van a tener que moverse las grandes potencias y, especialmente, los EEUU. Seguir justificando las guerras en nombre de Occidente, de sus supuestos valores y sus democracias de cartón piedra pueden convencer a una parte de la opinión pública norteamericana o europea, pero carecen de credibilidad en América Latina, África o Asia.

Afganistán nos dice, en tiempo real y en colores, que EEUU y la OTAN nunca han sido capaces de conjugar justicia social, desarrollo económico y soberanía popular. Las democracias que defienden y consienten han consolidado el poder de oligarquías corruptas, de unas élites extractivas sin un proyecto real de país que no fuera consolidar el control de las fuerzas ocupantes. Da vergüenza que se presente al régimen derrocado de Afganistán como defensor de los derechos humanos y, específicamente, de las mujeres.  La mayoría de estas siguieron viviendo bajo un régimen patriarcal, sin derechos y libertades reales. Solo una minoría, fuertemente apoyadas por las ONGs, adquirieron visibilidad y pudieron ejercer nuevas ocupaciones y nuevas tareas. La contradicción que no aparece en este debate es que se sigue defendiendo la democracia, los derechos humanos y las libertades para justificar las guerras, (lo que pulcramente ahora se llaman intervenciones humanitarias) cuando nuestras democracias reales se encuentran en un proceso de involución, crece el autoritarismo y los derechos sociales y las libertades públicas están cada vez más cuestionadas.

La reacción de la UE y de los aliados de la OTAN ha sido la esperada: reconocimiento de la derrota y alineamiento férreo con los EEUU. Su mayor preocupación, parece ser, es la carencia de una unidad militar europea de intervención inmediata y la imperiosa necesidad de fortalecer las capacidades comunes, desde el liderazgo indiscutido norteamericano. Nada más, al menos, de puertas para afuera. ¿Cuál es la gran preocupación? Que la “fuga” de Afganistán debilite la nueva estrategia de la OTAN, que renazca el movimiento pacifista europeo, que se cuestionen los presupuestos militares y que se defina un nuevo concepto de la seguridad que ponga el acento en la crisis ecológico-social del planeta, en las dramáticas desigualdades económicas, en la necesidad de un nuevo orden internacional más justo, democrático e igualitario.

En España los temas de defensa y seguridad están fuera de la agenda política; es decir, no se discuten y se aceptan las directrices que vienen de la Unión Europea y de la OTAN. Sorprende que Unidas Podemos nada diga de unas políticas que tienen como objetivo fortalecer el poder económico y militar norteamericano que, de una u otra forma, promueven el enfrentamiento y la guerra contra China y Rusia y que tienden a militarizar el conjunto de las relaciones internacionales. El año que viene se celebrara en España una cumbre de la OTAN, donde, entre otras cosas, se aprobara el nuevo concepto estratégico de la organización político-militar. ¿No ha llegado el momento de debatir a fondo los grandes problemas de seguridad y de defensa y sus implicaciones para España?

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CONFERENCIA 

"Paisaje para después de una batalla”

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Ponente:

-Manolo Monereo (Politólogo)
 

Día: Viernes, 25 de junio de 2021

Lugar: Gijón

CONFERENCIA 

"¿Qué entiendo por Democracia?”

Ponentes:

-Manolo Monereo (Politólogo)
- Javier Pérez Royo (Catedrático de Derecho Constitucional)
- Juan Torres López (Catedrático de Economía Aplicada)
- Justo Villafañe (Catedrático de Reputación Corporativa)

Día: Viernes, 18 de junio de 2021