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Próximos eventos

Ponentes:

Germán Teruel (Profesor Derecho Constitucional)

Lucía Ruano (Magistrada)

José Antonio Martín Pallín (Fiscal y Magistrado)

Moderador: Manuel Galiñanes

Día: Viernes, 21/enero/2022

Ponentes:

Carmen Trilla (economista, presidenta del Observatorio Metropolitano de la vivienda, presidenta de la Fundación Hábitat3)

Eduardo Leira (arquitecto y urbanista)

Ángela García Bernardos (socióloga, urbanista, vicepresidenta Sostre Cívic)

Moderador: Manuel Galiñanes

Día: Jueves, 16/diciembre/2021

Ponentes:

Victor Manuel Sanroma: “El drama del voto basura en España y su solución”

✓ Miguel Colomo: “Plataforma #porunvotoigual”

✓ Daniel Ordás: “Reforma 13”

Moderador: Manuel Galiñanes

Día: Viernes, 19/noviembre/2021

Conferencia 19oct21.jpg
El confidencial 10dic2021.jpg

Fuente: El Confidencial.com

Cuentan que un rico compró un collar de esmeraldas, llegó a su casa, deshizo el collar, sacó las piedrecillas verdes, monísimas, se las dio a sus hijos y les dijo: "Podéis jugar con ellas a un juego que yo jugaba de pequeño, a las canicas". Se agachó y, divertido, empezó a enseñarles a jugar. "Excéntrico", "despilfarrador", "estrafalario" e, incluso, "estúpido"… podrían ser términos con los que el rico propietario podría ser calificado, y se podría decir que con razón. En su proceder, sin duda raro, estaría, sin embargo, protegido y avalado por nuestro insigne tribunal constitucional actual que, por encima de toda otra consideración, parece defender la propiedad privada, como omnímodo derecho preconstitucional del Código Civil del XIX y a partir del cual, como diría nuestra presidenta Ayuso, parece que el propietario pudiera hacer con sus bienes lo que le venga en gana.

 

Hemos buscado en nuestra Constitución si existe alguna mención a las esmeraldas. Nada, ni rastro, no deben tener ninguna función social. Es decir, no cuentan con esa condición indisoluble de la propiedad privada que algunos exegetas del actual ultraliberalismo pudieran tildar de coletilla de buenismo que añadieron los padres constituyentes. Estos lo aplicaron, y tienden a olvidarlo, a la economía misma, definida como social de mercado, o a la vivienda, de coste semejante a las esmeraldas y a cuya propiedad parece difícil no concederle, y exigirle, “función social”. ¿Y eso qué es?, cabría preguntarse ante la reciente sentencia (S16 /2021) del actual TC. ¿Qué diferencia hay entre una vivienda y un collar de esmeraldas? Ante ese entendimiento omnímodo, y a la vez tan rancio, de la propiedad privada. Hubo felizmente otras sentencias del TC, creando doctrina y asegurando la indisolubilidad de propiedad privada y su función social (S37/1987).

El problema, quizá, reside en que estamos llamando “vivienda” a dos tipos de bienes que, aun del mismo nombre, responden de hecho a bienes de distinta índole, precisamente para su propietario. Uno es el de uso propio, el otro es desde su condición, estructural, de activo financiero.

 

El primero es la respuesta al necesario cobijo habitacional que todo hogar necesita (la vivienda habitual) y otras segundas residencias que puedan desearse, y con las que se pueda contar, con suficientes ingresos, fuera del lugar habitual de residencia. Puede decirse que la vivienda, incluso cuando responde a la necesidad de cobijo, también encierra una condición de activo financiero. Desde esa perspectiva se suele considerar la decisión de comprarla, con el apoyo financiero que, en la mayoría de los casos, se requiere. Pero, cuando una o más viviendas se adquieren como inversión, al margen de esa necesidad, aflora solamente la segunda índole del “bien” también llamada “vivienda”, pero que, a los efectos del propietario, no lo es, sea este persona física o empresa. Constituye un activo financiero cuya propiedad (siguiendo el art.33 de la CE) no le permite ni usar, ni disfrutar, ni consumir este y del que solo se puede disponer, es decir, traficar: el activo se retiene (incluso se oculta), se vende o se alquila. Resultan entonces bienes que, para sus propietarios, no son “viviendas-cobijo”. No lo son ni para los propietarios personales ni en menor medida para las empresas, que ni siquiera pueden argumentar que sean o vayan a ser para “su uso”. Esos activos son equivalentes a acciones bursátiles u otros vehículos de inversión (como los que encerraban hipotecas basura y a saber lo que ahora encubren). La rentabilidad de la vivienda en alquiler se compara con la de “otros productos financieros”.

 

Como tales activos, y al ser solo eso, “activos”, podrán ser regulados como lo son otros. No en vano, se habla de activos tóxicos o de valor refugio. No podrían ser protegidos desde esa otra condición, que solo nominalmente presentan, al tratarse, además, de “viviendas”. Habría, pues, que diferenciar las propiamente viviendas, de un lado, y los activos, de otro. Su propiedad debería ser considerada distinta, a todos los efectos. No se puede hablar, genéricamente, del “derecho de propiedad de la vivienda”. La especial protección de ese derecho solo está justificada en el supuesto de las viviendas (una o varias, sin límite) de uso privativo por parte de su propietario.

 

Sin embargo, esos mismos activos sí pueden llegar a ser viviendas-cobijo para los que puedan comprarlos o alquilarlos. De ello se deriva su función social. No entrar a discernir la diferenciación de la vivienda de una índole u otra es la confusión que envuelve la reciente sentencia del TC. Le lleva a calificar indistintamente cobijo y activo de propiedad privada y, ante su defensa a ultranza, lo hace al margen de la ineludible función social, tanto de la vivienda cobijo, para sus propietarios usuarios, como de la de los activos-vivienda, para otros que precisamente no son sus propietarios. En esa tensionante contraposición, entre las viviendas-cobijo (vinculadas al derecho constitucional a una vivienda digna) y el “derecho de propiedad de la vivienda”, genéricamente considerado, cae también el nuevo anteproyecto de ley de vivienda (APLV). Es quizás el factor más limitante a la hora de adoptar medidas.

Ante esa contraposición atenazante, cabe plantearse cómo podría ser la forma de diferenciar la vivienda-cobijo (de uso privativo) de la vivienda-activo, que es la que podría ser objeto de regulación. Cabe concebir un registro diferenciado de cada una de las modalidades, en el marco de una exigencia de nuevo registro exhaustivo, con información en tiempo real de todo el parque de vivienda, sin tener que esperar a los censos cada 10 años, como ya he propuesto en otro lugar (“Conocer el parque, Nuevos registros”, 'eldiario.es', 18.11.21). Se superaría, además, con ello el reconocido déficit estadístico sobre la vivienda. En los tiempos del 'big data' y la digitalización, ese registro, ahora, se puede hacer.

 

Los registros serían distintos para viviendas-cobijo, de uso privativo, y para las viviendas-activo, diferenciadas a su vez por venta y alquiler. El cambio de registro dependería solo de voluntad del propietario y sería automático. Eso sí, en cada momento, una vivienda no podría estar, simultáneamente, en más de un registro. Los propietarios persona física podrían registrar el número de viviendas de uso privativo que quisieran, sin limitación ni explicaciones. Ahora bien, mientras que no cambiasen alguna de ellas de registro, no podrían traficar con ellas, ni vender ni alquilar. Esas viviendas (de las que sí se conocería su número y localización) quedarían entonces fuera del mercado y de la regulación que, en su caso, se establezca respecto a las viviendas-activos. Los propietarios empresas no podrían, obviamente, contar con viviendas de uso privativo.

 

*Eduardo Leira, arquitecto, MCRP.

Serenidad, firmeza y proyecto alternativo

Autores: Julio Anguita Manolo Monereo y H. Illueca- Publicado 20/diciembre/2018 - Fuente: el viejo topo

La irrupción de Vox en el Parlamento de Andalucía, esperada pero no con tanta presencia, ha provocado una serie de sentimientos y actitudes que han ido desde la estupefacción hasta la inquietud, pasando por airadas reacciones. Las precipitadas y desafortunadas convocatorias para manifestarse contra estos resultados no solo le han hecho un flaco favor a la democracia, sino que le han proporcionado a este partido una excusa para asignarse la palma del martirio. Más protagonismo regalado a dicha fuerza política por quienes se reclaman de un frentismo antifascista.

 

Creemos que debemos acercarnos a este asunto con la serenidad necesaria para la reflexión, que si es imprescindible siempre, en el asunto que nos ocupa lo es más aún.

Y lo primero a considerar y constatar es la excesiva inclinación, por parte de medios de comunicación y comentaristas políticos, a poner el énfasis en los resultados obtenidos por la extrema derecha. Al fin y a la postre, esta fuerza política es solamente la infantería de un bloque en fase de cristalización avanzada, constituido por el PP y Ciudadanos. No hay nada más que oír las declaraciones, los discursos y las propuestas de Casado y Rivera desde hace tiempo. Y junto a ellos la fundación FAES y el propio Aznar como intelectuales orgánicos de esta nueva CEDA en construcción. Nada falta: declaraciones de miembros de la jerarquía eclesiástica congratulándose de los resultados electorales en Andalucía, medios de comunicación que desde hace bastante tiempo han transformado los informativos en partes de guerra de los golpistas de 1936. Y, junto a ello, sentencias judiciales que rezuman las viejas esencias de la misoginia franquista.

El matiz diferenciador de Vox estriba en la falta de complejos para explicitar el discurso que los llamados “constitucionales”, PP y Ciudadanos, apuntan, insinúan o mantienen con sus silencios y evasivas. Por otra parte, esta facción de la derecha que ha emergido no es en todo exactamente homologable con las fuerzas de extrema derecha que crecen en gran parte de la UE. Éstas viven en países que, se quiera o no, han conocido y debatido con el Protestantismo, la Ilustración, el Kulturkampf, el Liberalismo o el Modernismo. La extrema derecha española es, en gran parte, producto del misoneísmo español más castizo.

Instalada en el autismo intelectual de la Contrarreforma, ha tenido su hábitat político en la permanente alianza entre el Trono y el Altar. La extrema derecha patria ha sido, y es, la actualizadora del odio al pensamiento libre que instituyera Fernando VII. Y si es cierto que en la Europa cincelada por la Ilustración el Mein Kampf y sus diversas excrecencias trajeron el holocausto, no es menos cierto que hoy hacer apología del nazismo o del fascismo está prohibido y penado. Aquí en la piel de toro, los crímenes de la dictadura franquista gozan de una desmemoria cultivada e interesada. Por no hablar de los permanentes falseamientos de los hechos históricos e incluso de la Historia de España en su conjunto.

Pero si hay algo en lo que el bloque de derechas no tiene fisura ni matiz alguno es en el sustrato social cuyos intereses representa y defiende, en la identificación plena con la intangibilidad sempiterna de la propiedad de los latifundios, el poder de las hidroeléctricas, la accesibilidad al goce y disfrute exclusivos de las prebendas contenidas en los Presupuestos Generales del Estado, la simbiosis, familiarmente heredada, con las Administraciones Públicas, la evasión fiscal como hobby y señal de distinción, o en la corrupción endémica y el silencio cómplice con los reales y con los supuestos delitos fiscales que afectan a la Corona. La extrema derecha europea, por convicción o por camuflaje, no tiene más remedio que adornar sus programa y discursos con propuestas y medidas de índole social. La extrema derecha española es neoliberal sin ambages y sin afeites.

Y también desde la serenidad es conveniente e inevitable hacerse dos preguntas ¿Por qué la extrema derecha ha cosechado este avance impensable hace poco tiempo? ¿Por qué ha habido un nivel tan alto de abstención en lo que se entiende por izquierda? Confesamos que para nosotros la verdaderamente inquietante es la segunda. Sin embargo, entregarnos a un ejercicio simple de análisis en estos críticos momentos sería instalarse en el empantanamiento generalizado de la culpa que tan morbosa y masoquistamente anida en la izquierda. Optamos por intentar responder a una pregunta ya clásica y por eso de actualidad permanente: ¿Qué hacer? Creemos que en las líneas de la propuesta van implícitas la crítica y el modo de superar la situación.

 

Estamos ante una crisis generalizada no sólo de la globalización, sino de la civilización industrial que la ha impulsado. Los límites al crecimiento productivo impuestos por la sostenibilidad, así como el superado pico del petróleo, obligan a una respuesta que sea producto de las mayorías sociales capaces de evitar que nos sumerjamos en un nuevo feudalismo en el que los Estados desaparecen de facto y las multinacionales constituyen una gobernanza mundial con sus propias instituciones y organismos. una humanidad fallida.

 

La izquierda debe asumir el rol del discurso profético que consiste en decir la verdad y a su vez proponer una alternativa de carácter socialista a la producción, la distribución y el consumo. Y ello desde la concepción que liga la economía al territorio. La izquierda debe asumir, desde su incardinación en el aquí y el ahora, lo que es, lo que ha representado y lo que quiere representar. No valen ya los equívocos.

 

Esa propuesta, conjuntamente con la actitud que conlleva, supone que debemos hacer un permanente ejercicio de firmeza coexistente con el análisis, la elaboración y la participación colectiva y democrática. Los valores que acompañaron al nacimiento de la izquierda, igualdad, justicia, democracia y socialismo ni pueden velarse ni tampoco dilatarse para otros momentos, etapas o fases. La ciudadanía, el pueblo trabajador, necesitan de referencias indubitables. Propuesta, firmeza, ejemplo y justeza son los pilares sobre los que la izquierda debe construir su contraofensiva en esta hora.

Lo primero: no hay proyecto político digno de tal nombre sin programa. Y éste no es solamente el conjunto de acciones, medidas y actividades conducentes a su implantación, sino que debe ser visualizado a través de las alianzas sociales que lo sustentan y apoyan. Pero esas alianzas no pueden ser producto de una coyuntura electoral y a los únicos efectos de la participación en las listas. Las alianzas requieren de tiempo suficiente, programa elaborado colectivamente, ética y valores cívicos incorporados al programa en medidas concretas, voluntad de sumar e integrar. Las alianzas para la izquierda terminan justamente en el sitio donde objetiva y socialmente comienza la situación a cambiar y a ser superada.

Para que un programa concite la adhesión, el apoyo y la participación social crecientes necesita de fases y etapas. Y esas fases deben ser explicadas con la mayor claridad posible. El horizonte contempla las medidas más contundentes y de mayor calado. Pero nunca se llegará a ellas sin el apoyo social mayoritario. Por eso se imponen medidas de carácter urgente y prioritario que atajen los problemas inmediatos de los sectores más desfavorecidos: salario mínimo, pensiones y jubilaciones, vivienda, servicios sociales, etc. Sin un mínimo apoyo desde el inicio, las medidas de carácter más ambicioso y necesario, así como las de carácter cultural, convivencial y de normalización de la diferencia, serán imposibles.

Lo segundo: nada es posible sin organización. Pero no hay organización sin la participación que posibilite que cada individuo del colectivo propio y aún el de otros cercanos sepa exactamente el objetivo, el plan, las fases, las alianzas y los valores a desarrollar en cada sitio. Ello implica que desde hoy mismo se debe acometer el proceso. No se puede esperar ni tampoco centrarse en los próximos comicios electorales. Al desarrollar el proyecto, no solo se prepara el futuro sino que se hace el análisis del ahora, corrigiendo en la práctica los errores.

Y lo tercero: organización y programa han de insertarse en un proyecto de país que genere las condiciones de una nueva hegemonía. Los derechos sociales han sido pulverizados y la constitución territorial amenaza siniestro total. La ciudadanía percibe que la monarquía constituye el principal obstáculo para que el pueblo español pueda abordar los problemas que ensombrecen su existencia. En este contexto, la celebración de un referéndum sobre la forma política del Estado podría ser la única salida a una situación diabólica muy bien descrita por Pérez Royo: reformar la Constitución es una necesidad histórica, pero resulta imposible hacerlo a causa de la monarquía. Las fuerzas populares que han emergido estos años no nacieron para derrotar a Susana Díaz o para echar a Rajoy. Tampoco para frenar a Vox. Nacieron para ser la alternativa a un régimen inmerso en una transición profundamente regresiva. Nacieron para derrotar al neoliberalismo y fundar una nueva República.

J. Anguita- M. Monereo- H. Illueca  

Artículo publicado originalmente en Cuarto Poder

Fuente: Diario Público

La pregunta hay que hacerla: ¿coinciden los intereses de Europa con los de EEUU? Esta es la cuestión decisiva que la Unión Europea no es capaz de hacerse, ni siquiera de plantearse. Para los norteamericanos la protección de su Estado y de su población le exige controlar estratégicamente el mundo. De ahí deviene esta específica habilidad de construir guerras y desarrollar conflictos lejos de sus fronteras. La península que es Europa ha sufrido dos guerras mundiales, conflictos militares recurrentes y siempre pendiente de una Rusia convertida, de una u otra forma, en el imperio del mal.

El observador avezado se dará cuenta que distingo entre Europa y la Unión Europea. Esto es algo que tampoco se puede hacer. La única forma de construir Europa es la UE y quien la critique o la cuestione es calificado de euroescéptico, nacionalista o simplemente, de extrema derecha. Hay muchas formas de decir Europa y de construirla. La UE es un modo concreto, específico que tiene, al menos, tres características.

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La primera, el llamado vínculo atlántico; es decir, esta integración supranacional se hace bajo el paraguas estratégico de los EEUU, organizado militarmente en torno a la OTAN. EEUU siempre ha sido un actor interno en la construcción europea y ha influido decisivamente en su modo de organizarla y definir su futuro. 

Después de la implosión de la URSS y de la desintegración del Pacto de Varsovia intervinieron activamente para ampliar la Unión hacia el este lo más rápidamente posible y, es la clave, hacerlo bajo el patrocinio de la OTAN. Conseguían dos objetivos fundamentales: bloquear la integración política y hacer girar hacia la derecha a los gobiernos de los países que habían estado bajo el control de la Unión Soviética. UE y OTAN desde el principio fueron un mismo proyecto geopolítico.

Una segunda característica tenía que ver con un método específico de integración basado en la "limitación" de la soberanía de los Estados en todo lo referente a la política económica y a su política internacional. Dicho de otro modo, la construcción de la Unión se hacía contra los Estados en un largo proceso cada vez más distante del control de las poblaciones y, en muchas ocasiones, en contra de ellas. Desde el primer momento las instituciones comunitarias convirtieron su ordenamiento jurídico en una "constitución material" que se superponía y prevalecía sobre las constituciones de los Estados singularmente considerados. Como ha destacado con mucha fuerza Wolfgang Streeck, las constituciones sociales derivadas de la II Guerra Mundial están siendo deconstruidas en favor de un ordenamiento claramente neoliberal sin el concurso del poder constituyente del pueblo soberano.

La característica tercera la tenemos delante de nuestros ojos, la nombramos pero no la definimos: las democracias realmente existentes ya no deciden lo fundamental, no tienen el poder de elegir entre grandes opciones públicas; gobierne quien gobierne, están obligadas a moverse, no solo en los límites de su propia constitución sino, y principalmente, de un ordenamiento jurídico -el de la UE- que actúa en la práctica como una constitución que prevalece sobre la legítimamente instituida en los Estados. Resumiendo, nuestras democracias son cada vez menos sociales, están estructuralmente limitadas y en proceso de creciente oligarquización.

Hay que atreverse a explicar las cosas. Estamos ante un cambio de época, ante una ruptura histórica que pone en cuestión una determinada forma de organizar el poder mundial, un modo de ordenar las relaciones internacionales y, sobre todo, una forma de comprender el mundo. Hoy la Unión Europea está obligada a definirse ante un mundo multipolar que emerge y que cuestiona un viejo orden construido por las grandes potencias capitalistas. En el fondo es decidir si se es parte de lo viejo o si se forma parte de lo nuevo y se está dispuesto a gobernar esa transición. La OTAN lo tiene claro: defender el orden unipolar hegemonizado por Estados Unidos; todo lo demás es secundario y, además, se conjura para crear una amplia coalición de Estados contra China, la gran potencia que emerge, y contra Rusia, que se ha convertido en su principal aliado.

El debate sobre la famosa autonomía estratégica de la UE hay que situarlo en este contexto. Pero en esto tampoco deberíamos dejarnos engañar por las apariencias. La preocupación de Borrell no es tanto la actuación unilateral de los EEUU, sino que Biden no lo tenga lo suficientemente en cuenta e incumplan las cláusulas de solidaridad colectiva garantizada por la OTAN. Autonomía estratégica, no para definir con precisión y veracidad los objetivos de una política exterior solvente de la UE, sino para renegociar su condición de aliado subalterno de EEUU y su participación en la toma de decisiones sobre Europa, pero también sobre el Indo-Pacífico. Dicho más claro, el riesgo que temen es quedarse sin el paraguas de la OTAN. El temor de las clases dirigentes europeas es que los EEUU se desentiendan de Europa y que ya no ejerzan su control sobre ella. La UE sigue queriendo ser un protectorado económico militar de los Estados Unidos. No está dispuesta a prescindir de las decenas de bases norteamericanas en su territorio ni de su armamento nuclear desplegado en Europa; por cierto, en proceso de renovación sustancial.

Hay dos áreas de decisión geopolítica en construcción. Una está en el Indo-Pacífico; la otra en Europa. En la primera, que es la principal, los norteamericanos quieren actuar solos con sus aliados tradicionales; es decir, Reino Unido y Australia. A estos se unirán pronto sus dos países que son a su vez protectorados militares, Japón y Corea del Sur. El objetivo, ya se ha dicho, es crear una coalición muy amplia para contener a China, siempre con las incógnitas de India (que tiene fuertes vínculos con Rusia) y de Pakistán (que tiene complejas relaciones con EEUU y con China). El papel de Indonesia será muy importante. EEUU lo ha dejado meridianamente claro: los países europeos, empezando por Francia, estarán fuera de la toma de decisiones de este "gran juego" que acaba de comenzar.

La otra área de decisión es Europa. Aquí el papel decisivo lo va a tener la OTAN. El objetivo: enfrentarse a Rusia y sumarse a la estrategia global contra China que definen los EEUU. El conflicto de Ucrania hay que verlo como el retorno de Europa como territorio de conflicto y guerra entre las grandes potencias. La gravedad del problema es justamente esta, que el conflicto entre EEUU y China se dirime en territorio europeo enfrentando a la OTAN contra Rusia. Por eso las soluciones diplomáticas son extremadamente difíciles y la atmósfera de guerra se hace insoportable. Quien mejor conoce esto es la dirección política del actual gobierno ucraniano que lo aprovecha para rearmarse, formar uno de los mayores ejércitos del mundo y ser, en la práctica, parte de la OTAN.

El dato más sobresaliente en este conflicto es que todos los actores saben que Rusia no invadirá militarmente Ucrania. Las razones son muchas. Ucrania se ha convertido en un Estado fallido con una crisis económico productiva pavorosa y con conflictos étnicos, religiosos y sociales difíciles de gobernar. La pregunta es: si todo el mundo sabe que Rusia no va a invadir, ¿por qué se ha creado este clima de guerra inminente? Por varias razones. La primera es la "batalla por el relato"; se trata de atemorizar a las poblaciones ante un enemigo cruel e implacable para legitimar el incremento sustancial de los gastos militares, la instalación y renovación de nuevos misiles nucleares y la necesidad de un protector externo que nos defienda; es decir, la OTAN. La segunda razón, justificar la urgencia de ampliar la OTAN incorporando, no solo a Ucrania sino también a Georgia y, más allá, al resto de las repúblicas exsoviéticas. La tercera, poner fin a cualquier pretensión presente y, sobre todo futura, de Europa como actor autónomo en las relaciones internacionales, colaborador necesario en la construcción de un nuevo orden multipolar más democrático y plural.

Cuando Pedro Sánchez y Margarita Robles mandan alegremente buques y aviones de combate a la zona en conflicto lo hacen sabiendo que Rusia no va a invadir Ucrania. El problema que tienen estos escenarios con un clima conflictual tan alto, es el riesgo de que algún actor considere que hay que agudizar las contradicciones y provoque una respuesta de Rusia. Biden y Borrell pueden perder el control de la situación y entonces habrá una guerra de verdad; en el centro del espacio europeo y sin saber exactamente cuáles serán los límites. Quien juega con fuego puede terminar quemándose.

La respuesta de Rusia es la propuesta de un tratado de seguridad basado en el desarme y la desnuclearización, en el respeto a la Carta de las Naciones Unidas y a la soberanía de los Estados. Se puede rechazar, se puede descalificar, pero hay una propuesta encima de la mesa que la hace un Estado que tiene la percepción de vivir una crisis existencial en tanto que tal y que lleva 25 años viendo como las fronteras de la OTAN están cada día más cerca de Moscú. Lo más grave es que, como antes dije, este conflicto es parte de un conflicto global de carácter preventivo impulsado por los EEUU y que tiene como verdadero objetivo bloquear, contener y cercar a China. Una vez más, Europa puede poner los muertos de un conflicto en el que nada tiene que ganar y mucho que perder.

La paz no tiene alternativa en Europa. La guerra es el mal absoluto. Lo que debería hacer realmente Europa es tomar iniciativas veraces para una salida diplomática a la crisis que reconozca los intereses comunes que tiene con Rusia; que promueva un gran acuerdo económico, político y militar en el marco del cual se debe resolver el conflicto ucraniano. La Europa de España a los Urales sigue siendo una necesidad. ¿Cuál es el problema? Que esta propuesta se opone a los intereses estratégicos de EEUU. La paz es demasiado importante para que la decidan solo los políticos y los militares.

CONFERENCIA 

"Paisaje para después de una batalla”

Ponente:

-Manolo Monereo (Politólogo)
 

Día: Viernes, 25 de junio de 2021

 

Lugar: Gijón

CONFERENCIA 

"¿Qué entiendo por Democracia?”

Ponentes:

-Manolo Monereo (Politólogo)
- Javier Pérez Royo (Catedrático de Derecho Constitucional)
- Juan Torres López (Catedrático de Economía Aplicada)
- Justo Villafañe (Catedrático de Reputación Corporativa)

Moderador: Manuel Galiñanes

Día: Viernes, 18 de junio de 2021

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